Capítulo 2 El Recuerdo estremecía

Antes de seguir, él la llevó casi a rastras a un lugar apartado, donde solo ellos dos estuvieran. Fue ese toque en su mano lo que provocó un choque eléctrico que la atravesó.

Entonces, los ojos grises de Erick relampaguearon. En un movimiento rápido y brutal, acortó la distancia entre ellos. No la tocó, pero su cercanía era una amenaza física. Elara pudo sentir ese olor que tanto recordaba, un recuerdo que la hizo estremecerse.

—No te lo estoy pidiendo, Elara —susurró él, la voz ronca por el desprecio—. Acabo de comprarte. Tus padres te han entregado para no perder sus tarjetas de crédito. Eres mía, y vas a pagar la deuda que tu familia tiene conmigo. Es lo mínimo que debes hacer luego de...

—¿También me culpas? Yo no la maté —se defendió ella, las lágrimas quemándole las mejillas—. ¡Ella forcejeó el volante porque le iba a contar lo que te estaba haciendo! ¡Miriam te engañaba, Erick!

La reacción de él fue escalofriante. No gritó. Solo la miró con una repulsión tan profunda que a Elara se le cortó la respiración.

—¿Tienes la desvergüenza de ensuciar su nombre frente a su propia tumba? —la voz de Erick temblaba, apenas conteniendo las ganas de destrozarla—. Eres exactamente el monstruo celoso que Miriam siempre me dijo que eras. No soportabas que ella brillara, no soportabas que ella fuera mejor que tú, que yo la eligiera...

A ella se le rompió el corazón y con ahínco apareció ese nudo en la garganta. ¿Por qué su hermana se empeñó en mentir tanto sobre ella?

—Erick, no...

—Al menos ten la maldita decencia de asumir la responsabilidad del infierno que provocaste —la interrumpió, implacable—. Te casarás conmigo. Ocuparás el lugar que de seguro tanto deseabas. Pero escúchame bien, Elara Grant... quizás termines suplicando haber sido tú la que no salió viva de ese auto.

Erick se dio la vuelta y desapareció entre la lluvia que caía con mayor intensidad, dejando a Elara de pie entre las tumbas, sabiendo que el peor de sus castigos acababa de empezar. El llanto atrapado emanó de su garganta, sus lágrimas dibujaron surcos sobre su rostro y finalmente sus rodillas cayeron sobre ese pasto húmedo, destruida por una tragedia que la marcaba para siempre.


Elara Grant recordaba perfectamente cada detalle de esa noche; la lluvia golpeaba en la ventana y Miriam estaba desganada, negada a la idea de ver a su prometido.

—No voy a ir, Elara. Dile que me morí, dile que tengo peste, me da igual —Miriam se lanzó sobre la cama, todavía con el vestido de lentejuelas de la fiesta anterior—. Erick quiere que vayamos a esa estúpida cabaña en la montaña para "conectar". Qué aburrimiento. Ve tú y cancela todo. Dile que estoy indispuesta.

—Miriam, es tu prometido. Solo llámalo —suplicó Elara, recogiendo los zapatos de su hermana del suelo.

—¡He dicho que vayas tú! —rugió Miriam, cubriéndose la cara con una almohada—. Aprovecha para ver de cerca lo que nunca tendrás.

—¿Lo que nunca tendré? —susurró, enfadada.

—Exacto, lo que nunca tendrás. ¿No puedes ir y pasar un momento de cuñados? No lo sé, ya se te ocurrirá algo. Además, me debes un favor.

Elara apretó las llaves del auto contra su palma; no lo hacía por ella, sino por el pobre Erick que tal vez se quedaría esperando a Miriam. Pero al llegar se arrepintió. Resopló, ya estaba allí, así que se preparó mentalmente para que su corazón no se volviera loco y resistiera la infalible atracción que sentía por Erick.

Recordaba haber empujado la pesada puerta de roble, que estaba entornada, dejando escapar un poco de luz. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Hola? —llamó Elara, empujando la puerta con cautela. El chirrido de las bisagras resonó en el vestíbulo desierto—. ¿Hay alguien?

El silencio fue su única respuesta. Dio unos pasos hacia el gran salón, pero todo estaba sumido en una penumbra sepulcral. No había rastro del servicio, ni de la luz cálida que solía recibir a los invitados. La mansión se sentía como una película de terror.

—¿Erick? —insistió, subiendo el volumen de su voz. Nada.

Inicialmente pensó que Erick se había ido ya a la cabaña sin Miriam, luego la inquietud se transformó en una punzada de pánico. Convencida de que algo iba mal, Elara comenzó a subir las escaleras, incluso si se sentía una intrusa. Al llegar al rellano del segundo piso, se detuvo. Desde la suite principal, cuya puerta estaba apenas entreabierta, se filtraba un sonido que le heló la sangre: una respiración errática, pesada, que subía y bajaba en un ritmo agónico.

Empujó la puerta con la punta de los dedos. Estaba allí; por primera vez, la habitación estaba llena de sus quejidos. Entonces, se sintió fatal al verlo.

—¿Erick? —susurró, por fin.

Él estaba tendido sobre la cama, despojado de toda su compostura habitual. Con la camisa desabrochada y empapada en un sudor frío, se retorcía débilmente bajo las sábanas de seda. Su rostro, que siempre solía intimidarla, estaba crispado por el delirio.

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