Capítulo 2 Resaca moral
Taylor Hart.
(Después del impulso).
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¿Qué puede ser peor que besar a un desconocido? ¿Seguir pensando en él? ¿O el horrible dolor de cabeza que ahora mismo me golpea como un martillo industrial? Me hundo bajo la almohada, apretando los párpados contra la oscuridad de la tela, y entonces alguien golpea mi puerta. Cada toque es un estallido dentro de mi cráneo.
—Taylor, joder, Taylor, abre la puerta —la voz de Holly va a terminar de darme un derrame.
Me arrastro fuera de la cama con el cuerpo pesado, arrastrando los pies descalzos sobre el suelo frío, y doy zancadas torpes hasta la puerta. La abro de un tirón.
—¿Qué demonios hacías que no abrías la puerta? —bostezo, restregándome los ojos con el dorso de la mano, e ignoro que mi amiga se cree mi madre.
—Anoche regresé más tarde de lo que creí y tomé un poco. Holly, ¿qué quieres? Solo quiero dormir —no quiero ser grosera, pero no me siento nada bien; el estómago se me revuelve con el simple acto de mantenerme en pie.
—Eres débil, Hart. Te falta resistencia —suelta mi amiga, riéndose en mi cara.
Pongo los ojos en blanco, dejándome caer de espaldas contra el marco de la puerta, y espero el sermón habitual sobre mi resistencia al alcohol. Ella ya sabe que no tomo, y lo de anoche… lo de anoche fue un descuido. El recuerdo me asalta de golpe: sus labios, la tibieza de su aliento, mis dedos aferrándose a algo que no debía. El calor de la vergüenza me sube por el cuello y me golpea las mejillas con fuerza.
—Tu cara roja denota que algo pasó —dice Holly con suspicacia, colándose dentro de la habitación y dejándose caer en mi cama con la naturalidad de quien lleva haciéndolo años.
Suspiro, sabiendo que no se irá de aquí hasta que hable. Y, obviamente, no voy a hacerlo.
—Tay cariño, cuéntame. ¿Te ligaste a un piloto? ¿O algo mejor? Hiciste algo, lo sé. Esa cara roja de tomate no es por nada —se inclina hacia mí, apoyando los codos sobre las rodillas, con los ojos brillando de curiosidad.
Niego, cruzándome de brazos sobre el pecho como un escudo ridículo. —No pasó nada, Holly. No te hagas ideas extrañas…
—Qué aburrida. Tanto chico lindo con el que te cruzarías allí y no atrapas ninguno. No eres normal, niña.
Vuelvo a la cama, sin energía hoy para los comentarios de mi amiga. Me dejo caer boca arriba y la miro al techo un segundo antes de girar la cabeza hacia ella. —Gracias por tus sabios consejos, pero no los necesito. Ahora dime, ¿qué quieres? —suelto, un tanto seca, mientras me meto de nuevo bajo las sábanas hasta la barbilla.
—Tay, no te enojes, amiga. Es solo que me preocupa. Te conozco hace tanto y nunca has tenido a nadie…
—¿Y eso qué? —replico, aburrida, encogiéndome de hombros bajo la tela—, puede llegar alguien en cualquier momento…
—Eso te lo creería si lo buscaras, Taylor —hace una pausa, ladeando la cabeza—. Bueno, quería saber si vendrás conmigo al aeropuerto a recibir a Kevin.
—¿Y eso a qué hora es? —pregunto, incorporándome apenas.
—Ya me voy. Es en media hora y ya casi son las tres de la tarde…
—¡¿Qué dices?! —brinco de la cama, las sábanas se me enredándan en los tobillos, agarro el teléfono de la mesita con manos torpes. La pantalla confirma la hora. Mierda. Mierda, mierda—, lo siento, Holly. Voy tarde al ensayo de Andrew, y si Cassidy no me ve allí, posiblemente me mate. Prometo compensárselo a Kevin.
—De acuerdo, se lo diré.
Mi amiga se levanta, me lanza una última mirada entre divertida y preocupada, y sale de la habitación.
Dejo el móvil en la mesita de noche y me giro para ir al baño. Entonces lo veo. Ahí, sobre la tela arrugada, el antifaz de la noche anterior. Lo tomo con cuidado, deslizándolo entre las yemas de los dedos como si pudiera quemarme, y me quedo mirándolo un instante largo, con el corazón latiéndome de una manera que no tiene nada que ver con la resaca.
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Tanner Cross.
(De mal en peor).
