Capítulo 4 Hostilidad a primera vista

Taylor Hart.

(Arrollada por un cretino).

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Abro los ojos con pesadez, vuelvo a cerrarlos toco mi cabeza buscando la fuente de tan molesto dolor. -¿Qué pasó? —pregunto cuando noto que estoy en una camilla.

—Al fin despertaste —habla una voz masculina—. Menos mal despertaste niña te atravesaste y no te vi ¿¡Qué carajos te sucede mocosa si querías matarte arrojandote en medio de la calle!? Ibas a meterme en serios problemas si norias.

«¿Arrojarme a la calle dice?» no entiendo exactamente que esta pasando, lo que si más que obvio es que yo no me tiré a la calle. —Ya me voy estoy bien ¿No? —pregunto al amargado mientras me incorporo.

—Bueno la enfermera dijo que estabas bien, en cuanto despiertes puedes irte a casa.

—Genial ya estoy despierta me largo —digo tajante. Aquel sujeto es un grosero gritón «¿Quién se cree para hablarme así?» Me levanto de la camilla busco con la mirada mis cosas pero nada esta ahí y comienzo a impacientarme.

—¿Y mi mochila y mi chaqueta? —busco pero simplemente allit no están mis cosas—. Dime ¿Dónde están mis cosas? —averiguo molesta mi mochila no esta, y este tipo no quita su cara de limón.

—¿Tus qué? —dice arqueando una ceja molesto como si yo fuera a intimidarme—, cuando te traje aquí no traías nada. Seguramente se quedó en la calle...

—Pues en este momento me llevas a ese lugar, tú me arrollaste por eso estás aquí —lo señalo acusándolo de atropellarme y haber dejado mi mochila tirada en la calle, ahí tengo mis apuntes, mi laptop y lo más importante mi celular—, llévame a dónde me conseguí —exijo perdiendo mi paciencia

—Yo me voy te traje a un hospital, ya estás bien, yo me largo —dijo el rubio dándose la vuelta.

—Si lo harás —dije tomándole de su camisa negra—, llévame —ordeno cabreada con el tipejo ese.

—No lo haré —replica el con una burlesca sonrisa cruzando sus brazos.

—Oh amigo definitivamente si lo harás.

—¿A, si cuéntame algo muñequita ¿Cómo piensas obligarme? —pregunta el rubio con sus ojos entrecerrados.

—Si no me llevas al lugar donde casi me matas, yo levantaré cargos en tu contra —al ver su expresión confirmo lo que ya sospecho, no quiere que ponga cargos.

—De acuerdo si es así entonces te llevaré, pero dudo que tus cosas estén ahí aún —dijo él de ojos olivos encogiéndose de hombros.

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Tanner Cross.

(Terquedad).

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Ya he perdido la cuenta de cuántas veces he recorrido esa calle. Sabía que esas cosas posiblemente ya tenían nuevo dueño. Aun así, la chica seguía con las tontas esperanzas de encontrar su mochila.

La veo sentada en la acera con el rostro hundido en las rodillas. Puedo escucharla llorar, un sonido fino, entrecortado, que me rasca algo por dentro.

—Te dije que era poco probable que tus cosas siguieran aquí, pero tú insististe. Vete a casa…

Guardo silencio. Escucho el crujir de su estómago. La rubia alza el rostro y me mira con la cara teñida de rojo por la vergüenza, pero solo saca una mueca de sus labios.

—¿Me prestas tu teléfono? —pide mirando el pavimento, la voz apagada.

—Eh… —saco el móvil, pero la pantalla está negra. No enciende—. Vivo aquí cerca. Si quieres usas el teléfono en casa. Es que mi celular está muerto, ¿te parece? —la veo cabizbaja y la modestia vuelve—. Ven. Es tarde. Tienes hambre, no lo niegues. Además necesito tus datos para reponerte las cosas que perdiste. Y mírate, tu ropa está toda rasgada y con sangre.

Ella se mira, cayendo en cuenta de mis palabras. Termina aceptando la invitación a mi departamento, y agradezco ya no estar en la calle con ella en esas condiciones.

Al llegar, no deja de mirar cada rincón del lugar. Los ojos le van de un lado a otro, y eso me incomoda un poco, como si estuviera inspeccionándome a mí y no al apartamento.

—¿Tú solo vives aquí?

Volteo a mirar a la rubia, un poco confundido por la ocurrente pregunta.

—Sí, bueno, por algo te traje, ¿no? Ahora dime, ¿qué quieres de comer? —pregunto mientras avanzo a la cocina, seguido por la rubia fisgona.

—No sé lo que sea —contesta en automático. Mirar mi casa parece tenerla entretenida—, no pareces el tipo de persona que sepa cocinar —en efecto, la indiscreta despistada atina. No sé un carajo de cocina. Pero hago lo que cualquiera sabe hacer.

—Ok. Es tarde. Hice un sándwich. Cuidado, está calien…

—¡Me quemo! —suelta histérica, sacando la lengua.

—Te dije que está caliente —suelto frustrado, pasándome una mano por la nuca frustrado por tantas niñerías juntas de esa chica. Ella suelta el bocadillo en el plato y acto seguido me muestra la lengua, un tanto enrojecida e inflamada—. ¿Nunca te enseñaron a soplar la comida?

Ella solo sigue ahí frente a mí, sacando la lengua como si fuera una quemadura de tercer grado. Y entonces sus ojos azules me recuerdan a alguien. A la borrachita de esa noche.

—Ya no duele tanto —susurra apenada. Sus mejillas se ruborizan y da un paso hacia atrás—. Amigo, lo mejor es que me vaya…

Creo que el beso de esa desconocida en la gala de máscaras me contagió un poco de su impulsividad. Ahora soy yo quien besa. Y por una extraña razón, estos labios saben a los labios de esa noche.

Ella reacciona lentamente. Es inexperta. Su forma de besar la delata: torpe, dudosa, los labios apenas cediendo. Ambos nos separamos, pero solo un poco, lo justo para tomar aire.

—Escucha, yo lo siento… —ahora es ella quien me calla de la misma forma en la que yo lo hice.

No sé si es la adrenalina por lo ocurrido, o si acabo de desbloquear una fantasía con esta desconocida. Pero sin pararme a meditarlo, la levanto en brazos. Ella es liviana, demasiado, y no se resiste. Me la llevo a mi cuarto y ella es partícipe, a favor de lo que está pasando. Todo por un accidente.

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