Capítulo 3 3

―Porque su futuro esposo acaba de tocarla después de que ella le retirara la mano dos veces.

Nadie respiró.

Oren habló primero.

―Princesa Veyr, no sabe lo que vio.

―Vi una mano donde no era bienvenida.

―Iria y yo estamos comprometidos.

―Todavía no ―dije.

Oren giró hacia mí.

―No empeores esto.

Maelis ladeó la cabeza.

―¿Suele hablarle así?

―No le concierne ―respondió él.

―Empiezo a sospechar que sí.

Mi madre se levantó.

―Basta. Maelis, agradecemos su preocupación, pero éste es un asunto familiar.

Maelis no se movió.

―Con respeto, majestad, cuando una mujer retira una mano y un hombre vuelve a ponerla, el asunto deja de ser complicado.

Tessa, detrás de mí, parecía a punto de aplaudir.

Yo quería hacerlo.

También quería desaparecer.

No porque Maelis estuviera equivocada.

Precisamente porque no lo estaba.

Oren me miró.

―¿Vas a permitir que una extranjera me insulte por un gesto entre nosotros?

―No hubo un “entre nosotros”.

―Iria.

―Quité tu mano.

―Estabas nerviosa.

Me reí.

No tenía gracia.

―Qué conveniente que también sepas lo que siento.

Mi madre dio la vuelta a la mesa.

―Ven conmigo.

―No.

La palabra salió antes de que pudiera medirla.

Solenne se detuvo.

Tessa dejó de respirar.

Nunca le había dicho que no delante del consejo.

Mi madre bajó la voz.

―Iria.

―Quiero terminar de hablar.

―No aquí.

―Aquí empezó.

Oren apretó la mandíbula.

―No pienso disculparme por tocar a la mujer que será mi esposa.

Maelis dio un paso.

Yo levanté una mano.

―No.

Ella me miró.

―Puedo ocuparme.

―Lo sé.

No estaba segura de por qué.

Quizá por la manera en que Maelis había cambiado al escuchar a Oren. Ya no quedaba rastro de la mujer burlona del corredor.

Parecía capaz de partirle una silla en la espalda.

Y una parte poco sensata de mí quería verlo.

―Lord Valcros ―dije―, no vuelva a tocarme sin permiso.

Oren sonrió.

Eso fue peor.

―Cuando seamos marido y mujer, no podremos detenernos a negociar cada contacto.

Sentí un frío debajo de las costillas.

Maelis habló detrás de mí.

―Entonces será mejor que nunca lleguen a serlo.

Oren se volvió.

―¿Es una amenaza?

―Es una observación.

―En Ceravia quizá acostumbren a permitir que las mujeres hagan lo que quieran.

Maelis sonrió.

―Sí. Es agotador. A veces incluso opinamos.

Tessa emitió un ruido ahogado.

Me mordí el interior de la mejilla.

Oren no.

―Entiendo por qué nadie ha conseguido casarse con usted.

La sonrisa de Maelis desapareció.

Yo contesté antes de pensarlo.

―Y yo entiendo por qué nadie quiere cenar con usted si no está obligado.

Tessa perdió la batalla y se rió.

Mi madre cerró los ojos.

―Fuera.

―Majestad...

―He dicho fuera. Todos.

Los consejeros empezaron a levantarse.

Maelis me miró.

―¿También yo?

―Especialmente usted ―respondió mi madre.

―Qué honor.

Pasó junto a mí.

Al rozarme, sus dedos tocaron la parte interior de mi muñeca.

Solo un segundo.

Mi cuerpo reaccionó con una estupidez impropia de una princesa.

La seguí con la mirada.

Error.

Tessa apareció a mi lado.

―Eso fue indecente.

―¿Qué cosa?

―Tu cara.

―No hice ninguna cara.

―Hiciste una cara completa.

―Tessa.

―Con capítulos.

Mi madre señaló la puerta lateral.

―Tú no.

Perfecto.

Esperé hasta que salieron todos.

Oren fue el último.

Antes de cruzar la puerta me miró.

―Hablaremos después.

―No si tengo suerte.

Se fue.

Mi madre esperó a que las puertas se cerraran.

―¿Qué demonios estás haciendo?

―Defendiéndome.

―Humillaste a lord Valcros delante de una delegación extranjera.

―Él me tocó después de que le dijera que no.

―Te puso una mano en la rodilla.

―Dos veces.

―Va a ser tu esposo.

―No lo es.

Solenne se acercó.

―Lo será.

La certeza en su voz me dio más miedo que Oren.

―¿Aunque yo no quiera?

