Capítulo 1 1

―Esta vez vas a casarte, Iria. Y no pienso discutirlo.

Mi madre dijo aquello mientras una doncella me clavaba una horquilla en el cuero cabelludo.

No grité por orgullo.

Tampoco por dignidad.

Fue porque la reina Solenne Caldris tenía la irritante costumbre de interpretar cualquier sonido como una invitación a continuar hablando.

―Qué alivio ―dije―. Pensé que el sexto prometido venía únicamente a conocer mi colección de rechazos.

La doncella agachó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Mi madre no.

―Lord Oren Valcros llegará antes del mediodía.

―Entonces todavía tengo tres horas para contraer una enfermedad repugnante.

―No.

―Caer por las escaleras.

―No.

―Huir.

―Inténtalo y mandaré cerrar las puertas.

Me volví en el taburete.

―Eso suena muchísimo a una amenaza.

―Es una promesa.

La doncella decidió que había terminado con mi cabello y desapareció con una velocidad admirable.

La envidié.

Mi madre permaneció detrás de mí, impecable con su vestido gris perla, la corona pequeña de diario y esa expresión con la que conseguía hacer sentir culpable hasta a los muebles.

―Tienes veintiséis años ―dijo―. La corte habla.

―La corte lleva hablando desde que aprendí a caminar. Recuerdo que una condesa dijo que tenía los pies demasiado grandes para una niña de cuatro años.

―Esto no es una broma.

―Ojalá lo fuera.

Solenne respiró despacio.

Yo conocía esa respiración. Significaba que acababa de recordar que estrangular a una hija durante el desayuno daba mala imagen.

―Oren es adecuado.

―El anterior también era adecuado.

―Lord Fenric bebía.

―Solo cuando estaba despierto.

―Iria.

―¿Qué? Eso fue lo que dijo su criado.

Mi madre cerró los ojos.

Cinco compromisos.

Cinco hombres que habían llegado al palacio convencidos de que casarse conmigo sería una mezcla agradable de prestigio, tierras y acceso al útero de una princesa.

Uno se marchó cuando descubrió que yo sabía leer sus cuentas.

Otro después de que preguntara delante de su madre si la amante que mantenía en la capital acudiría a nuestra boda.

Mi favorito había sido Lord Perrin.

Le bastó una cena en la que describí con detalle cómo los veterinarios del establo castraban sementales.

Nunca volvió.

Oren, según mi madre, sería distinto.

Eso era exactamente lo que me preocupaba.

―No voy a aceptar a un hombre que no conozco.

―Lo conocerás hoy.

―Qué generoso.

―Y dentro de un mes se anunciará el compromiso.

Me levanté.

―¿Dentro de un mes?

―La decisión está tomada.

―Por ti.

―Por la Corona.

―Qué suerte tiene la Corona de no tener que acostarse con él.

La bofetada no llegó.

Mi madre levantó la mano, pero la dejó suspendida un instante antes de bajarla.

Aquello dolió más.

―Mide tus palabras.

―¿Por qué? ¿También van a revisarlas para calcular si soy fértil?

Su rostro cambió.

Había encontrado el sitio.

Desde mis quince años los médicos reales llevaban registros de mis ciclos, mis enfermedades, mi peso. A los dieciocho, una mujer que apenas conocía había metido las manos debajo de mi camisón para confirmar que mi cuerpo estaba “bien dispuesto para cumplir su función”.

Después vomité detrás de una estatua.

Mi madre dijo que todas las princesas pasaban por aquello.

Como si compartir una humillación la volviera menos humillante.

―Basta ―dijo.

―A mí también me parece suficiente.

Tomé la primera chaqueta que encontré y caminé hacia la puerta.

―No salgas del ala oriental.

Me detuve.

―¿Perdón?

―Oren llega hoy. Quiero que estés disponible.

―¿Disponible?

La palabra salió despacio.

Solenne comprendió demasiado tarde lo que había dicho.

―No me refería...

―Sé perfectamente a qué te referías.

Abrí la puerta.

Dos guardias esperaban fuera.

Eso era nuevo.

Uno de ellos evitó mirarme.

―Madre.

―Es por tu seguridad.

―Claro.

―Iria.

―¿También dormirán frente a mi puerta después de la boda o esa parte será trabajo de mi esposo?

