Capítulo 9 9

—¿Pedir permiso para cortejarla?

Mi madre repitió la frase despacio.

Maelis seguía de pie junto a mí, con nuestros dedos entrelazados. Oren había dejado de fingir cortesía.

—Eso he dicho, majestad —respondió Maelis.

Solenne levantó la nota.

—Y pretende que crea que esto empezó hace tres meses.

—Puede creer lo que quiera. La petición se presentará mañana de todos modos.

—Maelis —murmuré.

Ella giró apenas la cabeza.

—¿Qué?

—Tal vez no provoque a la mujer que puede expulsarla del reino.

—Pensé que le gustaba cuando hacía eso.

Oren soltó una risa sin humor.

—Esto es absurdo.

—Qué alivio —dije—. Temía que fueras a aprobarlo.

Mi madre me clavó los ojos.

—Tú vienes conmigo.

—No.

—Ahora.

—Si quiere interrogarme, puede hacerlo aquí.

Tessa retrocedió discretamente hacia la pared.

Oren señaló nuestras manos.

—¿También piensa seguir con esa actuación?

Maelis me soltó.

El cambio fue inmediato.

La ausencia de su mano me molestó.

Oren lo notó y sonrió.

Qué hombre tan desagradablemente atento cuando le convenía.

—No necesito actuar para detestarte —dije.

—Seis días antes de nuestra boda aparece una extranjera y de repente llevas meses enamorada.

—Interesada —corrigió Maelis—. Todavía no hemos decidido cuándo empezó a enamorarse.

La miré.

—Ayuda muchísimo.

—Intento mantener coherencia.

Tessa se cubrió la boca.

Mi madre apretó el papel.

—Quiero hablar con Iria a solas.

Maelis me miró antes de responder.

—¿Quiere quedarse?

La pregunta iba dirigida a mí.

Solenne endureció la cara.

—Esta es mi hija.

—Y puede responder por sí misma.

Sentí el tirón familiar entre las costillas. Mi madre esperando obediencia. Maelis esperando una decisión.

—Tessa se queda —dije.

—Por supuesto —respondió mi madre, seca.

Maelis inclinó la cabeza hacia mí.

—Estaré afuera.

Oren dio un paso.

—Yo también.

—Tú no —dije.

—Iria.

—No pienso discutir mi supuesto romance delante del hombre con el que intentan casarme.

Maelis sonrió.

—“Supuesto” ha dolido un poco.

—Fuera.

—Ya me iba.

Salió con Oren detrás.

Tessa cerró la puerta.

Mi madre esperó dos segundos.

—Dime la verdad.

—La sabes.

—Quiero oírla de ti.

—No quiero casarme con Oren.

—Hablo de Maelis.

La respuesta quedó atascada.

Solenne lo vio.

—La conociste ayer.

—Sí.

—Entonces esta carta es falsa.

—La carta es privada.

—La tinta todavía huele.

Maldición.

Tessa miró al techo.

Mi madre dio un paso hacia mí.

—¿Crees que esto es un juego?

—Creo que casarme en seis días con un hombre que me toca después de que lo aparto es bastante peor.

—Puedo hablar con Oren.

—Ya hablaste con él. Sigue aquí.

Solenne bajó la voz.

—Si Maelis presenta esa petición, vas a provocar un conflicto con los Valcros.

—Entonces que estén molestos.

—Su familia controla dos puertos y buena parte del grano del este.

—Y ahí está. Siempre hay una razón para entregarme.

Mi madre apretó la mandíbula.

—La petición de Ceravia no te hará libre. Solo cambiará una negociación por otra.

—La petición entra en vigor en cuanto el consejo la recibe —continuó—. Eso detendrá la boda mientras revisamos el acuerdo. Tal vez ganes unos días. Después tendrás que sostener esta historia delante de media corte.

—Lo haré.

—¿Incluso cuando te pregunten cuándo se besaron por primera vez?

Tessa tosió.

Yo mantuve la cara quieta.

—Encontraré una respuesta.

Mi madre me estudió con una atención que me hizo desear otro interrogatorio sobre cosechas.

—Todavía no se han besado.

—Eso no te concierne.

—Me concierne cuando usas a una heredera extranjera para romper un compromiso real.

—Curioso. Mi boca acaba de convertirse en asunto de Estado.

—Siempre lo ha sido. Esa es la parte que sigues negándote a entender.

