Capítulo 4 4

―¿Arruinar mi compromiso? Qué detalle tan considerado para una mujer que conozco desde esta mañana.

Maelis apoyó una cadera contra la fuente.

―Me esfuerzo por causar buena impresión.

Tessa miró hacia la puerta del invernadero.

―Podrían encarcelarnos por esto.

―A ti no ―dije―. Tú dirás que intentaste detenerme.

―Perfecto. ¿Puedo llorar durante el juicio?

―Solo si consigues que resulte creíble.

Maelis nos observó.

―Empiezo a entender por qué siguen juntas.

―No seguimos juntas ―dijo Tessa―. Yo sobrevivo cerca de ella.

Le lancé una hoja.

La esquivó.

Durante tres segundos, conseguí olvidar que mi madre pensaba anunciar mi compromiso esa misma noche.

Después volvió el miedo.

―No puedo simplemente negarme delante de toda la corte.

Maelis dejó de sonreír.

―¿Por qué no?

―Porque mi madre puede firmar acuerdos matrimoniales en nombre de la casa real.

―Pero no puede obligarla a pronunciar los votos.

―No necesita llegar tan lejos. Si me niego públicamente, dirá que estoy enferma, caprichosa o mal aconsejada. Luego me encerrará hasta que cambie de opinión.

Tessa bajó la mirada.

No estaba exagerando.

Maelis se cruzó de brazos.

―Entonces no se niegue.

La miré.

―Hace un momento quería arruinarlo.

―Sigo queriendo.

―Su estrategia necesita trabajo.

―Mi estrategia consiste en que esta noche nadie pueda mirar a lord Valcros y pensar que usted está feliz de casarse con él.

―Eso ya ocurre sin ayuda.

―Sí, pero podemos hacerlo memorable.

Tessa sonrió.

―Ahora sí me gusta.

―A ti te gusta cualquier idea que pueda terminar con alguien arrojado a una fuente.

―No cualquiera. Depende de la fuente.

Maelis se acercó a mí.

―Habrá baile después del anuncio.

―Siempre hay baile.

―Entonces baile conmigo.

Me quedé mirándola.

Tessa hizo un ruido que sonó demasiado parecido a una carcajada sofocada.

―¿Eso es todo? ―pregunté.

―No.

―Lo sabía.

―Bailará conmigo justo después de que anuncien a Valcros.

―Mi madre me matará.

―No delante de invitados.

―No la conoce.

Maelis sonrió.

―Empiezo a admirarla.

―No debería.

―También empiezo a pensar que usted dice eso demasiado.

Se inclinó apenas hacia mí.

No era necesario.

Podía escucharla perfectamente desde donde estaba.

Pero lo hizo.

Y yo no retrocedí.

―Si acepta bailar conmigo, toda la corte hablará de nosotras antes de terminar la noche.

―Hablarán de una provocación diplomática.

―Mejor.

―O de que estoy intentando humillar a Oren.

―Mucho mejor.

―O de que usted y yo...

No terminé.

Los ojos de Maelis bajaron a mi boca.

Ese gesto volvió a suceder.

Y esta vez no podía fingir que no lo había visto.

―¿Usted y yo qué? ―preguntó.

El calor me subió al rostro.

Tessa carraspeó.

―Voy a mirar plantas.

―No te muevas.

―Hay una flor fascinante a quince pasos.

―Tessa.

―Está bien. Seré invisible.

Maelis estaba disfrutándolo.

―No termine la frase si le da miedo.

―No me da miedo.

―Entonces dígala.

La odié un poco.

―Que crean que hay algo entre nosotras.

―¿Y eso sería tan terrible?

Mi cuerpo respondió antes que mi orgullo.

Un latido rápido.

Ridículo.

―Sí.

―Qué tragedia.

―Usted se divierte demasiado conmigo.

―Usted se enfada de una forma muy entretenida.

―Puedo dejar de hacerlo.

―No quiero.

El silencio se quedó entre ambas.

No era cómodo.

Tampoco quería romperlo.

Tessa lo hizo por mí.

―Tengo una pregunta importante.

―No ―dijimos Maelis y yo al mismo tiempo.

―Ahora tengo dos.

Me tapé la cara.

Maelis se rió.

―Pregunte.

―Cuando bailen, ¿quién llevará?

La miré horrorizada.

―Voy a despedirte.

―No puedes. Sé demasiado.

Maelis respondió con absoluta seriedad.

―Yo.

―Ni hablar.

―¿Sabe llevar?

―Sí.

―Entonces demuéstrelo.

La palabra salió con un tono que convirtió una tontería en otra cosa.

―Aquí.

Maelis extendió una mano.

―Aquí.

