Capítulo 8 8

—Entonces tendremos que darle una razón para creer que ya estaba enamorándome de usted.

Tessa se levantó tan rápido que el libro cayó al suelo.

—No.

Maelis la miró.

—¿No qué?

—No puedes decir cosas así y luego quedarte tan tranquila.

—Estoy bastante tranquila.

—Ese es el problema.

Yo seguía mirando a Maelis.

—Explíquese.

—Necesitamos una historia sencilla.

—Ya tenemos una. Usted llegó esta mañana, me irritó y decidió complicarme la vida.

—Muy romántico.

—Realista.

Maelis sonrió.

—Diremos que nos conocimos antes.

—¿Dónde?

—En la recepción de invierno de Rethen, hace seis meses.

Tessa frunció el ceño.

—Iria no fue.

—Precisamente por eso no sirve —dije.

—Bien. Entonces en la cumbre de Liria.

—Tampoco.

Maelis parpadeó.

—¿Usted sale alguna vez de este palacio?

—Cuando mi madre no intenta casarme.

—Entonces entiendo por qué viaja poco.

Tessa se agachó a recoger el libro.

—Hay una opción menos complicada.

La miramos.

—Cartas —dijo—. Nadie tiene que haberlas visto llegar. Solo tienen que existir.

—Falsificar correspondencia entre herederas es una pésima idea —dije.

—Lo sé. Por eso me gusta.

Maelis se acercó a la mesa lateral.

—No necesitamos falsificar meses de cartas. Basta con una.

—¿Una?

—Una nota privada. Algo que yo pudiera haber enviado antes de llegar.

—Mi madre pedirá verla.

—Entonces que la vea.

—Y reconocerá que la tinta es de hoy.

—Su madre es reina, Iria. Dudo que lama pergaminos.

Tessa soltó una carcajada.

—Por favor, no le des ideas.

Me llevé una mano a la frente.

—Estoy rodeada de criminales.

—Técnicamente, todavía estamos planeando —dijo Maelis.

—Eso no ayuda.

Maelis tomó una hoja en blanco.

—¿Qué le escribiría una mujer que lleva semanas pensando en usted?

—Nada.

—Mala respuesta.

—Una mujer sensata evitaría escribirme.

—Yo nunca presumí de sensata.

Se sentó y mojó la pluma.

—Dígame algo que solo usted entendería.

—¿Para qué?

—Para que parezca íntimo.

La palabra me molestó de una forma muy poco útil.

—Podría mencionar los panecillos del desayuno —propuso Tessa.

—Fuera.

—Estoy supervisando.

Maelis apoyó la pluma.

—El invernadero.

La miré.

—Nos conocimos hoy.

—Pero ya importa.

Tessa dejó de sonreír.

Yo también.

Maelis pareció darse cuenta y desvió la vista hacia el papel.

—Podría escribir que esperaba verla entre los limoneros.

—Eso suena ridículo.

—¿Tiene una opción mejor?

—Sí. No escribir nada.

—Cobarde.

—Ceraviana.

—Avenoriana.

Tessa suspiró.

—Qué romance tan prometedor.

Le lancé el cojín más cercano.

Lo atrapó.

Maelis empezó a escribir.

—“Espero que esta vez no huya antes de que pueda invitarla a bailar”.

Me acerqué.

—Eso implica que ya intentó bailar conmigo.

—Exacto.

—¿Cuándo?

—En una recepción que usted olvidó convenientemente.

—Yo no olvido recepciones.

—Entonces diga que me rechazó.

—Eso sí es creíble.

—Muchísimo.

Le quité la pluma.

—Déjeme.

Maelis me observó mientras añadía una línea.

—¿Qué escribió?

—“Tal vez si aprende a pedirlo mejor”.

Su sonrisa apareció despacio.

—Eso también es creíble.

—Y ahora necesitamos una firma.

—Maelis basta.

—Demasiado íntimo —dije.

—Ese es el objetivo.

El silencio cambió.

Tessa carraspeó desde el fondo.

—Puedo volver a leer al revés si ayuda.

Ignoré el calor que me subía por el cuello.

Maelis firmó.

Después dobló la nota.

—Ahora falta que alguien la encuentre.

—Tessa.

—Sabía que terminaría implicada en un delito.

—Déjala entre mis libros —dije—. Donde una doncella pueda verla sin que parezca colocada a propósito.

Tessa tomó la nota.

—Voy a dejarla ahora. Mara está guardando tus cosas del baile y tiene la curiosidad de una urraca.

—No le digas nada.

—No hace falta. Le basta ver un papel doblado.

Tessa salió por la puerta lateral. Regresó unos minutos después sin la nota y con expresión satisfecha.

