Capítulo 2 2
―¿Y desde cuándo decide usted con quién puedo quedarme a solas?
Oren ni siquiera tuvo la decencia de parecer sorprendido.
―Desde que nuestras familias acordaron que vamos a casarnos.
Tessa soltó un sonido extraño detrás de mí. Podría haber sido tos o una blasfemia mal disimulada.
Yo crucé los brazos.
―Curioso. Nadie me entregó el documento donde renuncio a mi cerebro.
―Iria...
―Princesa Iria.
Su mandíbula se tensó.
Bien.
Si pretendía administrarme como una finca, al menos usaría mi título.
Oren dio un paso hacia mí.
―No quiero discutir delante del servicio.
―Entonces no empiece una discusión delante del servicio.
Tessa volvió a toser.
Esta vez estaba segura de que se reía.
Los dos guardias miraban cualquier cosa menos nosotros.
Oren bajó la voz.
―Maelis Veyr no está aquí para hacer amigas.
―Qué pena. Yo ya estaba preparando pulseras.
―Su reino nos ha atacado tres veces en veinte años.
―Y el nuestro a ellos dos.
―No es lo mismo.
―Claro. Cuando nosotros invadimos, debe de contar como paseo campestre.
Oren me observó con una paciencia cuidadosamente construida.
Prefería a los hombres que perdían la calma rápido. Éste parecía guardar cada respuesta para después.
―Tu madre me advirtió que eras difícil.
―Mi madre exagera. A veces también soy insoportable.
Tessa soltó una carcajada abierta.
Oren la miró.
―Puedes retirarte.
Tessa parpadeó.
―No trabajo para usted.
La adoré un poco más.
―Tessa se queda.
―Necesitamos hablar en privado.
―Entonces acostúmbrese a la decepción.
Un aplauso lento sonó desde el corredor.
Los tres nos giramos.
Maelis Veyr estaba apoyada contra una columna.
No llevaba ya el abrigo de viaje. Llevaba una casaca azul oscuro ceñida a la cintura, pantalones negros y botas altas. Sin vestido ni joyas salvo una cadena plateada bajo el cuello.
Demasiado cómoda para estar rodeada de personas educadas para odiarla.
Demasiado atractiva para mi tranquilidad.
―Lamento interrumpir ―dijo―. Aunque mentiría si dijera que no estaba disfrutándolo.
Oren endureció el rostro.
―Princesa Veyr.
―Lord Valcros.
Maelis pronunció su nombre como si acabara de encontrarlo escrito en una lista de tareas desagradables.
Luego me miró.
Otra vez aquella sonrisa mínima.
―Princesa Caldris.
―Princesa Veyr.
―Veo que su reputación era injusta.
―¿Cuál de todas?
―La aburrida.
Oren se colocó entre ambas.
No de manera evidente, pero lo noté.
Maelis también.
Sus ojos bajaron a su hombro y después volvieron a mí.
―Su majestad espera a la delegación en el salón norte ―dijo Oren―. Puedo acompañarla.
―Sé caminar.
―No lo dudo.
―Entonces estamos de acuerdo en algo.
Tuve que apretar los labios.
Maelis lo vio.
Maldición.
―Princesa Iria ―continuó―, su madre pidió que estuviera presente durante la recepción.
Oren habló antes que yo.
―Iria estará ocupada.
Lo miré.
―¿Estaré qué?
―Almorzaremos con mi tío.
―Yo no acepté eso.
―Tu madre sí.
―Entonces llévela a ella.
Maelis se tapó la boca con dos dedos.
Sus ojos estaban riéndose.
Oren perdió finalmente un poco de compostura.
―Esto no es apropiado.
―¿Qué parte? ―pregunté―. ¿Que yo opine o que ella se divierta?
―Que hagas una escena por una invitada que acabas de conocer.
La palabra invitada sonó cercana a insulto.
Maelis dejó de sonreír.
―Si mi presencia causa problemas, puedo retirarme.
No sé por qué eso me molestó.
Tal vez porque Oren parecía satisfecho.
Tal vez porque llevaba toda mi vida viendo cómo los hombres conseguían que las mujeres abandonaran habitaciones sin pedirlo directamente.
―No ―dije.
Maelis alzó una ceja.
―¿No?
―Usted vino a la recepción. Yo también. Lord Valcros sobrevivirá una hora sin decidir mi horario.
―Iria.
―Princesa Iria.
Esta vez Tessa ni siquiera fingió tos.
Maelis sonrió de nuevo.
―Entonces caminemos.
Pasó junto a Oren y me ofreció el brazo.