―No puedes seguir saboteando cada propuesta que recibes.

―Puedo intentarlo.

―Esto no es un juego.

―Mi vida tampoco.

Su expresión se quebró apenas.

―Avenor necesita esta alianza.

―Avenor siempre necesita algo de mí.

―Eres princesa.

―Soy una persona.

―Eres ambas cosas.

―Curioso que solo recuerdes una cuando quieres algo.

La bofetada llegó esta vez.

No fue fuerte.

No necesitó serlo.

Giré la cara.

Sentí el ardor en la mejilla.

Mi madre también pareció sorprendida.

―Iria...

―No.

Retrocedí.

―No me toques.

Salí antes de que pudiera responder.

Caminé sin saber adónde iba.

Tessa me llamó desde el corredor, pero seguí.

Bajé una escalera, crucé la galería de invierno y terminé en el invernadero real.

Vacío.

O eso creí.

―¿Siempre termina sus almuerzos huyendo?

Me detuve.

Maelis estaba sentada sobre el borde de una fuente, comiendo una pera.

―¿Siempre invade jardines ajenos?

―Solo cuando me expulsan del comedor.

―Mi madre tiene ese efecto.

Maelis miró mi cara.

La pera dejó de subir hacia su boca.

―¿Quién hizo eso?

Toqué mi mejilla.

―No importa.

―A mí sí.

―Eso es extraño considerando que nos conocemos desde esta mañana.

―Me adapto rápido.

Me acerqué a la fuente.

―¿También pelea rápido?

―Más rápido.

―Lo había notado.

Maelis dejó la pera.

―¿Fue Valcros?

―No.

―Su madre.

No respondí.

Ella entendió.

―Vaya familia encantadora.

―Tenga cuidado. Sigue siendo la reina.

―Y usted sigue teniendo una marca en la cara.

―Desaparecerá.

―Eso no mejora lo ocurrido.

Me irritó que dijera exactamente lo que necesitaba escuchar.

―No necesito que me defienda.

―Ya me lo dijo.

―Y sigue haciéndolo.

―Mal hábito.

―Corríjalo.

Maelis se levantó.

Quedó cerca.

Demasiado.

―¿Quiere que lo haga?

La pregunta me desconcertó.

―¿Qué?

―Que deje de intervenir.

Podía decir sí.

Debería.

La habían criado en el reino que durante años me enseñaron a despreciar. Sabía historias de soldados muertos, aldeas quemadas y tratados rotos.

Nada de eso explicaba por qué su cercanía me hacía consciente de mi propia boca.

―No sé ―admití.

Maelis bajó la mirada a mis labios.

Fue breve.

Suficiente.

―Eso es más sincero.

―No se acostumbre.

―Qué lástima.

Su mano subió.

Se detuvo antes de tocar mi mejilla.

―¿Puedo?

Mi garganta se cerró.

Asentí.

Sus dedos rozaron la piel caliente.

Con cuidado.

El gesto fue tan distinto de la mano de Oren sobre mi rodilla que me enfadó.

Con él.

Con mi madre.

Conmigo.

―No debería dejar que haga eso ―murmuré.

―Entonces dígame que pare.

No lo hice.

Maelis pasó el pulgar cerca de mi pómulo.

―Le duele.

―Un poco.

―Miente mal.

―Miento perfectamente.

―No cuando está enfadada.

―¿Y usted ya sabe cómo soy cuando estoy enfadada?

―He tenido una mañana educativa.

Solté una risa pequeña.

Su pulgar seguía sobre mi piel.

―Princesa...

―Maelis.

―No.

―Iria.

La forma en que dijo mi nombre me dejó quieta.

Sin título.

Sin ceremonia.

Solo Iria.

―Eso tampoco ―dije.

―Está bien.

Pero no retiró la mano hasta que yo retrocedí.

Una puerta se abrió al fondo.

Tessa entró apresurada.

―Te encontré.

Vio a Maelis.

Me vio a mí.

Miró la distancia entre ambas.

―Interrumpo algo.

―No ―dije.

―Todavía no ―dijo Maelis.

La fulminé con la mirada.

Tessa sonrió.

―Su majestad te busca.

―Acabo de verla.

―Ahora está con Oren.

Mi humor murió.

―¿Para qué?

Tessa tragó saliva.

―Han adelantado el anuncio.

―¿Qué anuncio?

―Tu compromiso.

Sentí que el invernadero se inclinaba.

―¿Cuándo?

Tessa me sostuvo la mirada.

―Esta noche.

Maelis habló detrás de mí.

―Entonces tendremos que arruinarlo antes.

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