Capítulo 7 7
—Entonces descubrirás cuánto estás dispuesta a perder por esa mujer.
La frase de mi madre quedó suspendida en el salón.
Maelis seguía sujetándome la mano.
Yo podría haberla soltado.
No lo hice.
Solenne bajó la mirada a nuestros dedos unidos y después volvió a mirarme.
—He sido clara.
—Perfectamente.
—Entonces apártate de ella.
Maelis aflojó la mano.
Esperó.
Otra vez me dejó decidir.
Eso me enfureció más de lo que debería.
Apreté sus dedos.
—He dicho que te apartes.
—Y yo no he dicho que vaya a obedecer.
Oren soltó aire por la nariz.
Mi madre giró hacia él.
—Lord Valcros, acompáñeme.
—Majestad, creo que...
—Ahora.
Oren me lanzó una mirada cargada de promesas desagradables y siguió a Solenne.
Cuando las puertas se cerraron, el salón recuperó el ruido poco a poco.
Tessa apareció a mi lado con dos copas.
—Una es para beber y la otra por si quieres arrojarla.
Tomé la primera.
—¿Cuál es cuál?
—Estoy orgullosa de que preguntes.
Maelis soltó una risa.
—Su amiga es útil.
—Mi amiga es una amenaza pública.
—Y todavía así me conservas —dijo Tessa.
Bebí de golpe.
Maelis me observó.
—Eso no va a solucionar nada.
—No pedí una solución.
—Qué raro. Llevo todo el día pensando en una.
Bajé la copa.
—Eso suena peligroso.
—Probablemente.
Tessa dejó de sonreír.
—¿Qué hiciste?
—Todavía nada.
—Eso es peor.
Maelis miró hacia las puertas por donde había salido mi madre.
—Necesito hablar con Iria.
—Mi madre acaba de prohibir exactamente eso.
—Su madre prohibió que estuviéramos a solas.
Tessa levantó una ceja.
—Qué suerte que existo.
Cinco minutos después estábamos en una galería lateral con Tessa sentada al fondo, fingiendo leer un libro al revés.
—Ni siquiera lo estás intentando —le dije.
—Estoy dando privacidad con supervisión.
Maelis se apoyó en la pared.
—Su boda es dentro de seis días.
—Gracias por recordarlo.
—Podría impedirse.
La miré.
—Ya intenté enfermarme.
—Su estrategia carece de ambición.
—También consideré romperme una pierna.
—Eso me parecería inconveniente.
—Para caminar.
—Para bailar conmigo.
La forma en que lo dijo me obligó a mirar hacia otro lado.
—Concéntrese.
—Estoy muy concentrada.
—En mi boca, aparentemente.
Maelis sonrió.
—También.
Tessa pasó una página que no estaba leyendo.
—Voy a necesitar aumento de sueldo.
—Tessa.
—Sigo aquí.
Maelis se acercó.
—Existe una norma antigua entre Avenor y las coronas extranjeras.
—Conozco bastantes normas antiguas. Casi todas fueron escritas por hombres muertos con demasiado tiempo.
—Esta podría gustarle.
—Eso sería una novedad.
Maelis bajó la voz.
—Si una heredera extranjera presenta una petición formal de cortejo a un miembro directo de la familia real de Avenor, cualquier compromiso pendiente queda suspendido mientras la Corona estudia la alianza.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Lo que oyó.
—Eso no puede seguir vigente.
—Sigue vigente.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque Ceravia utilizó esa cláusula hace sesenta y dos años.
—¿Para qué?
—Para evitar que una princesa se casara con su primo.
—Muy noble.
—El primo tenía cuarenta años y ella diecisiete.
—Retiro el sarcasmo.
Tessa cerró el libro.
Ahora sí prestaba atención.
—¿Cuánto dura la suspensión?
—Hasta que la Corona rechaza formalmente la petición o acepta negociarla.
—Mi madre la rechazará antes del desayuno —dije.
—No puede hacerlo sin consejo.
—Encontrará la forma.
—Entonces necesitaremos darle razones para no hacerlo rápido.
La miré fijamente.
—¿Necesitaremos?
Maelis dio otro paso.
Ya estaba demasiado cerca para una conversación jurídica.
—La petición tendría que parecer seria.
—¿Seria cómo?
—Convincente.
