Capítulo 3 Ser Su Fantasma

—Miriam... —balbuceó él, con los párpados vibrando, perdidos en una pesadilla febril—. ¿Viniste?

Al tocar su frente, sintió que él ardía, una temperatura tan alta que parecía consumirlo desde dentro.

—No soy... —intentó decir, pero Erick le atrapó la muñeca con una fuerza desesperada, como un náufrago aferrándose a una tabla. Ella tragó duro—. Debes ir al hospital.

—No te vayas. Por favor. Quédate. Siempre te vas... —susurró él, y su voz se quebró de una manera que Elara nunca había escuchado en el hombre poderoso que todos temían.

Ella se quedó. Durante las horas siguientes, el tiempo se detuvo. Elara cuidó de él con una devoción silenciosa, aplicando paños de agua fría sobre su torso esculpido y susurrándole palabras de aliento para calmar sus temblores. En medio de su ceguera febril, Erick sintió algo que no conocía: no era la caricia distante de Miriam, sino una calidez que se sentía distinta.

—Eres tan diferente esta noche... —murmuró Erick, su mano subiendo por el brazo de Elara hasta acariciar su cuello con una necesidad eléctrica.

El corazón de Elara latía con una fuerza violenta. Sabía que él habitaba una mentira, pero cuando él la atrajo hacia sí con un gemido de súplica, su resistencia se desmoronó.

—Erick, yo... —sus palabras murieron cuando los labios de él encontraron los suyos.

Él la buscó con una lentitud que Elara no esperaba, como si estuviera descubriendo un territorio nuevo en medio de la penumbra. Sus manos delinearon su figura con una urgencia que no tenía nada de su habitual frialdad aristocrática; era un hombre hambriento de afecto, buscando refugio en la calidez que ella le ofrecía.

—Miriam... —susurró él, y Elara cerró los ojos con fuerza. En la oscuridad, ella decidió que ese nombre no importaba. Si él necesitaba ese fantasma para permitirse ser vulnerable, ella aceptaría el engaño con tal de no soltarlo.

Elara se perdió en la intensidad de sus besos, aferrándose a sus hombros mientras el mundo exterior desaparecía. Cada caricia era un incendio; cada promesa susurrada, un tesoro que ella sabía que se rompería al amanecer. Se llevó consigo el secreto de una noche en la que el hombre de hielo finalmente había ardido, encontrando en ella la paz que nadie más sabía darle.

Elara huyó al amanecer sabiendo que había cometido un error, que no volvería a sentirse igual que antes tras lo ocurrido.

De pronto, el recuerdo en forma de sueño se rompió y ella despertó. La luz apenas se filtraba por la habitación. No era la luz cálida de un nuevo día, sino un resplandor pálido y frío que iluminaba las cajas a medio empacar. Elara intentó incorporarse, pero el mundo decidió girar en la dirección contraria. Un mareo súbito, violento y ácido, la obligó a aferrarse a la mesa de noche mientras el contenido de su estómago amenazaba con subir.

Se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada y la frente perlada de sudor frío. No era el dolor del accidente, era algo más profundo, una agitación interna que la hacía sentir como una extraña en su propio cuerpo.

—¿Elara? ¡Baja ahora mismo! —la voz de Vivian Grant retumbó desde el pasillo, seguida de un golpe seco en la puerta—. Tu padre y yo estamos en el comedor. No vamos a esperar a que decidas dejar de compadecerte para desayunar.

Elara tragó saliva, sintiendo que el simple olor del café que subía por las escaleras le revolvía las entrañas.

—No tengo hambre, mamá —logró articular, con la voz pastosa—. No me siento bien. No voy a bajar.

La puerta se abrió de golpe. Vivian entró con la elegancia de un cuervo, vestida de un luto impecable que parecía más una joya que una muestra de dolor. Al ver a su hija pálida y temblorosa, en lugar de preocupación, sus ojos destilaron una molestia punzante.

—¿No te sientes bien? —Vivian soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de afecto—. Por supuesto que no. Tienes la presión de saber que ahora llevas el peso de esta familia sobre tus hombros. Deberías sentirte afortunada, Elara. Vas a ser la señora Cavendish-Rhodes. Vas a tener el mundo a tus pies después de haber arruinado el de tu hermana.

Elara se sentó en la orilla de la cama, luchando contra la náusea y la indignación.

—¿Afortunada? —susurró Elara, levantando la vista—. Me estás vendiendo a un hombre que me odia, mamá. Erick me mira como si fuera el monstruo que mató a su ángel.

Vivian se acercó, inclinándose sobre ella con una sonrisa gélida.

—¿Crees que soy estúpida? ¿Crees que no me di cuenta de cómo mirabas a Erick desde antes? Siempre estuviste detrás de él, deseando lo que Miriam tenía. Ahora lo tienes. No me vengas con escrúpulos de última hora.

El dolor y la frustración explotaron en el pecho de Elara. Se puso de pie, ignorando el mareo que la hacía tambalear.

—¡Si tanto crees que esto es lo que quiero, entonces ve y habla con él! —le gritó a su madre, con las lágrimas quemándole los párpados—. ¡Dile a Erick que no quiero este matrimonio! Dile que no acepto ser el reemplazo de nadie. ¡Termina con esto ahora mismo!

La bofetada de Vivian no llegó, pero sus palabras fueron más contundentes que cualquier golpe. Las garras de la mujer salieron a relucir, mostrando la verdadera naturaleza del trato.

—¿Y quién va a pagar nuestras deudas, Elara? ¿Acaso tengo otra hija? —Vivian la tomó del brazo, apretando con fuerza—. Miriam está bajo tierra. Tú eres lo único que nos queda para salvarnos de la miseria. Si Erick quiere una esposa silenciosa y culpable, eso es exactamente lo que serás. No tienes opción.

Vivian se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta con un estruendo que pareció sacudir los cimientos de la casa.

Elara se dejó caer contra la madera, el corazón golpeándole las costillas como un animal atrapado. Las palabras de su madre dejaron de escucharse, convertidas en un zumbido sordo. Sus ojos se fijaron, casi por instinto, en el calendario que colgaba junto a su escritorio, donde marcaba religiosamente su ciclo.

Su corazón se saltó un latido. Se quedó petrificada, contando los días, las semanas... una vez, dos veces.

Ocho semanas. Habían pasado exactamente ocho semanas desde aquella noche de lluvia en la que cuidó a Erick en su delirio. Ocho semanas desde que se entregó al hombre que ahora la repudiaba.

Sintió un escalofrío que la recorrió de pies a cabeza. El mareo, el rechazo a los olores, la fatiga extrema... todo empezó a cobrar un sentido aterrador y milagroso a la vez. Se llevó una mano temblorosa al vientre, todavía plano, mientras el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Realmente estoy embarazada? —susurró para el silencio de la habitación—. ¿Lo estoy?

El pánico se instaló en su ser. Llevaba dentro la única verdad que podía unirla a Erick, pero también el secreto que, si él no recordaba, se convertiría en su sentencia de muerte social.

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