Capítulo 5 5

—¿Te estás riendo de mí?

Maelis dejó la taza sobre el alféizar.

Tessa, sentada frente a ella con un plato de pastel de almendras, dejó de masticar.

Yo seguí en la puerta de la salita azul, todavía con la mano en el picaporte.

—Depende —dijo Maelis—. ¿Cuánto escuchó?

—Lo suficiente.

—Eso suele ser la cantidad peligrosa.

—Cinco compromisos —dije—. ¿Le resulta divertido?

Tessa levantó una mano.

—Antes de que me metas en esto, yo solo estaba corrigiendo detalles.

La miré.

—¿Qué detalles?

—El caballo no era blanco. Era gris.

Cerré los ojos.

—Tessa.

—Importa para la historia.

Maelis se mordió el labio.

La vi.

—No se atreva.

—Estoy haciendo un esfuerzo admirable.

—Se estaba riendo de mis prometidos.

—Del tercero.

—Del tercero, del cuarto y del pobre lord Perrin.

—Perrin merecía una estatua.

—¿Por sobrevivir?

—Por escuchar una explicación completa sobre la castración de sementales y no desmayarse sobre la sopa.

Tessa se tapó la boca.

Maelis perdió la batalla primero.

Se echó a reír.

El sonido me irritó de inmediato.

También me gustaba.

Eso me irritó más.

Entré y cerré la puerta.

—Qué bien. La princesa de Ceravia ha venido a Avenor para estudiar un tratado comercial y mis humillaciones matrimoniales.

Maelis dejó de reír.

—Yo pregunté por usted antes de venir.

Aquello me frenó.

—¿Por qué?

—Porque es hija de la reina, hermana del heredero y aparece en cualquier informe serio sobre la familia real.

—Y decidió memorizar mis fracasos.

—Decidí saber con quién iba a encontrarme.

—¿Y qué descubrió?

Maelis apoyó los codos sobre las rodillas.

—Que rechazó a cinco hombres.

—Información brillante.

—Que cuatro de esos hombres salieron del palacio quejándose de usted y ninguno pudo explicar qué le había preguntado antes de que los echara.

Mi enojo tropezó.

—Eso no estaba en los rumores.

—En Ceravia tenemos embajadores competentes.

Tessa señaló el pastel.

—Y espías.

—Tessa.

—¿Qué? Ya me van a despedir de todos modos.

Maelis me sostuvo la mirada.

—Me reí de Perrin porque la historia es buena. También me reí del vizconde que intentó ocultar una amante y descubrió durante la cena que usted conocía el nombre de su casero.

—Le pagaba un apartamento con dinero de una propiedad que pretendía administrar después de casarse conmigo.

—Precisamente.

—Eso no lo hace gracioso.

—La cara de él sí.

No pude evitar una pequeña sonrisa.

La borré.

Maelis la vio.

—Ahí está.

—No hay nada.

—Acaba de sonreír.

—Fue un espasmo.

—Qué enfermedad tan selectiva.

Tessa se levantó con su plato.

—Voy a terminar esto lejos de ustedes.

—Cobarde —dije.

—Práctica.

Pasó junto a mí y abrió la puerta.

Antes de salir, se inclinó hacia mi oído.

—Por cierto, Maelis no se rio cuando le conté lo de los médicos.

Se fue.

La puerta se cerró.

Mi espalda se puso rígida.

Maelis miró la taza.

—Tessa habla demasiado.

—¿Qué le contó?

—Lo suficiente.

—No use mis palabras.

—Funcionaban bien.

Me acerqué.

—¿Qué le contó?

Maelis alzó los ojos.

—Que desde adolescente registran sus ciclos. Que la examinaron antes de que cumpliera diecinueve. Que su madre considera esa vigilancia parte de sus obligaciones.

La vergüenza llegó vieja y conocida.

—No tenía derecho a contarle eso.

—No.

Su respuesta directa me quitó el siguiente ataque.

—¿Y usted? ¿Tiene derecho a investigarme?

—Tampoco.

—Pero lo hizo.

—Sí.

—Conveniente.

Maelis se levantó.

Quedamos a poca distancia.

