Capítulo 5 Mi primera vez, con alguien que no vere otra vez

Taylor Hart.

(El extraño y yo).

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«Taylor, piensa bien las cosas, ¿por qué no haces nada?» Sus manos se mueven de una forma tan brutal que siento la piel erizarse con cada roce ardiente de sus palmas. Sus dedos van recorriendo el contorno de mis caderas, bajando con presión hasta detenerse en mis muslos; aprieta con fuerza, hundiéndose en mi carne hasta levantarme del suelo. Le respondo con un gritito de pura sorpresa, pero este extraño de manos ágiles lo apaga de golpe contra sus labios, estampándome contra su cuerpo con una posesión salvaje.

Comienzo a moverme por instinto, buscando aire, y sin buscarlo mi entrepierna se encuentra con una dureza impresionante que me eriza entera. Él lo nota al instante; lejos de detenerse, se encarga de volver la fricción más intensa, tan pesada y directa que arqueo la columna hacia atrás, soltando un suspiro sonoro mientras él me sujeta con una garra firme y hunde la boca en mi cuello, mordiendo y succionando la piel.

«A estas alturas debería decirle que pare, que esto no puede seguir, que ni siquiera nos conocemos... pero se siente tan jodidamente bien que soy incapaz de detenerlo». Mi cuerpo es un volcán de emociones desbordadas y sensaciones que nunca en mi vida experimenté de una forma tan violenta.

Sin darme cuenta, mi espalda choca contra un suave y mullido colchón envuelto en sábanas blancas, extremadamente suaves al tacto. Mi corazón late acelerado, desbocado en el pecho, y mi respiración agitada se mezcla con la suya en un ritmo hambriento. Me mira fijo con sus ojos claros, ahora completamente oscurecidos por la lujuria. Algunos mechones de su cabello rozan mi frente cuando su rostro se acerca todavía más al mío.

—Escucha —suelta con una voz rasposa, profunda, que me retumba en el vientre—. Esto es raro. Es decir, no nos conocemos... y míranos. Por cierto, ¿cómo estás? No sé si ya lo olvidaste, pero acabo de arrollarte hace algunas horas.

Suelto una risa temblorosa al escuchar la ironía escondida entre sus líneas de humor negro. —Estoy bien, tranquilo —digo, tratando desesperadamente de no sonar tan eufórica, pero realmente siento que el corazón se me va a salir del pecho en cualquier momento. Jamás me he sentido así por nadie. Aunque es un completo desconocido, me domina la extraña sensación de haberlo conocido antes; quizás el golpe me afectó el sentido común, porque aunque esté tirada en una cama con un hombre que no conozca, no lo siento como tal—. ¿Has hecho esto antes?

Él sonríe despacio, y ver cómo se le marcan esos hoyuelos me remueve cosas muy profundas que apenas comienzo a procesar. Sé que no está bien, pero simplemente me importa una mierda en este momento.

—No. De hecho, es la primera vez que atropello a alguien, la traigo a mi casa y ahora estoy aquí, a punto de coger con ella —suelta una risa suave, grave, que me enciende la piel desde el cuello hasta las orejas—. Se escuchaba mucho mejor en mi cabeza. ¿Quieres seguir con esto? —pregunta pegado a mi oído, dejando que su aliento caliente me queme la entrada del canal auditivo.

Este es el momento exacto en el que debo decir que no. El momento en el que debo levantarme, e irme... pero no quiero.

Lo deseo. Lo deseo con una fuerza y una ansiedad que me da miedo. Siempre pensé que mi primera vez sería en un escenario romántico, con alguien especial, pero no: aquí estoy, en el departamento del tipo que me arrolló con su auto, sobre su cama, con su peso aplastándome y, lo que es peor y me vuelve loca de culpa, no quiero irme. Quiero dejarme llevar por este deseo sucio y saber qué se siente realmente, descubrir si es tan intenso como en mis libros.

—¿Y bien, rubia? —pregunta, sacándome de mi debate moral con un apretón en la cintura—. ¿Quieres o no continuar con esta locura?

Asiento sin dudarlo. —Sí, sigamos —trago saliva con dificultad cuando lo veo levantarse de la cama.

Me incorporo un poco, apoyando los codos sobre el colchón, y me quedo helada viéndolo quitarse la ropa. Comienza por la camisa; es blanca y, a través de la tela tensa, logro apreciar la forma esculpida de su torso. Pero cuando se la arranca y queda completamente desnudo de la cintura para arriba, se me corta el aire.

Abro los ojos a su máxima expresión al contemplar la fila de abdominales marcados que se hunden en su pantalón, sus brazos potentes y esas venas gruesas que le sobresalen por la piel.

—¿Lista, chica suicida? —pregunta desabrochando su cinturón con un chasquido metálico.

—Yo... bueno, yo... —no alcanzo a terminar la frase cuando me atrapa por los tobillos y me arrastra por el colchón hacia él en un solo tirón—. ¿Qué haces? Yo...

—Lo que haremos no requiere ropa —suelta de forma dominante, quitándome los pantalones de un solo bajón brusco, llevándose mis tenis en el proceso.

Cierro los ojos con fuerza, sintiendo el aire frío en las piernas al quedar descalza.

—Lindas bragas —se burla con voz ronca.

Abro los ojos y, aunque me muero de vergüenza, miro hacia abajo confirmando lo que ya venía sospechando. Hoy en la mañana me puse lo primero que encontré en el cajón, y resultaron ser unas bragas blancas de algodón con un estampado infantil de caritas felices.

