Capítulo 6 6
—Entonces procure no apartar la vista, lord Valcros —dijo Maelis—, porque pienso pedirle a Iria que baile conmigo delante de toda la corte.
Oren soltó una risa seca.
—No lo hará.
—Qué seguridad.
—La princesa Iria sabe lo que le conviene.
—Ahí es donde suele equivocarse usted —dije.
Oren me miró.
—Tenemos siete días. Sería inteligente dejar de convertir cada conversación en una pelea.
—Podrías empezar dejando de darme órdenes.
—Estoy intentando evitarte una humillación.
Maelis cruzó los brazos.
—Qué considerado. ¿También elige por ella cuándo debe sentirse humillada?
—Princesa Veyr, ya ha intervenido suficiente.
—Todavía es temprano.
Tuve que mirar hacia la ventana para que Oren no viera mi sonrisa.
Él la vio.
—Esta noche bailarás conmigo primero.
—Eso ya lo dijiste.
—Y después volverás a tu mesa.
—Eso ya lo decidiste tú.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
Me quedé quieta.
Maelis dejó de bromear.
Oren se dio cuenta tarde.
—Me refiero a que habrá demasiada atención sobre nosotros.
—Sal de aquí.
—Iria.
—Sal.
Su mandíbula se tensó.
Por un momento pensé que discutiría. Después inclinó la cabeza con esa educación que me daba ganas de romper objetos.
—Te veré esta noche.
Pasó junto a Maelis.
Ella sonrió.
—Procure descansar. Parece tenso.
La puerta se cerró con más fuerza de la necesaria.
Miré a Maelis.
—¿Le produce placer empeorar las cosas?
—Muchísimo.
—Eso empieza a preocuparme.
—A mí me preocupa más que siga sonriendo cuando lo hago.
Mi sonrisa desapareció.
Maelis levantó una ceja.
—Demasiado tarde.
Tessa entró al anochecer con el vestido rojo sobre los brazos.
—Tu madre envió el azul.
—Entonces qué alegría que yo tenga ojos.
—También envió un mensaje.
—Quémalo.
—Primero quería leerlo.
—Traición.
Tessa dejó el vestido sobre la cama.
—“La princesa Iria debe recordar esta noche que su conducta será interpretada como reflejo de la Corona”.
—Qué romántico.
—Yo habría añadido flores.
Me quité la bata y alcé los brazos para que ajustara el vestido.
El rojo era oscuro, con la espalda baja y las mangas apenas sujetas sobre los hombros.
Tessa terminó de cerrar los broches.
—Maelis va a sufrir.
—Tessa.
—Estoy pensando diplomáticamente.
—Piensa menos.
—Imposible.
Me miré en el espejo.
—¿Crees que es demasiado?
Tessa sonrió.
—Ahora sí sé que estás nerviosa.
—No estoy nerviosa.
—Acabas de pedirme opinión.
—Retiro la pregunta.
—Demasiado tarde.
El salón de invierno estaba lleno cuando entré.
Oren me encontró antes de que llegara al primer escalón.
Su mirada recorrió el vestido.
—Te envié otros.
—Los recibí.
—Eran más apropiados.
—Los devolví.
—Lo sé.
—Entonces estamos avanzando.
Ofreció el brazo.
Lo acepté porque mi madre observaba desde el estrado.
Oren se inclinó hacia mí.
—No hagas esto difícil.
—Todavía ni siquiera ha empezado la música.
—Hablo de Maelis.
Miré al frente.
Maelis conversaba con Darian.
Llevaba uniforme negro de gala con bordados plateados y el cabello recogido. En cuanto me vio, dejó de escuchar.
Sus ojos bajaron.
Despacio.
Desde mis hombros hasta el borde de la falda.
Sentí el recorrido sobre la piel.
Tessa tenía razón.
Qué fastidio.
Maelis volvió a mirarme a la cara.
Se llevó dos dedos a la boca, ocultando una sonrisa.
Yo levanté la barbilla.
—Ni se te ocurra —murmuró Oren.
—¿Qué cosa?
—Ir con ella.
—Estoy de tu brazo.
—Sabes de qué hablo.
La orquesta empezó.
Solenne se levantó para recibir a los invitados y luego anunció el primer vals.
Oren me condujo al centro.
