Capítulo 3 El accidente que lo cambió todo

Tanner Cross.

(Paciencia escasoprivilegio).

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Es viernes por la tarde. El tipo de día que debería terminar con un trago en la mano y una noche tranquila, no con un dolor de cabeza martillando como si alguien estuviera tocando batería dentro de mi cráneo.

Otra vez despido a una asistente. La tercera este año. Gracias a su brillante incompetencia, CrossSky Airlines acaba de perder cien millones de dólares en una negociación que yo mismo llevaba meses construyendo. Meses. «Genial. Mi padre va a disfrutar cada segundo de esto. Seguro ya tiene preparado un discurso sobre cómo "yo nunca fui así" y todo ese cuento». Kara se ha cargado mi esfuerzo en un fin de semana. Todo por sus delirios y sus celos.

«Puedo recuperarlo. Sé que puedo». Las licencias siguen ahí. Las quiero y tengo los contactos necesarios para asegurarme de que firmen antes del próximo trimestre… pero todo se fue al carajo por culpa de esa mujer. Solo fueron encuentros casuales, pero no, Kara creía que mi asociación iba más allá de algo laboral.

Cierro el portátil con un gesto seco, como quien cierra una ventana que no quiere volver a abrir. Los dedos me quedan tensos sobre el borde de la mesa. Mi secretaria entra seguida por otra chica nerviosa, con cara de pánico. Deja un folder sobre mi escritorio y con manos temblorosas lo desliza hacia mí.

No digo nada. Solo la miro. Prefiero dejar que ella inicie.

—S-son las próximas aspirantes… p-para el cargo de asistente personal, señor Cross —su voz tiembla tanto como sus manos.

Ruedo los ojos, cansado de tanta inseguridad alrededor. Me recuesto en la silla, cruzando los brazos. —¿No puedes ocuparte tú? —pregunto, intentando mantener un ápice de paciencia, aunque apenas logro contener una mueca de fastidio.

—No, señor —responde con voz débil—, las últimas dos que yo he seleccionado, usted las echó en menos de seis meses. Creo que es mejor que usted escoja a su personal.

La miro unos segundos. Luego esbozo una sonrisa irónica. —Chica lista —murmuro, tomándome mi tiempo para agarrar el folder. No tengo ganas de leer. Ojeo las solicitudes por encima, pasando las páginas con el pulgar, hasta que decido y tomo una—, quiero esta. Parece competente y tiene recomendaciones.

—¿Seguro? —cuestiona la secretaria, un tanto incrédula, seguramente por la rapidez con que escojo al reemplazo de Kara.

—A ella —repito, devolviendo el folder a Jamie sin dignarme a mirarlo otra vez—, la primera. Tengo cosas más importantes que hacer, Jamie. No pasaré horas buscando asistentes. Si están sus hojas de vida aquí, lo más sensato es que tengan lo necesario para este trabajo.

Ella solo asiente. Recibe las solicitudes. Parpadea incrédula, pero no dice nada.

Me levanto. Tomo mi saco del perchero y me lo pongo con lentitud, deslizando los brazos por las mangas, dándole tiempo a la frustración de asentarse en su lugar, en los hombros, en la mandíbula apretada.

—Sí, total, no dejaré que otra asistente me estorbe —añado antes de ignorarla y salir de la oficina sin despedirme.

El trayecto hasta mi auto es breve, pero suficiente para meditar en todo lo ocurrido estas últimas semanas. Subo, enciendo el motor y arranco sin prisa. Necesito salir de aquí. Limpiar la mente. Solucionar esto antes de que mi padre o Alan se enteren del trato millonario que perdí porque mi ex asistente creía que me estaba liando con mi futura socia.

Conduzco por la ciudad. Las luces de neón empiezan a hacerse borrones detrás del parabrisas. Ya ha oscurecido. Aunque quisiera ir por unos tragos, hoy no hay fiesta para mí. Solo trabajo pendiente. Un movimiento repentino me hace frenar con un estruendo de neumáticos chirriando contra el asfalto.

—¿Qué demonios…?

Ha sido un golpe fuerte. El cuerpo se me va hacia delante, el cinturón me clava en el pecho, y detengo el auto de inmediato. El corazón me da un vuelco. Los dedos se me quedan blancos sobre el volante. Solo espero que no sea lo que estoy pensando.

Un par de metros frente a mi auto veo un cuerpo. Siento el estómago contraerse, un nudo frío trepándome por la garganta al pensar en lo que acabo de hacer.

—Tanner, esto es malo —suelto, empujando la puerta y acercándome a la persona. Me inclino rápido. Está consciente. Es una mujer. No deja de mirarme. Parece aturdida, como si no entendiera lo que acaba de pasar.