No esperé respuesta.

Atravesé el corredor con los dos hombres detrás.

Mi doncella personal, Tessa Maren, apareció desde una puerta lateral cargando una bandeja con panecillos.

Miró a los guardias.

Luego a mí.

―¿Intentaste asesinar a alguien sin avisarme?

―Todavía no.

―Entonces esto es ofensivo.

Le quité un panecillo.

―Voy a casarme.

Tessa se quedó inmóvil.

―No.

―Eso dije.

―No, quiero decir que no puedes casarte. Tengo dinero apostado a que espantarías al sexto antes de la cena.

―Gracias por el apoyo.

―Son ocho coronas.

Seguimos caminando.

Los guardias detrás.

Tessa bajó la voz.

―¿Quién?

―Oren Valcros.

Casi se atragantó.

―Ese Oren Valcros.

―¿Existe otro que mire a las mujeres como si estuviera calculando dónde ponerlas en una vitrina?

―No que yo sepa.

Llegamos al balcón interior que daba al patio de armas.

Abajo, criados corrían de un lado a otro preparando estandartes.

No eran los colores de Oren.

Azul oscuro y plata.

Se me quitó el hambre.

Tessa siguió mi mirada.

―Llegaron antes.

―¿Quiénes?

No necesitó responder.

Una fila de jinetes cruzó las puertas principales.

Ceravia.

Reconocí el emblema incluso desde arriba: una luna partida sobre campo azul.

Lo había visto durante años en mapas militares, informes de bajas y paredes donde nuestros maestros señalaban con una vara todo lo que debíamos despreciar.

Ceravia había sido enemigo de Avenor desde antes de que yo naciera.

Las guerras habían terminado hacía siete años.

El odio, aparentemente, necesitaba más tiempo.

―La delegación viene por el tratado comercial ―dijo Tessa.

―Lo sé.

―Dicen que la princesa heredera viaja con ellos.

―También lo sé.

Tessa me miró de lado.

―Y dicen que es preciosa.

―Eso no lo sé.

―Podemos averiguarlo.

―Tessa.

―Solo por interés diplomático.

El primer jinete desmontó.

Después otro.

Finalmente una mujer bajó de un caballo negro sin esperar ayuda.

Alta.

Cabello oscuro recogido en una trenza larga.

Abrigo azul de corte militar.

Se quitó los guantes mientras hablaba con uno de sus hombres y entonces levantó la cara hacia el balcón.

Me encontró mirando.

No aparté los ojos.

Ella tampoco.

Fue una insolencia mínima.

Ridícula.

Suficiente para que algo me recorriera desde el pecho hasta el estómago.

Tessa dejó escapar un silbido.

―Diplomáticamente, es un desastre.

―Cállate.

La mujer sonrió.

No a Tessa.

A mí.

Entonces uno de los guardias detrás de nosotras anunció:

―Su alteza, la princesa Maelis Veyr solicita audiencia con la familia real.

Maelis siguió mirándome desde abajo.

Y, aunque estaba demasiado lejos para oírla, vi perfectamente cómo movía los labios.

Tessa se inclinó.

―¿Qué dijo?

Yo también sabía leer labios.

Por desgracia.

―Dijo que espera que yo sea menos aburrida que mi reputación.

Tessa sonrió.

―Ya me cae bien.

El descaro me dejó muda durante medio segundo, una hazaña que mi madre habría celebrado con músicos.

Oren llevaba una casaca verde oscura y el mismo bigote recortado que recordaba de los retratos. Era atractivo de esa manera pulida que hacía pensar en cubiertos colocados por tamaño.

Miró hacia el patio.

Maelis seguía allí.

Cuando volvió a mí, su sonrisa tenía algo propietario que me revolvió el estómago.

―Acabamos de conocernos ―dije.

―Precisamente. Prefiero evitar hábitos antes de nuestro compromiso.

Tessa tosió.

Sonó sospechosamente parecido a “imbécil”.

Una voz masculina sonó a nuestra espalda.

―Pues tendrá que dejar de hacerlo.

Me giré.

Oren Valcros acababa de llegar sin que nadie lo anunciara.

Y estaba mirándome como si ya fuera su esposa.

―Princesa ―dijo―, desde hoy prefiero que no vuelva a quedarse a solas con esa mujer.

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