Su mano se apoyó demasiado abajo en mi cintura.
La subí con dos dedos.
—Aquí.
Su boca se endureció.
—Estamos bailando.
—Y sigo teniendo cintura más arriba.
—Toda la corte nos mira.
—Entonces compórtate.
Empezamos a girar.
Oren bailaba bien. Habría sido útil si pudiera pasar tres minutos sin hablar.
—La ceremonia será privada.
—Qué alivio.
—Después habrá una recepción.
—Apasionante.
—Mi tío vendrá mañana para discutir tu residencia.
Fallé un paso.
—¿Mi qué?
—La casa donde viviremos después de casarnos.
—No voy a mudarme a una casa elegida por tu tío.
—Será nuestra casa.
—Qué curioso que yo sea la última en enterarme.
Oren apretó la mano en mi espalda.
—Vas a tener que aprender a ceder.
Me detuve.
—Suéltame.
—Iria, no armes otra escena.
—Suéltame.
Lo hizo.
La música seguía.
Oren bajó la voz.
—Regresa al baile.
—No.
—Faltan dos minutos.
—Sobrevivirás.
Me aparté.
Y entonces la vi.
Maelis estaba a pocos pasos.
Había cruzado el salón mientras yo discutía.
Extendió una mano.
—Princesa Iria.
—Princesa Maelis.
—Me debe un baile.
Oren apareció a mi lado.
—Está ocupada.
Maelis ni siquiera lo miró.
—¿Lo está?
La pregunta era para mí.
Miré su mano.
Recordé su palma en mi cintura en el invernadero.
Puse mis dedos sobre los suyos.
—Ahora no.
Oren apretó los labios.
Yo apreté la mano de Maelis.
—La siguiente pieza.
Su sonrisa regresó despacio.
—Esperaré.
La siguiente pieza empezó veinte minutos después.
Oren había desaparecido con su tío. Mi madre seguía observándome con una frialdad que prometía problemas para más tarde.
Maelis llegó antes del primer compás.
—Pensé que iba a dejarme plantada.
—Lo consideré.
—Qué cruel.
—Sobrevivió.
Me ofreció la mano.
Esta vez la tomé sin mirar a nadie más.
Entramos al centro.
Su palma se posó en mi espalda desnuda.
Me quedé rígida.
Maelis inclinó la cabeza.
—¿Demasiado?
El calor de sus dedos estaba directamente sobre mi piel.
—No.
—Eso ha sonado poco convincente.
—Siga bailando.
—Con gusto.
Me acercó apenas para girar.
Mi pecho rozó el suyo.
Respiré tarde.
—Está disfrutando esto.
—Ahora mismo, bastante.
—Por Oren.
—Por su vestido.
Tropecé.
Maelis me sostuvo.
Su boca quedó cerca de mi oído.
—Aunque la cara de Valcros ayuda.
—Dijo que mantendría la distancia.
—Él lo dijo.
—Y usted decidió ignorarlo.
—Usted aceptó mi mano.
Sus dedos se movieron sobre mi espalda.
Solo unos centímetros.
Suficientes.
—Maelis.
—Dígame que pare.
La música, las conversaciones y el salón entero quedaron lejos durante un segundo.
Podía hacerlo.
En lugar de eso, acerqué la boca a su oído.
—Si vuelve a mover la mano, le piso.
Maelis sonrió contra mi sien.
—Eso no ha sido un no.
Antes de que pudiera responder, Oren apareció al borde de la pista.
Y detrás de él estaba mi madre.
Solenne levantó una mano.
La orquesta se detuvo.
El silencio cayó de golpe.
Mi madre miró nuestras manos unidas.
Después habló.
—Princesa Maelis, su presencia en Avenor depende de que respete a esta casa.
Maelis soltó mi cintura, pero conservó mi mano.
—Siempre respeto las reglas que merecen respeto, majestad.
Solenne bajó del estrado.
—Entonces será sencillo. A partir de este momento, queda prohibido que vuelva a quedarse a solas con mi hija.
Sentí que Maelis apretaba mis dedos.
Yo miré a mi madre.
—¿Y si soy yo quien quiere quedarse a solas con ella?
Solenne no dudó.
—Entonces descubrirás cuánto estás dispuesta a perder por esa mujer.
