Capítulo 4 La Prueba de Embarazo

Más tarde, después de volver de la farmacia, Elara regresó a su habitación. Contemplaba las dos maletas abiertas sobre su cama con una sensación de náusea que no era solo física. Ni hablar de las palabras de su madre, esas que aún seguían martilleando en su cabeza, recordándole que su cuerpo ya no le pertenecía.

—¿Por qué tengo que mudarme hoy? —había preguntado Elara esa mañana, con la voz rota—. El contrato dice que nos casaremos, pero ni siquiera hemos pasado por el registro oficial. No tengo por qué...

—Son órdenes de Erick Cavendish-Rhodes —respondió Vivian, encogiéndose de hombros mientras revisaba sus propias joyas con una indiferencia fría—. Él ha solicitado que te instales en su mansión de inmediato. Y nosotros, Elara, no estamos en posición de objetar. Él es el dueño de nuestras deudas. Si él dice que te mudas hoy, te mudas hoy. No nos hagas perder el tiempo con tu sentimentalismo de segunda clase.

Con el alma pesada, Elara terminó de empacar. En el doble fondo de su equipaje, escondía las tres pruebas de embarazo que había comprado en un momento de lucidez desesperada antes de que el auto de los Cavendish-Rhodes llegara por ella. Eran su única forma de confirmar el milagro que sospechaba, o la sentencia que temía.

Al llegar a la mansión, la bienvenida fue inexistente. Erick no estaba. En su lugar, un guardia de rostro pétreo le informó que, por órdenes del señor, no podía salir de los límites de la propiedad sin una escolta asignada. No era una esposa; era una prisionera con un apellido prestado.

Esa noche, bajo el silencio sepulcral de la mansión, Elara se encerró en el baño. Sus manos temblaban tanto que el plástico golpeaba contra el mármol. El conteo de los tres minutos fue la agonía más larga de su vida. Cuando finalmente bajó la mirada, el aire se le escapó de los pulmones. Dos líneas rojas.

Elara se desplomó en el suelo frío, ahogando un sollozo. Estaba embarazada. Se tapó la boca y sollozó tan fuerte que el sonido rebotó en su mano.

"Si se lo digo, creerá que es de otro", pensó con terror. Sentía que su corazón iba a salirse de pronto de su pecho y que sus manos no podían dejar de temblar. Con torpeza, envolvió la prueba en papel, la lanzó al fondo del cesto y trató de limpiar su rostro.

—Debo actuar con normalidad, debo hacerlo —susurró para sí, llena de un vacío en su interior, de ese miedo reflejado dentro de ella.

Al día siguiente, el calor del mediodía y el estrés acumulado pasaron factura. Mientras caminaba por el jardín bajo la vigilancia del guardia, el aroma de los jazmines se volvió insoportable. El mundo se desdibujó y Elara cayó inconsciente sobre el césped.

Mientras el guardia corría a auxiliarla, Martha, la empleada que había sido la sombra fiel de Miriam y que se sentía en deuda porque Miriam fue generosa con ella, observaba la escena con prejuicios contra Elara.

Martha entró a la habitación para limpiar. Al vaciar el cesto, un bulto sospechoso llamó su atención. Lo desenrolló y su rostro se transformó en una mueca de triunfo.

Minutos después, Vivian Grant contestó su teléfono con impaciencia.

—¿Quién habla? ¿Cómo ha conseguido este número privado? —espetó Vivian.

—Señora Grant, soy Martha, parte de la servidumbre del señor Cavendish-Rhodes —explicó la mujer con voz sibilina—. Miriam confiaba en mí para todo. Incluso para vigilar a quienes no eran de fiar.

Vivian cambió el tono de inmediato.

—Ah, Martha. Entiendo. ¿Qué sucede? ¿Es algo sobre Erick?

—Es sobre Elara. Yo... he encontrado algo en su basura, señora. Una prueba de embarazo positiva. Y por lo que sé, el señor Cavendish-Rhodes no ha pasado ni un minuto a solas con ella desde que llegó.

Vivian sintió que la sangre se le congelaba.

—¿Estás segurísima de lo que dices? ¿Pertenece a ella?

—Absolutamente. Estaba en su baño privado, escondida bajo el papel.

Vivian colgó el teléfono con un gesto violento. Entró al despacho de su marido, Bruno, quien revisaba unas cuentas con expresión preocupada.

—¡Bruno! ¡Esa estúpida nos ha hundido! —gritó Vivian, lanzando su bolso sobre la mesa.

—¿De qué estás hablando, mujer? —cuestionó Bruno, sobresaltado.

—¡Elara está embarazada! La empleada de confianza de Miriam lo acaba de confirmar. ¡Tiene una prueba positiva!

Bruno se puso de pie de un salto, con el rostro rojo de la impresión.

—¿Qué? ¿Cómo es posible? ¿Sabías que estaba en una relación? ¿Tenía algún amante escondido?

—¡No tengo absoluto conocimiento de que estuviera en una relación! —exclamó Vivian, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado—. Estoy segura de que no tenía a nadie... o eso creía. ¡Esa mosquita muerta nos ha engañado todo este tiempo! ¡Nos ha visto la cara de idiotas!

—¿Cómo vamos a hacer? —la voz de Bruno tembló—. Se supone que está a punto de casarse oficialmente con Erick. Si él se entera de que ella carga el hijo de un desconocido... nos quitará todo. Nos enviará a la calle hoy mismo.

—No se lo diremos nosotros —siseó Vivian, con una mirada cargada de una crueldad nueva—. Esperaremos. Pero si cree que va a arruinar nuestro futuro con su bastardo, está muy equivocada. Ella va a pagar por esto, aunque sea lo último que haga.

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