—Necesitaba saber quién estaría sentado frente a mí durante las negociaciones. Esperaba encontrar una princesa caprichosa que rechazaba hombres por deporte.

—Qué encantador.

—Encontré razones.

—No conoce mis razones.

—Conozco algunas.

—Eso no significa que me conozca.

—Quiero hacerlo.

La frase cayó entre las dos.

Sentí calor en el cuello.

Maelis también pareció darse cuenta de lo que acababa de decir, porque su sonrisa tardó un segundo en regresar.

—Diplomáticamente —añadió.

—Claro.

—Con gran rigor académico.

—Cállese.

Sonrió.

Yo debería haber retrocedido.

En cambio di medio paso hacia ella.

—¿También investigó qué vestidos uso?

—Valcros parece haberse encargado de ese departamento.

Se me endureció la boca.

Aquella mañana Oren había enviado a mi habitación tres vestidos escogidos por su tía. Cuellos altos. Mangas largas. Tonos apagados.

Había devuelto los tres.

Después apareció él.

Su explicación había sido sencilla: una futura esposa de los Valcros debía aprender qué resultaba apropiado.

Maelis había presenciado el final.

Y la forma en que arrojé el vestido verde a sus brazos.

—Voy a ponerme el rojo —dije.

Los ojos de Maelis bajaron por mi cuerpo con una lentitud que me hizo olvidar durante un instante por qué hablábamos de ropa.

—¿El rojo?

—Sí.

—Excelente.

—Ni siquiera lo ha visto.

—Estoy usando la imaginación.

—Eso parece peligroso.

—Muchísimo.

Me humedecí los labios.

Su mirada siguió el movimiento.

El aire de la habitación se volvió incómodo.

—Maelis.

—¿Sí?

—Está mirando mi boca.

—Lo sé.

No esperaba que lo admitiera.

—Podría fingir un poco de vergüenza.

—Podría.

—Y no piensa hacerlo.

—Todavía no.

La respuesta me recorrió el vientre.

Odié que pudiera hacerlo tan fácilmente.

Apoyé una mano sobre su pecho.

Quería apartarla.

Eso me había dicho.

Mis dedos se quedaron sobre la tela azul de su casaca.

Debajo sentí el golpe rápido de su corazón.

Maelis miró mi mano.

Después a mí.

—Si quiere que me aleje, hágalo.

—No necesito instrucciones.

—Entonces estoy esperando.

No me moví.

Su respiración cambió apenas.

La mía llevaba rato haciendo tonterías.

—Se estaba riendo de mí hace cinco minutos —murmuré.

—De Perrin.

—No ayuda.

—Puedo pedir disculpas.

—Hágalo.

—Lamento haberme reído de su técnica para espantar pretendientes.

—Eso ha sido horrible.

—No he terminado. También lamento profundamente no haber estado presente.

Solté una risa.

La muy desgraciada aprovechó.

—Ahí está otra vez.

—Voy a empujarla.

—Su mano lleva bastante tiempo intentándolo.

Miré dónde la tenía.

Seguía sobre su pecho.

La retiré.

Maelis tuvo el descaro de parecer decepcionada.

—Esta noche —dije—, durante el baile, manténgase lejos de Oren.

—Eso será difícil si usted está cerca de él.

—Hablo en serio.

—Yo también.

La puerta se abrió.

Oren entró sin llamar.

Sus ojos fueron de Maelis a mí y luego al espacio mínimo que nos separaba.

—Princesa Veyr.

Maelis no se apartó.

—Lord Valcros.

Oren clavó la mirada en mi boca antes de mirarme a los ojos.

—He venido a recordarte que el primer vals me pertenece.

—No soy una pieza de tu guardarropa.

—Iria, esta noche no quiero escenas.

Maelis soltó una risa breve.

Oren giró hacia ella.

—Y usted mantendrá la distancia.

—¿Durante el vals?

—Durante toda la noche.

Maelis me miró.

Yo ya conocía esa expresión.

Problemas.

—Entonces procure no apartar la vista, lord Valcros —dijo—, porque pienso pedirle a Iria que baile conmigo delante de toda la corte.

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