Eso me dolió porque se parecía demasiado a mi propio miedo.

—Al menos Maelis pregunta.

—Maelis quiere algo.

—Todos quieren algo.

—Exacto.

Mi madre dejó la nota sobre la mesa.

—Descubre qué quiere antes de poner tu vida en sus manos.

Salió.

Tessa esperó hasta escuchar sus pasos alejarse.

—Eso salió mejor de lo que esperaba.

—¿Qué esperabas?

—Guardias. Llanto. Tal vez una ventana rota.

—Dame tiempo.

Abrí la puerta.

Maelis esperaba apoyada contra la pared. Oren ya no estaba.

—¿Sigue viva? —preguntó.

—Por ahora.

—Excelente.

—Mi madre olió la tinta.

Maelis cerró los ojos.

—Eso sí fue inesperado.

Tessa apareció detrás de mí.

—Les dije que debíamos usar tinta vieja.

—No dijiste eso —respondimos ambas.

—Lo pensé con mucha fuerza.

Maelis se echó a reír.

Yo debería haberlo hecho también.

En cambio, la frase de mi madre seguía dando vueltas.

—¿Qué quiere?

Maelis dejó de reír.

—¿De usted?

—Sí.

Tessa miró entre ambas.

—Voy a buscar comida.

Esta vez nadie intentó detenerla.

Cuando se fue, Maelis cruzó los brazos.

—Quiere una respuesta incómoda o una útil.

—La verdadera.

—Quiero detener su boda.

—Eso ya lo sé.

—Quiero verla ganar la discusión con Valcros porque me divierte.

—Maelis.

Su expresión cambió.

—Y quiero besarla.

Mi respiración se detuvo.

Ella no se acercó.

—Eso sí es nuevo —dije.

—No especialmente.

—Nos conocemos desde ayer.

—Tengo buena capacidad de decisión.

—Eso no es una cualidad en este momento.

—Probablemente no.

Me apoyé en el marco de la puerta.

—¿Desde cuándo?

—Desde el invernadero.

—¿Cuando tenía la cara marcada?

—Cuando me dijo que dejara de protegerla y luego no quiso que me fuera.

—Yo no dije eso.

—Lo dijo bastante bien sin palabras.

—Eso suena convenientemente interpretado.

—Por eso estoy diciéndolo ahora.

Se acercó un paso.

—Quiero besarla, Iria.

El uso de mi nombre me hizo tensar los dedos sobre la madera.

—¿Y qué espera que haga con esa información?

—Lo que quiera.

—Podría abofetearla.

—Podría.

—Podría decirle que se vaya.

—También.

—Podría...

—Está enumerando opciones para evitar la que le interesa.

La fulminé con la mirada.

Maelis sonrió apenas.

—Eso fue arrogante.

—Muchísimo.

—Y quizá correcto.

Se acercó otro paso.

Quedamos a una distancia absurda.

Su mano subió, pero se detuvo junto a mi cadera.

—¿Puedo tocarla?

Asentí.

Sus dedos se apoyaron en mi cintura.

El contacto me atravesó con demasiada rapidez.

—Mañana —dijo— voy a pedir formalmente cortejarla delante del consejo.

—Lo sé.

—Van a observarnos.

—También lo sé.

—Y si quieren creer que esto empezó antes de ayer, tendremos que darles algo que recordar.

Mi mirada cayó a su boca.

—¿Qué está proponiendo?

—Un beso.

Levanté los ojos.

—¿Delante de la corte?

—Si acepta.

—Eso es una pésima idea.

—Sí.

—Mi madre podría encerrarme.

—Sí.

—Oren podría intentar matarla.

—Que haga fila.

Se me escapó una risa.

Su pulgar rozó mi cintura.

—No voy a besarla porque sea útil —dije.

Maelis se quedó quieta.

—Bien.

—Si ocurre, será porque yo quiero.

—Mejor.

—Y usted no va a decidir cuándo.

—Entendido.

Su mirada volvió a mi boca.

Mi cuerpo se inclinó apenas hacia ella antes de que recuperara el juicio.

Maelis lo notó.

La desgraciada sonrió.

—No diga nada.

—No iba a hacerlo.

—Está pensando demasiado fuerte.

—Entonces cierre la puerta.

Miré detrás de mí.

—¿Para qué?

Maelis no apartó los ojos de mi boca.

—Para explicarme cuánto tiempo piensa hacerme esperar antes de ese beso.

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