Capítulo 6 ¿Qué pasó anoche?

Tanner Cross.

(¿Qué hice?)

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El celular vibrando encima de mi buró se vuelve una maldita tortura. Me muevo a ciegas entre las sábanas para alcanzar el aparato, pero un cuerpo se remueve justo a mi lado.

Levanto la cobija y, al verla allí, recuerdo de golpe lo sucedido. Todo avanza demasiado rápido en mi cabeza, como un borrón de imágenes caóticas sin sentido.

La rubia duerme plácidamente a mi lado más fragmentos de la noche anterior me taladran la memoria. Me quedo contemplándola: sus facciones relajadas y su cabello rubio desparramado bajo la almohada le dan un aire tierno. Bajo la mirada y descubro que, al igual que yo, no lleva absolutamente nada puesto.

«¿En qué mierda estabas pensando, Tanner?». El aparato en mi mano vuelve a vibrar, sacándome a la fuerza de la laguna mental en la que caigo.

Miro a la sexy rubia una vez más antes de salir de la cama con. Voy directo al baño a asearme y a pensar en cómo carajos resolver esto. Finalmente tomo la llamada.

—Dime —mi tono sale controlado, tajante—, ahora no es un buen momento, papá...

Q—¿Y contigo cuándo ha sido un buen momento, Tanner? —comienzo a arrepentirme por haber contestado esta llamada—. ¿Sabes lo que pasó? Tanner, no sé si estás entendiendo la magnitud de lo que se acaba de perder.

Sabía que más temprano que tarde se iba a enterar de lo sucedido. —Esto tiene solución, no hemos perdido. Mira, dame un momento, nos vemos y...

—Tienes una hora, niño —la línea se corta. Dejo el móvil tirado junto al lavabo.

Me miro de frente al espejo; al inclinarme, observo los rasguños marcados en mis brazos e inmediatamente la imagen de la rubia en mi cama se vuelve a hacer presente. Entro a la ducha para ignorar lo ocurrido: anoche ya pasó, hoy es diferente y hoy las cosas vuelven a mi absoluto control.

Regreso a mi habitación y me visto sin perder tiempo. Esa chica no se ha movido un solo milímetro, pero yo ya no me puedo permitir perder más tiempo. Cojo la billetera y separo una cantidad considerable de billetes. No voy a tardar fuera, pero si despierta y yo no he regresado, debe irse; además, así soluciona lo de las cosas que no se encontraron.

Sé que no debería dejarla sola, a fin de cuentas es una extraña en mi espacio, pero simplemente ahora tengo cosas urgentes que hacer y la verdad ella no me genera desconfianza.

Tomo un bolígrafo, escribo una nota rápida y dejo los billetes en la mesa de noche. Después de una última mirada hacia la cama, salgo de mi habitación. Si todavía sigue aquí cuando yo regrese, quizá llame a Derek, aunque con todo lo que sucedió anoche descarto casi por completo una lesión.

✦──♥︎──✦

Taylor Hart.

(Humillación).

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Estoy sola. Busco con la mirada por cada rincón de la enorme habitación, pero no encuentro más que un silencio sepulcral, acompañado por el vacío helado en mi estómago... un vacío acusatorio que me aplasta.

Aunque conocía las reglas del juego desde el principio, me resulta imposible no sentirme completamente quebrada.

Me levanto y me envuelvo en las sábanas que hasta hace un momento me resguardaban del frio de la mañana. —¿Pero qué es esto? —murmuro con la voz quebrada.

Sobre la mesa de noche reposa un fajo de billetes grueso, doblado con una precisión quirúrgica e insultante junto a un trozo de papel. Tomo la nota y el texto me clava una daga directa al orgullo. Rabia, dolor, asco... una mezcla venenosa me quema por dentro.

«Espero que esto sea suficiente». Ni un «gracias», ni un «lo siento», ni un miserable «adiós». Solo dinero en efectivo. Como si hubiese pagado por un servicio prestado. La angustia de hace un segundo se convierte en una furia hirviente ante semejante humillación.

—¿Acaso cree que soy un juguete de una noche... una prostituta de lujo? —las palabras me queman la garganta—. ¿Cómo pude ser tan estúpida?

Ahora me hallo a la deriva en el penthouse de un completo desconocido.

Camino hasta el amplio ventanal de piso a techo mientras me encarnizo con la nota, apretándola en mi puño hasta convertirla en una bola de papel miserable.

El departamento regala una vista panorámica al mar impresionante, un paisaje precioso que la pasión de anoche me impidió notar. Mi corazón se cae a pedazos, pero la indignación enciende una ira dentro de mí.

Contemplo el dinero y la bola de papel arrugada que sostengo con fuerza.

Recojo los pedazos de mi ropa desparramados por el suelo. Al ver mis pantalones hechos trizas dejo escapar un suspiro de impotencia; es lo único que tengo para cubrirme. Me visto con torpeza, aguantando el temblor en las manos. Al subirme el zipper de los jeans, un objeto rueda desde el bolsillo: mi labial.

Recojo el fajo de billetes, lo guardo temporalmente y me escabullo en busca del baño hasta dar con él.

El espacio es inmenso, casi del tamaño de la recámara principal. El mármol blanco brilla con un lujo impecable y frío. Me planto frente al espejo, saco el pintalabios rojo natural el mismo tono fresa que llevaba anoche, el mismo que él me quitó a mordiscos y estampo con trazos violentos y decididos sobre el cristal:

"Quédatelo, imbécil. —T"

Regreso a la habitación a paso firme, me desprendo del dinero y lo arrojo sobre las sábanas revueltas, acomodado como una bofetada a su ego. Doy media vuelta y me largo sin volver a mirar atrás.

Necesito llegar a mi casa con urgencia, necesito recordar con desesperación quién soy... porque por un instante fugaz, atrapada entre los brazos de un extraño, me creí el cuento de que podía ser alguien completamente distinta.

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