Lo miré.
Luego miré a Oren.
No debería haberlo hecho.
Mezquino. Infantil. Delicioso.
Tomé el brazo de Maelis.
―Con gusto.
La expresión de Oren habría podido agriar leche.
Empezamos a andar.
Tessa nos siguió.
Los guardias también.
Oren tardó unos segundos antes de venir detrás.
―Está disfrutando demasiado esto ―murmuré.
Maelis no giró la cabeza.
―Muchísimo.
―Al menos es sincera.
―Solo cuando me conviene.
―Eso suena tranquilizador.
―No pretendía tranquilizarla.
Su brazo estaba firme bajo mi mano.
Caliente.
Me sorprendió notar eso.
También que olía ligeramente a cítricos y cuero.
No debía estar pensando en cómo olía una mujer de Ceravia.
Mis tutores habrían sufrido una embolia colectiva.
―¿Siempre provoca a hombres con los que acaba de comprometerse? ―preguntó Maelis.
―Todavía no estoy comprometida.
―Él parece creer que sí.
―Oren cree muchas cosas.
―¿Y usted?
La pregunta era simple.
No me gustó.
―Yo creo que debería aprender a no escuchar conversaciones privadas.
―Estaban discutiendo en un corredor.
―Nuestro palacio tiene mala acústica.
―Su prometido tiene mala personalidad.
Solté una risa antes de poder evitarlo.
Maelis me miró.
Fue breve.
Suficiente para que sintiera ese tirón incómodo otra vez.
―No es mi prometido.
―Todavía.
―¿Le interesa demasiado mi estado civil?
―Quizá colecciono princesas comprometidas.
La miré de lado.
―Eso explicaría su visita.
―No. Vine por el tratado.
―Qué decepción.
―¿Lo es?
La pregunta me agarró desprevenida.
Maelis seguía caminando como si no hubiera dicho nada.
―Está coqueteando conmigo.
―¿Eso cree?
―Eso espero, porque si ésta es su manera normal de conversar, Ceravia debe ser agotadora.
Se rió.
Una risa baja, nada delicada.
Me gustó demasiado.
No debía gustarme.
Llegamos al salón norte.
Mi madre estaba dentro con varios consejeros y el hermano menor de Maelis. Al vernos entrar del brazo, Solenne frunció el ceño.
Oren apareció detrás.
Perfecto.
Toda la mañana reunida en una sola habitación.
Mi madre señaló los asientos.
―Iria, junto a lord Valcros.
Solté el brazo de Maelis.
Antes de apartarse, sus dedos rozaron los míos.
Accidentalmente.
Seguramente.
Mi cuerpo decidió exagerarlo.
Me senté al lado de Oren.
Maelis quedó enfrente.
Durante la primera media hora hablamos de puertos, aranceles y cosechas.
Yo fingí escuchar.
Maelis me miraba cada vez que Oren acercaba demasiado su silla.
Cuando él apoyó una mano sobre mi rodilla debajo de la mesa, todo mi cuerpo se endureció.
Bajé la vista.
Sus dedos apretaron.
―Quieta ―murmuró.
La palabra me encendió la sangre.
Le aparté la mano.
Oren volvió a colocarla.
Esta vez más arriba.
Me levanté tan rápido que la copa cayó.
El vino se extendió sobre el mantel.
Todos callaron.
―Iria ―dijo mi madre.
Oren sonrió con tranquilidad.
―Ha sido un accidente.
―No.
Lo miré.
―No lo ha sido.
Su sonrisa desapareció.
Maelis se levantó lentamente al otro lado de la mesa.
―¿Hay algún problema?
Oren respondió:
―Ninguno que le concierna.
Maelis rodeó la mesa.
Se detuvo junto a mí.
Muy cerca.
―Eso debería decidirlo ella.
Oren también se puso de pie.
―Princesa Veyr, le aconsejo recordar dónde está.
Maelis inclinó apenas la cabeza.
―Lo recuerdo perfectamente.
Mi madre golpeó la mesa con la palma.
―Basta.
Todos quedaron quietos.
Solenne me miró primero.
Después a Maelis.
―Iria, acompaña a lord Valcros al jardín. Ahora.
Sentí la mano de Oren cerca de mi espalda.
Antes de que pudiera tocarme, Maelis habló.
―Con su permiso, majestad, prefiero que la princesa Iria me acompañe a mí.
Mi madre endureció el rostro.
―¿Por qué?
Maelis me sostuvo la mirada.
No sonrió esta vez.
―Porque su futuro esposo acaba de tocarla después de que ella le retirara la mano dos veces.