—Sigue hablando como una criminal.
—Me halaga.
—Maelis.
Su mirada bajó a mis labios y volvió a subir.
—Tendrían que creer que llevo tiempo interesada en usted.
Se me secó la boca.
Tessa murmuró algo desde el fondo.
—¿Qué dijiste?
—Nada. Estoy rezando.
—Tú no rezas.
—Estoy aprendiendo.
Volví a Maelis.
—¿Y cómo piensa convencerlos?
—Con detalles.
—¿Qué detalles?
—Cartas. Regalos. Testigos. Un cortejo público.
—No tenemos nada de eso.
—Podemos empezar esta noche.
Solté una risa.
—Claro. Fabricaremos un romance en seis días.
—En menos.
—Mi madre me conoce.
—Su madre cree conocerla.
—Y Oren sospecha de usted desde que llegó.
—Excelente.
—¿Excelente?
—Los celos hacen que la gente mire donde uno quiere.
Me crucé de brazos.
—Está disfrutando demasiado.
—Muchísimo.
—Esto podría terminar con usted expulsada de Avenor.
—He sobrevivido a cosas peores.
—¿Como cuáles?
—Una cena con su prometido.
Me reí antes de poder evitarlo.
Maelis aprovechó mi distracción para acercarse un poco más.
—Hay otra cosa.
—Por supuesto.
—Un cortejo entre herederos exige muestras públicas de afecto.
El calor me subió al cuello.
—¿Qué clase de muestras?
—Las necesarias para que parezca real.
—Eso no responde nada.
—Porque quería ver su cara.
—Es insoportable.
—Y usted sigue aquí.
La misma frase del invernadero.
Esta vez me golpeó distinto.
Maelis levantó una mano y se detuvo a centímetros de mi cintura.
—¿Puedo?
Miré sus dedos.
—¿Para qué?
—Demostrarle lo que quiero decir.
Tessa hizo un ruido ahogado.
—Estoy literalmente aquí.
—Lo sabemos —dije.
Maelis esperó.
Yo asentí.
Su mano se apoyó en mi cintura.
El vestido dejaba una franja de piel expuesta en la espalda y sus dedos rozaron el borde.
Se me tensó el abdomen.
—Así —murmuró.
—Esto ya lo hizo durante el baile.
—Entonces sabe que funciona.
—Para irritar a Oren.
—No estaba pensando en Oren.
La respuesta me dejó quieta.
Maelis se inclinó apenas.
Su respiración tocó mi mejilla.
—Si aceptamos, habrá momentos en que tendré que tocarla delante de ellos.
—Podría sobrevivir.
—Qué valiente.
—No se emocione.
—También habrá que convencerlos de que usted quiere que lo haga.
Su pulgar se movió una vez sobre mi cintura.
Mi cuerpo respondió con una precisión humillante.
—Eso podría ser más difícil —dije.
Maelis sonrió.
—Miente peor cuando está cerca de mí.
Le clavé los dedos en la muñeca.
—Cuidado.
Su mirada cayó a mi mano.
—¿Quiere que pare?
Tardé demasiado.
Tessa carraspeó.
—Me parece que la respuesta jurídica está complicándose.
Solté a Maelis y retrocedí.
—Supongamos que acepto. ¿Qué obtiene Ceravia?
—Nada.
—No le creo.
—Entonces investigue.
—Lo haré.
—Bien.
—Y si encuentro una sola cláusula que permita a su reino reclamar territorio, títulos o influencia sobre Avenor, la arrojo por una ventana.
—Espero que sea una ventana baja.
—No prometo nada.
Maelis sonrió, pero sus ojos seguían serios.
—La petición puede detener la boda, Iria. Después decidiremos qué hacer con el tiempo que compremos.
—¿Y qué tendría que decir?
—Que desea considerar un compromiso conmigo.
Me quedé mirándola.
—¿Un compromiso falso?
—Exactamente.
Tessa cerró el libro de golpe.
—Esto va a salir horriblemente mal.
Maelis me tendió la mano.
—Probablemente.
Miré su palma.
Después su cara.
—¿Y si mi madre exige una prueba de que esto empezó antes de hoy?
La sonrisa de Maelis apareció despacio.
—Entonces tendremos que darle una razón para creer que ya estaba enamorándome de usted.