—Bueno, si no te gustan, puedo irme... —intento levantarme torpemente para escapar, pero el extraño me empuja del pecho y caigo de espalda sobre el amplio colchón que parece una nube.

Lo siguiente en desaparecer es mi ropa interior; la arranca sin contemplaciones y siento mi cara hervir de calor al quedar completamente expuesta ante sus ojos. Toma mi mano, me levanta un poco y me saca la blusa por encima de los brazos.

—Mi nombre es...

Me interrumpe sellándome la boca con un beso hambriento mientras me toma firmemente de las caderas, llevándome de vuelta contra la cama. Una de sus manos sube con agilidad por mi espalda y, de un solo movimiento diestro, suelta el broche de mi sujetador, liberando mis pechos.

—No necesito saber tu nombre, tú tampoco necesitas saber el mío —suelta con esa voz profunda y rasposa, abriéndose paso de rodillas entre mis piernas separadas.

—¿Ah, sí? —suelto, seguido de un gemido agudo cuando siento que me clava un leve mordisco en la carne blanda de mi hombro. Se detiene un segundo y me mira con una expresión oscura que no puedo descifrar—, vale... tú no sabrás mi nombre y yo tampoco sabré el tuyo.

Decir aquello es la chispa para desatar nuestros más profundos y oscuros deseos. Sus manos no dejan de sorprenderme; no sé cómo carajos hace para tocar siempre en el punto exacto, haciendo que la piel se me erice. De un momento a otro se levanta sobre las rodillas y puedo ver su miembro totalmente erecto, enorme y pulsante; se toca a sí mismo sin ningún tipo de recato, mostrándome cómo se prepara, y luego lleva la mano libre a mi entrepierna.

Sus dedos ágiles se hacen cada vez más libres de tocar todo a su paso, deslizándose por mi humedad. Se concentran en mi clítoris y, con el más mínimo roce circular, siento una mezcla electrizante entre frío y olas interminables de placer que me hacen arquear la cadera y decir cosas desvergonzadas que jamás imaginé pronunciar.

—Ya... por favor —musito, mordiéndome los labios hasta sacarme sangre para evitar seguir gritando. Pero llega un punto donde pierdo el control por completo; me siento absurdamente húmeda, empapada, y solo puedo pensar en la necesidad física de tenerlo adentro.

Intento cerrar las piernas por puro pudor, pero él las separa tajante, posicionándose de lleno entre mis muslos. Siento la punta de su miembro rozar mi cavidad ardiente y un escalofrío de temor me cruza al recordar los rumores sobre el dolor de la primera vez.

—¿Pasa algo? ¿Te sientes bien? Si pasa algo o te duele, dímelo...

—Soy virgen —digo rápido, atropellando las palabras. Espero que se burle, o que se ría de mí y me deje tirada.

—Si ya no quieres seguir, lo entiendo y... aquí lo importante es si tú quieres seguir —me interrumpe, dejándome un poco confundida con su caballerosidad en medio de tanta tensión carnal—. Sé que para las mujeres esto es importante. ¿Estás segura?

Asiento con la cabeza, buscando sus ojos. Después de eso, él vuelve a acomodarse, esta vez apoyando su peso con más lentitud.

Siento cómo empieza a encajarse en mi entrada, abriéndose paso casi como una dulce obligación. Calla mis quejidos ahogados pegando su boca a la mía, tomándome los labios con fuerza. Por puro instinto de soporte, llevo mis manos a sus hombros desnudos y clavo mis uñas en su piel en el segundo exacto en que rompe mi virginidad y se hunda completo en mí.

Se queda inmóvil unos segundos para dejarme acostumbrar, pero la desesperación me gana y soy yo quien comienza a mover las caderas hacia arriba. Duele, es una presión intensa, pero con cada segundo el dolor cede ante una ola de calor adictiva.

Ambos continuamos con ese ritmo lento, pero gradualmente sus embestidas se vuelven brutales, profundas, alcanzando el fondo de mi matriz. La habitación se llena con el sonido húmedo y obsceno de nuestros cuerpos impactando con fiereza uno contra el otro. En un giro ágil que me toma totalmente por sorpresa, me la vuelta: ahora soy yo quien está arriba, a horcajadas sobre su lapso, tomando el control de la situación.

Él se apodera de mis pechos descubiertos, atrapa uno entre sus dientes y lo succiona con fuerza. Me inclino hacia adelante, ahogándolo contra mi escote, mientras enredo mis dedos entre sus mechones rubios oscuros, casi castaños.

—Sigue, no pares... —pido en un susurro fuera de mí.

Él me agarra fuerte de las caderas y me impulsa hacia arriba y hacia abajo con fiereza, retomando el ritmo salvaje mientras me devora con sus ojos oscurecidos, apretando los labios por la intensidad. Algunos cabellos caen despeinados sobre su frente y yo me quedo extasiada viéndolo. Los gemidos se convierten en gritos descarados hasta que mi cuerpo colapsa en un orgasmo violento que me hace temblar entera, desplomándome exhausta sobre su pecho húmedo, bañado en la mezcla del sudor de los dos.

Lo siento palpitar y dilatarse en mi interior. Él sigue guiando las embestidas desde abajo y, aunque yo ya no tengo fuerzas para moverme ni para pedirle que pare, me dejo llevar por la ola. Poco después, tras un áspero y profundo gruñido que le vibra en el tórax, siento mi interior llenarse de una calidez espesa que amenaza con salirse de mí.

Me acuesto de lado, apoyando la mejilla sobre su pecho firme. Escucho sus latidos desbocados y, poco a poco, mis párpados se vuelven demasiado pesados hasta dejarme caer en el sueño.

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