―No hay música.

―Tessa puede cantar.

―No pienso cantar.

―Por fin algo sensato.

Maelis seguía ofreciendo la mano.

La miré.

No tenía por qué aceptarla.

La tomé.

Sus dedos se cerraron sobre los míos.

Calientes.

Firmes.

Su otra mano quedó suspendida cerca de mi cintura.

―¿Puedo?

Otra vez.

La pregunta.

Oren no había preguntado nada.

Asentí.

Maelis apoyó la palma en mi cintura.

La tela era fina.

Demasiado fina.

Mi respiración cambió.

Ella lo notó.

Por supuesto.

―Relájese.

―Estoy relajada.

―Me está clavando los dedos.

Miré nuestras manos.

Tenía razón.

Aflojé.

―No diga nada.

―No pensaba hacerlo.

―Está sonriendo.

―Eso no es hablar.

Tessa empezó a tararear una melodía espantosa.

―Te mataré.

―Necesitaban música.

Maelis me hizo girar.

Lo hizo bien.

Demasiado bien.

Tuve que acercarme para no tropezar con el borde de la fuente.

Mi pecho rozó el suyo.

Se me olvidó insultar a Tessa.

Maelis bajó la voz.

―Míreme.

―La estoy mirando.

―No. Está vigilando mis hombros como si fueran a atacarla.

Levanté los ojos.

Error.

Estaba cerca.

Mucho.

Podía distinguir una pequeña cicatriz junto a su ceja izquierda.

―Me enseñaron que las mujeres de Ceravia eran peligrosas.

―¿Y tenían razón?

―Todavía no lo sé.

―Podría averiguarlo.

Su pulgar se movió apenas sobre mi cintura.

Un gesto mínimo.

Mi vientre se tensó.

―Eso sonó como una amenaza.

―Depende de lo que quiera hacer conmigo.

Se me secó la boca.

Tessa dejó de tararear.

―Creo que ahora sí debería mirar plantas.

Me separé.

Maelis me dejó hacerlo de inmediato.

Eso empeoró las cosas.

―Esta noche bailaremos una vez ―dije―. Nada más.

―Una vez.

―Nada de provocar a Oren.

―No prometo milagros.

―Nada de tocarme más de lo necesario.

―Eso tendrá que definirlo usted.

La fulminé con la mirada.

Maelis sonrió.

―Es insoportable.

―Y aun así sigue aquí.

Me llevé una mano al cuello.

―¿Hace calor aquí?

Tessa miró los ventanales.

―No especialmente.

―Cállate.

Maelis tomó la pera.

―Puede culpar al clima si eso la hace sentir mejor.

―Puedo culparla a usted.

―Eso me gusta más.

Le quité la pera antes de que mordiera.

Tal vez porque necesitaba hacer algo con las manos.

Maelis miró la fruta.

―Acaba de robarme.

―Considérelo un impuesto diplomático.

―Entonces quiero compensación.

―No sea ambiciosa.

Mordí la pera.

Comprendí el error cuando sus ojos bajaron a mi boca otra vez.

Tessa abrió mucho los ojos.

Yo mastiqué despacio por orgullo.

Maelis se acercó un paso.

―Ahora sí está provocándome.

―Estoy comiendo.

―Mi pera.

―Era de la Corona.

―La mordí primero.

Miré la marca de sus dientes al otro lado.

Después la miré a ella.

No debería haber sentido nada por algo tan absurdo.

Sentí demasiado.

―Qué escándalo ―dije―. Hemos compartido fruta.

―En Ceravia eso cuenta como compromiso.

Casi me atraganté.

Tessa soltó una carcajada.

―Me voy a mudar allí.

Le devolví la pera a Maelis.

Nuestros dedos se rozaron.

Ella no apartó la mano enseguida.

Yo tampoco.

―Estaba bromeando ―dijo.

―Ya lo sé.

―Pareció decepcionada.

―Pareció golpeable.

―También puedo trabajar con eso.

La sonrisa que me dedicó habría debido irritarme.

En cambio, tuve que mirar hacia otro lado.

Antes de responder, la puerta se abrió.

Mi hermano Darian entró acompañado por dos guardias.

Su expresión me dijo que las noticias eran peores de lo esperado.

―Iria, madre te está buscando.

―Ya lo sé.

―No. No sabes esto.

Se acercó y miró a Maelis con desconfianza.

―El anuncio cambió.

Sentí que el estómago se me cerraba.

―¿Qué cambió?

Darian tragó saliva.

―No van a anunciar un compromiso futuro.

―Entonces, ¿qué?

Mi hermano me sostuvo la mirada.

―Madre ha decidido que te cases con Oren dentro de siete días.

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