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Miro el botón de plata entre mis dedos. Lo hago girar despacio, sintiendo el borde liso contra la yema del pulgar, y recuerdo su arranque de último momento: la rubia borracha, los ojos azules desorbitados bajo el antifaz, la boca lanzándose a la mía sin permiso.
Se me escapa una risa corta. Me la llevé a la azotea para esquivar a las molestas interesadas, a los aduladores en busca de escalar, y terminé con una desconocida sabe dios qué tan borracha como valiente. Yo, honestamente, no estoy dispuesto a jugar ese rol. Ni el de ellas ni el de nadie.
Guardo el botón en el bolsillo de la chaqueta. Me recuesto en la silla, cruzando una pierna sobre la otra y apenas tengo tiempo de respirar antes de que la puerta se abra.
—Señor Cross.
La voz, en exceso aguda, me causa fastidio. Kara cierra la puerta tras de ella con suavidad, y avanza a paso medido, moviendo las caderas más de lo naturalmente razonable. El tacón marca un compás sobre la moqueta.
—Jamie dijo que quería verme. ¿Puedo saber para qué? ¿Algo laboral… o personal, Tanner? —lo último lo susurra, inclinándose sobre la orilla del escritorio, apoyando las palmas, dejando que la blusa haga su trabajo de mostrar más de lo normal.
«Joder, Kara. Seguirías siendo mi asistente de no ser por tu imprudencia». No sé en qué pensaba cuando me dejé llevar por esta mujer. Tiene su encanto, lo tuvo un par de noches, pero este numerito acaba de liquidar lo que quedaba de su discreción. Me enderezo en la silla. Apoyo los codos en el escritorio, junto las manos bajo la barbilla y la miro sin parpadear.
—Estás despedida.
Su sonrisa se congela. Parpadea una, dos, tres veces, como si el cerebro necesitara reiniciarse para procesar la frase y entonces, en lugar de marcharse, en lugar de montar el numerito que esperaba, sonríe de nuevo.
Rodea el escritorio con pasos felinos, acercándose a mí y por primera vez soy yo el que se queda un tanto confundido, con la espalda pegada al respaldo de la silla.
—Entiendo —se posa sobre mis piernas con con una confianza que no le he sado. Sus brazos se enroscan alrededor de mi cuello, el perfume me invade las fosas nasales, dulce, empalagoso—, entiendo, Tanner. No está bien que siga siendo tu asistente. Esta relación que empezamos nosotros debe ser presentada, y no está bien que todos vean que soy tu asistente…
—¿Qué relación, Kara? —la pregunta me sale plana, cortante.
Le agarro los brazos por las muñecas y los desengancho de mi cuello.
—De la tuya y la mía —lo dice con una certeza que me revuelve el estómago, como si haberla cogido unas cuantas veces la convirtiera en algo más que un nombre en mi agenda—. ¿Esto es por nosotros, no? —me mira expectante, con los labios entreabiertos, esperando oír exactamente lo que quiere oír.
La quito por completo de encima. Llevo mis manos a su cintura firmes y sin delicadeza, la dejo de pie frente a mí. Me levanto. Le saco una cabeza. Su rostro ya no trae esa complicidad de cuando entró; ahora hay algo.
—Kara, no sé qué pensaste, pero entre tú y yo no hay una historia. Nunca la hubo y no la habrá. Lo que pasó estuvo de puta madre, pero acabó. Y si hoy estoy despidiéndote es porque no supiste mantener la boca cerrada.
—Pero Tanner…
—Para ti, señor Cross y ya, vete —señalo la puerta con un movimiento seco de barbilla.
Sus ojos se le humedecen, pero no de tristeza: de rabia y de orgullo herido. —Eres un cretino ególatra de mierda, y esto no va a quedarse así.
Camina hacia la salida. Los tacones golpean el suelo con más fuerza de la necesaria. Agarra el pomo, abre la puerta, pero antes de marcharse se da la vuelta, necia, y me clava una mirada cargada de una furia imposible de ocultar.
—Te juro por mi vida que vas a arrepentirte de esto —la puerta se azota tras ella. El eco me vibra en los tímpanos.
Me dejo caer de nuevo en la silla. Me paso una mano por la cara, arrastrando los dedos desde la frente hasta la mandíbula, y suelto un suspiro largo, cansado. Fastidiado. Otra vez a buscar asistente. Y cuando no resulta una incompetente, resulta una mitómana que ve cosas donde no las hay.
La mano me baja sola al bolsillo de la chaqueta. Los dedos encuentran el botón de plata y lo aprieto un segundo contra la palma por alguna razón que no pienso examinar, el fastidio se me afloja un poco.