—Ya está entre tus libros. Si esto termina con mi cabeza en una cesta, quiero una lápida bonita.

—Te compraré dos.

—Eso esperaba.

—Y si preguntan cuánto llevan interesadas una en la otra, ¿qué digo?

—Nada —respondí.

—Entonces definitivamente me preguntarán.

Maelis se levantó.

—Diremos tres meses.

—¿Tres meses?

—Dos suena reciente. Cuatro exige demasiada memoria.

—Detesto que esto tenga lógica.

—Espere a la parte difícil.

La miré.

—¿Qué parte difícil?

Maelis volvió a acercarse.

—La gente enamorada se toca.

—Ya hemos cubierto eso.

—Usted se pone rígida cada vez que mi mano se acerca a su cintura.

—Porque la usa demasiado.

—Entonces tenemos que practicar.

Tessa abrió la boca.

—Yo me voy.

—Hace cinco minutos dijiste que no podíamos quedarnos solas —le recordé.

—Voy a estar al otro lado de la puerta. Griten si necesitan un sacerdote.

—Tessa.

Ya estaba saliendo.

La puerta se cerró.

Maelis me miró.

—Su amiga tiene un sentido del deber peculiar.

—No sabe cuánto.

—¿Quiere seguir?

Debería haber dicho que no.

—Sí.

Maelis levantó la mano.

Esperó.

Yo asentí.

Sus dedos tocaron mi cintura.

Esta vez sobre la tela.

—Más cerca —dijo.

—¿Es una orden?

—Una sugerencia.

Di un paso.

Mi falda rozó sus botas.

—¿Así?

—Todavía parece que está negociando una frontera.

—Tal vez lo estoy.

Maelis me tomó la otra mano y la puso sobre su hombro.

—Míreme.

—Eso ya me lo dijo en el invernadero.

—Y sigue haciendo falta.

Levanté los ojos.

Su sonrisa había desaparecido.

—¿Qué?

—Nada.

—Está mirando otra vez.

—Sí.

—Podría disimular.

—Podría usted dejar de acercarse.

—Usted me pidió practicar.

—Y está siendo una alumna muy aplicada.

Mi pulgar rozó sin querer el borde de su cuello.

Maelis respiró más hondo.

Lo noté.

Me gustó notarlo.

—Ah —murmuré.

—¿Qué?

—Así que también se pone nerviosa.

—No abuse de la información.

—Demasiado tarde.

Moví el pulgar otra vez.

Su mano se tensó en mi cintura.

Una pequeña victoria.

Maelis reaccionó deslizando la mano desde mi cintura hasta la parte baja de mi espalda, justo donde terminaba la tela. Sus dedos tocaron piel.

Se me cortó la siguiente respiración.

Ella alzó una ceja.

—¿Decía algo?

—Está haciendo trampa.

—Estamos practicando.

—Eso dejó de parecer práctica hace unos segundos.

—Puede detenerme.

Mi mano siguió en su hombro.

—Cállese.

—Así me gusta más.

Una pequeña victoria para ella también.

—Eso fue deliberado —dijo.

—Tal vez.

—Está aprendiendo rápido.

—Tengo buena profesora.

Su mirada bajó a mi boca.

Esta vez yo hice lo mismo.

Quedamos demasiado cerca.

El aire entró con dificultad.

Maelis inclinó apenas la cabeza.

—Para que esto funcione —dijo en voz baja—, mañana tendremos que hacer algo que nadie pueda interpretar como amistad.

—¿Qué cosa?

—Dejar que me acerque más.

Mi estómago se apretó.

—¿Más cuánto?

Maelis miró mi boca otra vez.

—Lo suficiente para que toda la corte espere que la bese.

La puerta se abrió de golpe.

Tessa entró pálida.

—Tenemos un problema.

Me aparté.

—¿Qué pasó?

—La reina encontró la nota.

—¿Ya?

—Y viene hacia aquí.

Maelis soltó mi cintura.

—Eso fue eficiente.

—Maelis.

—¿Qué?

—Mi madre va a matarnos.

Los pasos sonaron en el corredor.

Tessa abrió mucho los ojos.

Maelis tomó mi mano y entrelazó nuestros dedos.

—Entonces será mejor que parezcamos convincentes.

La puerta se abrió.

Solenne apareció acompañada por Oren, con la nota doblada entre los dedos.

—¿Tres meses? —preguntó mi madre.

Maelis apretó mi mano.

Yo ni siquiera alcancé a responder.

Ella dio un paso hacia Solenne.

—Tres meses, majestad. Y mañana pienso pedir formalmente permiso para cortejar a su hija.

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