Capítulo 5 Idiota

Finalmente la boda se llevó a cabo, no en un salón de bodas, sino en ese pequeño lugar: el registro civil. De todos modos, todo era contractual. Ella podía sentir el desprecio de Erick en su mirada.

—Firma. No tengo todo el día para estas cosas, Elara —escupió Erick, sin siquiera mirarla.

Elara, dentro de aquel vestido que resaltaba su palidez enfermiza, tomó el bolígrafo de oro. Sus dedos temblaron tanto que fue incapaz de hacerlo de inmediato.

Erick soltó un gruñido de impaciencia. En un movimiento brusco, atrapó la mano de Elara. El choque fue instantáneo. La piel de Erick ardía y, al sentir la suavidad de los dedos de ella, una imagen borrosa de una noche febril cruzó su mente. Esas manos...

—Deja de temblar —le siseó al oído, apretando su agarre hasta que ella soltó un jadeo—. Ya me perteneces. No ensucies el contrato con tu cobardía.

Ella firmó, odiando que la tratara como si fuera su captor. El oficiante les dio sus felicitaciones y buenos deseos antes de que se marcharan de allí.

Durante la comida de ese día, estar cerca parecía una tortura; el hombre no le quitaba la mirada de encima. Erick la observaba desde el otro extremo de la mesa de caoba, sus ojos grises clavados en ella como dagas.

—Come —ordenó, golpeando la mesa con un dedo—. Me molesta que solo observes la comida.

Elara sintió que el olor del salmón le revolvía las entrañas. No era solo asco; era una agresión física que le cerraba la garganta. ¿Cómo podría estar tranquila si el solo hecho de soportar ese olor era una tortura?

—No puedo, Erick... el olor... me hace daño —murmuró ella, cubriéndose la boca con una mano trémula.

Erick se levantó con la elegancia de un depredador. En dos zancadas estuvo detrás de ella, rodeando su cuello con una mano, obligándola a mirarlo en aquel espejo del aparador.

—¿Ahora vas a jugar a la enferma? —su voz era un látigo—. ¿Quieres que sienta lástima por la mujer que le robó el lugar a su propia hermana? ¡Abre la boca!

Él tomó un trozo de pescado y se lo presionó contra los labios con una fuerza bruta. Elara intentó resistirse, pero la mirada de él la inmovilizó. Se llenó de tanta ira que Elara empujó a Erick y corrió hacia el pasillo, tropezando con sus propios tacones.

Llegó al baño y se desplomó frente al mármol frío, vaciando su estómago en medio de espasmos violentos.

Erick apareció en el umbral, con los brazos cruzados, observando hasta qué punto, según él, ella parecía dispuesta a fingir o exagerar.

—¿Tan asqueada estás de mi toque, Elara? —preguntó él, volviendo a ser tan cruel y frío—. ¿O es que tu conciencia te está matando por dentro?

Elara levantó la cabeza. Tenía los ojos inyectados en sangre; él nunca la vio así de enojada.

—No es mi conciencia, Erick. ¡Si no sabes qué pasa, solo déjame en paz! —exigió, limpiándose la boca con el dorso de la mano mientras se ponía de pie con dificultad—. Ojalá pudieras ver la verdad antes de que sea demasiado tarde.

Erick dio un paso hacia ella, acorralándola contra la pared del baño. Su mano bajó hasta su vientre, apretando ligeramente.

—¿Qué verdad, Elara? —su aliento olía a tabaco y peligro—. Habla ahora. ¡De qué maldita verdad hablas!

Pero ella no dijo nada; su labio tembló. Él, frustrado, la liberó y se marchó. Solo entonces ella pudo soltar el llanto que picaba en su garganta. Se dejó caer sobre el frío mármol.

Si alguna vez quiso ser justa y sincera, solo terminó viviendo aquel desenlace. Entonces se cuestionaba cuál habría sido el escenario en caso de que Miriam aún viviera; su situación no dejaría de ser complicada. Aunque no se convirtió en la embarazada de un hombre casado, sí en la esposa embarazada de un hombre que la despreciaba, que no tardaría en señalarla en cuanto supiera de su embarazo, acusándola de infidelidad, porque para esa noche ella no fue Elara, sino Miriam.

Horas después, Erick daba vueltas en su cama king-size, pero las sábanas de seda le quemaban. El recuerdo de Elara en el suelo del baño, tan pequeña y rota, traía consigo la sensación de su mano en el registro. Su cuerpo la deseaba, su instinto la reconocía, pero su mente le gritaba que ella era la mujer por la que Miriam murió.

Se levantó, descalzo y a medio vestir, y caminó por el pasillo hasta la habitación de ella. Necesitaba verla. Necesitaba confirmar que era real y no un fantasma que lo acosaba.

Abrió la puerta sin hacer ruido. Elara dormía de lado, abrazada a una almohada como si fuera su único refugio en el mundo. La luz de la luna entraba por el ventanal, bañándola en un resplandor plateado que la hacía parecer tan hermosa; pero se veía frágil, tal vez una mariposa atrapada en un frasco de cristal.

Erick se acercó a la cama, paso a paso, hasta que pudo sentir el calor que emanaba de ella. Se inclinó, observando la curva de su cuello, la delicadeza de sus pestañas y la forma en que su pecho subía y bajaba con una respiración pesada. Era hermosa. Una belleza destructiva que lo hacía odiarse por querer tocarla, por querer enterrar su rostro en su cabello y olvidar quién era ella y quién era él.

De repente, Elara soltó un suspiro y abrió los ojos.

El grito se quedó atrapado en su garganta al ver la silueta imponente de su esposo inclinada sobre ella en la penumbra. El corazón de Elara se disparó, golpeando contra sus costillas. Siempre lo había amado, desde que era una adolescente que lo miraba desde las sombras, y tenerlo así, con esa mirada hambrienta y confusa, la hacía sentir que el aire se acababa.

—¿Erick? —susurró, su voz cargada de un temor reverencial—. ¿Qué... qué haces aquí?

Erick no se apartó de inmediato. Se quedó allí, atrapado en el brillo de las pupilas de ella. Bajó la mirada a sus labios, deseando morderlos y besarlos hasta borrar el nombre de Miriam de la historia. Pasó saliva con dificultad, el nudo en su garganta volviéndose insoportable. Se sentía un idiota, un traidor a la memoria de su prometida muerta.

—Vigilaba que no intentaras huir —soltó al fin, su voz saliendo ronca, casi un gruñido para ocultar su vulnerabilidad—. Esta es mi casa. Entro donde quiero y cuando quiero. No te hagas ideas extrañas, Elara.

Se enderezó de golpe, cortando el hilo de tensión que los unía. Ella lo miró con una mezcla de tristeza y anhelo que él no pudo soportar.

—No voy a huir —aseguró ella en un susurro—. ¿A dónde iría? Mi familia me vendió y tú me compraste. Soy tuya, ¿no es así?

Erick apretó los puños, odiando la verdad en sus palabras. No respondió a eso.

Dio media vuelta y salió de la habitación con paso rápido, dejando tras de sí a una Elara que se quedó mirando la puerta cerrada, tocándose los labios y preguntándose si alguna vez el hombre que amaba dejaría de mirarla como si fuera su pecado más grande.

—Es un idiota —siseó.

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