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TAYLOR HART.

(Mala suerte). ──✦────✦──

Me siento como si hubiera corrido una maratón sin haber dado ni un solo paso. El día ha sido agotador: sabía que después de graduarme no sería fácil conseguir empleo, pero nunca imaginé que sería tan difícil. Siempre fui la mejor de la clase. Mi promedio era el estándar de mis compañeros y todos creían que, por eso, al salir de la universidad tendría un lugar asegurado en cualquiera de las principales firmas de abogados de Seattle.

Apenas me siento con mis amigos y ya quiero irme. No es que no disfrute su compañía, sino que me cuesta fingir alegría cuando lo único que quiero es llegar a casa, meterme bajo las cobijas y desaparecer del mundo por unas horas. Los hombros me pesan como si cargara ladrillos y la mandíbula me duele de tanto apretarla durante el día.

—Dime, Tay Tay… ¿cuándo te buscarás un novio? —pregunta Holly mientras sirve un shot con esa sonrisa medio socarrona que siempre usa cuando quiere meterse conmigo.

Ruedo los ojos antes de responder, tratando de mantener la calma. Me remuevo en el taburete, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Pues cuando me enamore… y vea que ese chico valga la pena —digo con cansancio, aburrida de escuchar la misma pregunta una y otra vez. Ya no es gracioso. Es molesto.

—El problema es que las películas de princesas te metieron muchas fantasías en tu cabeza, niña. Las cosas no son así. No llegará un príncipe azul de la nada y te jurará amor eterno.

Suspiro. Otra vez con lo mismo. Me hundo un poco más en el asiento, encogiéndome de hombros como si pudiera hacerme más pequeña, más invisible.

—Ya déjala, Holly —interviene Kevin al llegar al lugar. Se sienta en la barra junto a ella y le besa la mejilla antes de pedir algo para beber—. Taylor tiene su manera de pensar. No hay necesidad de apresurar las cosas.

No puedo evitar sentir un nudo en el pecho. Se me aprieta la garganta. No es enfado. Es incomodidad. Esa conversación me hace sentir como si estuvieran hablando de mí como si yo no estuviera presente, como si fuera una niña perdida que no sabe qué quiere. Trago saliva y fijo la vista en el vaso vacío frente a mí.

Y quizás tienen razón… pero no puedo admitirlo.

—Chicos… olvidé que tengo cosas que hacer —miento con naturalidad, tomando mi chaqueta y colgando la mochila en un hombro—. Díganle a las chicas que tenía pendiente, ¿sí?

Salgo casi corriendo, empujando la puerta del bar con el hombro, para que nadie vea que comienzo a llorar. Necesito aire fresco. Espacio. Silencio. Pero sobre todo, necesito dejar de escuchar comentarios que, aunque parezcan triviales, calan más de lo que quiero aceptar. El frío de la calle me golpea la cara y me limpia un poco, pero el nudo sigue ahí, instalado detrás del esternón.

La verdad es que ya estuve enamorada de Mark West. Un amigo de mi hermano Andrew. Lo conocí hace meses en una fiesta familiar y desde entonces algo en él me atrajo. Su forma de hablar, su mirada seria, incluso su forma de caminar, tan segura, tan tranquila. Es tonto. Lo sé.

Pero solo era un enamoramiento infantil, algo que debería haber superado hace mucho tiempo. Y no lo hice. Ahora, de nuevo, de una persona que nunca volveré a ver, solo me queda un recuerdo: mi atrevimiento por besar sus labios.

Río internamente. Yo, literalmente una virgen robando besos a desconocidos y pensando en relaciones románticas como si fuera experta en el tema. Las mejillas me arden un poco y sacudo la cabeza, avergonzada de mí misma.

Aunque, siendo honesta, no soy precisamente inocente. Últimamente mis lecturas nocturnas son bastante reveladoras. Empecé a leer un libro llamado Lujuria, y en más de una ocasión, mientras lo leo, imagino estar en el lugar de Rachel y como protagonista a aquel enmascarado de ojos hazel que besé borracha en aquella fiesta.

—¡Demonios, Taylor! ¡Ya deja de pensar en esas cosas! —sacudo la cabeza, tratando de borrar esos pensamientos de mi mente. Acelero el paso, cruzando la calle sin fijarme bien. Estoy distraída, envuelta en mis propias cavilaciones, con la vista clavada en el suelo y las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta.

Es demasiado tarde cuando reacciono. Ni siquiera veo venir lo que está a punto de pasar.

Solo siento un dolor punzante en la cabeza. Un fuerte impacto que me sacude el cuerpo entero. Y luego… oscuridad. Total y absoluta oscuridad.

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