Capítulo 7 Malos entendidos
Tanner Cross.
(Presión Familiar).
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Desde el día exacto en que tomé la dirección de la aerolínea, mi padre vive al acecho, esperando el momento perfecto para presenciar mi caída. No existen las llamadas cuando los números cuadran a la perfección; no hay un solo mensaje cuando entrego resultados impecables... Pero basta que surja un contratiempo, por más ínfimo que sea, para que aparezca a mi espalda y me recuerde que una vez más no soy suficiente. Con mi madre fuera del mapa, el viejo ya no siente la necesidad de contenerse y mucho menos de fingir que no me aborrece.
Trago saliva con amargura tras la sofocante reunión y tomo la ruta de vuelta a mi departamento. La lluvia golpea con contra el parabrisas a medida que avanzo; el sonido constante del agua me afloja un poco la tensión de los hombros y, por absurdo que suene, me resulta casi sedante.
El conglomerado Cross Company se divide en tres brazos: CrossSky Airlines, Cross Horizon y Cross & Co. Esta última es la adición más reciente de la familia, pero como a Alan se le ocurrió la idea y el proyecto despegó con éxito, mi hermano se convirtió en el hijo perfecto a ojos de mi padre.
Mis dedos se cierran con fuerza alrededor del volante de cuero, tensando las muñecas hasta que los nudillos se me tornan blancos. Exhalo despacio, obligándome a soltar la presión del agarre mientras me devano los sesos buscando la forma de maquillar la verdad: no puedo permitir que el viejo se entere de que, por culpa de los malditos celos de mi asistente con AeroVanguard Group, la aerolínea acaba de perder un contrato millonario.
Hundo el pie en el acelerador con rabia pura de solo recordar semejante estupidez.
Al llegar al edificio, meto el auto de golpe en el estacionamiento del sótano. Me reconozco un gesto estúpido, pero a mitad de camino me detuve a comprar ropa limpia y algo de comer para la chica suicida que dejé dormida en mi habitación.
Agarro las bolsas del brazo, salgo del ascensor y meto la llave en la cerradura. Por una fracción de segundo, la paranoia me me invade: pienso en la posibilidad de que esa extraña me haya vaciado el departamento y apenas me venga a dar cuenta.
Cruzo el umbral y dejo las bolsas con el desayuno sobre la encimera de la cocina, mantengo la mirada alerta y recorro el espacio con la vista; todo permanece intacto, exactamente en el lugar donde lo dejé. Sin embargo, en cuanto doy tres pasos dentro de mi recámara y me acerco a la cama, me freno en seco.
Encima de las sábanas revueltas descansan los mismos billetes que acomodé por la mañana en la mesa de noche.
—¿Y aquí qué carajos pasó? —murmuro para mí mismo.
Doy un par de pasos largos hacia la cama, me inclino y descubro que justo encima del dinero yace mi nota, hecha una pelota de papel arrugada por la rabia.
—Veré si sigue metida en el baño —me acerco a la puerta de madera. Alzo la mano y doy dos toques suaves con los nudillos; al no obtener respuesta, golpeo con la palma abierta, con más fuerza y firmeza.
—Voy a entrar.
Giro la manija, empujo la puerta y me asomo al interior. El baño está completamente vacío, pulcro y en orden. No obstante, al inclinar la cabeza hacia el espejo frente al lavabo, un trazo rojo sangriento me clava la mirada de golpe.
«Quédatelo, imbécil. —T».
Leo la frase despacio, masticando cada letra. Mis ojos bajan hacia el borde del lavabo, donde descansa el pintalabios usado como arma para semejante atrevimiento. Doy un paso al frente, apoyo ambas manos con fuerza sobre el mármol frío y sostengo mi propio reflejo, petrificado.
—¿Qué carajos...?
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Taylor Hart.
(Vergüenza).
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—¡¿Dónde diablos estuviste toda la noche, Taylor?! —suelta Holly caminando de un lado a otro en la estancia del departamento.
—Perdí mi móvil, lo siento...
—Taylor, Kevin y yo encontramos tu chaqueta, ¿tienes idea de lo preocupada que estuve por ti? Tay, no vuelvas a hacerme esto.
Me siento mal por haber preocupado así a mi amiga. No fue mi intención. Holly cruza el espacio, toma asiento a mi lado y me abraza tan fuerte que me cuesta respirar. Quiero contarle lo horrible que me sentí, pero eso sería darle detalles a ella de lo sucedido anoche con ese extraño.
—Holly, te prometo que todo está bien —mi amiga se separa un poco y me echa una mirada acusadora que yo ya de sobra me conozco. Sus ojos me escanean buscando una grieta. Luego, mi pelirroja suspira derrotada y me vuelve a abrazar, esta vez más fuerte. Yo cierro mis ojos con fuerza, apretando los párpados para evitar así que broten más lágrimas.
El abrazo acaba, pero ella no me suelta del todo. Sus manos van a mis hombros; se sienten cálidas, pero pesadas. Holly y yo somos cercanas, pero ella parece tener un sexto sentido que siempre me termina pillando. —Taylor, no lo repetiré: no más sustos.
Asiento en silencio como respuesta. —Voy a darme un baño, me gustaría ir en la tarde al centro comercial por otro teléfono.
Me levanto del sofá con el cuerpo rígido y voy directo a mi habitación. Entro y cierro con seguro detrás de mí. Sé que las preguntas no van a parar, pero no voy a responder. Ni hoy, ni mañana, ni nunca voy a contar cómo me terminé yendo a la cama con un completo desconocido y cómo este, al otro día, me dejó sola con un fajo de dinero, pagando por mis servicios como si yo fuera una prostituta.
