Capítulo 3 Jódete, Thompson
Valentina
El primer juicio había estado muy fuerte, no contábamos con que el ex esposo de mi clienta fingiera un problema mental y exigieran alargar un poco más la fecha de la sentencia definitiva mientras se comprobaba el alegato de su abogado.
Así era mi vida, yo luchaba por los problemas de mis clientes, sin embargo nadie luchaba por mí.
Subí a mi auto y lancé mi bolso al asiento del copiloto, soltando un profundo suspiro que exigía un poco de paz y tranquilidad.
—Vaya, cuánta rabia, licenciada.
—¡Mierda! —grité asustada con la mano en el pecho, y cuando ví su cara reflejando una sonrisa diabólica se me puso la piel china—. ¡¿Qué carajos hace usted aquí?! ¿Cómo entró? Le puse seguro.
—Eso no importa, solo quería recordarle que le quedan menos de veinticuatro horas para tomar una decisión.
Su perfume me tenía mareada, pero no en el mal sentido. Era el mismo perfume que usaba el día del cumpleaños del Senador, fue imposible olvidarlo. No llevaba saco, solo una camisa negra de mangas largas, pero remangadas hasta los codos. El brazo izquierdo estaba forrado de tatuajes, acompañados de un reloj elegante que me robaba la respiración. Sí, tenía un fetiche extraño con los hombres que usan relojes.
—Y bien, que planeas entonces, ¿secuestrarme?
—¿Secuestro? No es un secuestro, estarás retenida un tiempo mientras resolvemos nuestros problemas —aclaró, alzando una bolsa de regalo negra que tenía acomodada entre las piernas.
—¿Nuestros? Yo no tengo ningún problema. Problemas tendrá usted si no deja de molestarme.
—Valentina, necesitas un poquito más de acción en tu vida, después me lo vas a agradecer. Toma, te he traído un presente —su voz era ronca, bajita, y era muy difícil de manejar porque te hacía sentir muchas cosas a la vez. No sabía si me amenazaba, o me halagaba, o si esa era su forma de hablar con todo el mundo. Por otra parte estaban esos gestos tan extraños hacia mí; primero me mandaba su número en una copa de champagne, y después se aparecía en mi auto con un regalo.
—¿Qué es? No tengo ni madre ni padre ni hermanos así que voy a descartar los dedos de algún miembro familiar que me importe.
—Si quisiera entregarte alguna parte mutilada sería de Sebastián Ferrer, ¿qué dices?
Me quedé muda por minutos, no sabía diferenciar lo que sus palabras me produjeron. Miedo, impacto, ansiedad...
—No quiero asustarte —aclaró, encajando el azael de sus ojos en mí—, pero deberías acostumbrarte a que cuando quiero algo lo consigo, y no me importa arrancar cabezas en el proceso.
—No quiero tus patéticos regalos —escupí, con una lágrima involuntaria deslizándose por mi mejilla. No sé en qué momento había comenzado a llorar.
Mi vida no era tan color de rosa como todo el mundo creía, me había costado muchísimo no perder los estribos y mandar todos los planes de mi familia a la mierda para correr tras mis sueños. Y entonces aparecía él, a darme más problemas si es que era posible... ¿Cuántas cosas más vendrían para mí en esta vida? ¿No podía simplemente ser una persona normal y libre? ¡Estúpida de veintitrés años que se dejó dominar por todos!
—Haríamos un buen equipo juntos, tú y yo —propuso, llevando su mano a mi rostro para limpiar mis lágrimas. Lo aparté de un manotazo y torció los labios en una sonrisa. Eso solo me hizo pensar en nuestro beso—. Quisiera que te pensaras bien mi invitación, no te conviene que la única persona que conoce tu secreto ande por ahí con sabrá Dios cuales intenciones.
—Jódete, Damiano Thompson, tú y tus fockings amenazas.
—Tú también me gustas, licenciada, sino no insistiera tanto. Nos vemos mañana, si no me buscas iré yo a buscarte —se rió, agarró mi cara otra vez con una de sus grandes manos y me pegó un beso que me dejó las mejillas ardiendo.
Cuando finalmente rompí el sello del sobre se me aceleraron las pulsaciones. Era un contrato, pero no uno cualquiera, me estaba pidiendo ser su abogada por tiempo indefinido, y a demás, el muy maldito había dejado un cheque con una cantidad estratosférica a mi nombre.
"Tenía pensado enviarle esto a tu padre a cambio de tu libertad, pero vales más que esos quinientos millones de dólares. Así que mejor úsalos para los trámites del divorcio, y el resto se lo puedes dejar a Sebastián para que compre otra esposa, porque tú ya no serás más suya,
Atentamente, Damiano Thompson".
¡Pero qué demonios!
¿Se podía ser más maniático que este hombre? La cabeza se me volvió un caos total, no comprendía en qué momento mi vida comenzaba a dar un giro inesperado y yo, la obsesiva del orden, no sabía por dónde empezar a acomodar tantos acontecimientos a la vez.
Damiano tenía muchísimo dinero, y tener tanto dinero significaba: poder. Y cuando hay poder hay cabida para sacar el misterio más remoto a la luz. La verdad, me importaba una mierda que él lo supiera porque no le afectaba en nada, sin embargo, sus amenazas estaban ahí. Aunque no las entendía, ni tenía idea de su obsesión extraña con obligarme a trabajar para él, había algo mucho más importante por lo que preocuparme: él sabía, no solo del contrato matrimonial, sino de aquel tema.
Ahí ya estaba empezando a entender algunas cosas, por mi "prestigio en anonimato" entendía su afán de tenerme cerca porque podría mantenerlo informado de asuntos legales, sin embargo ¿por qué amenazarme? ¿por qué querer acabar con mi casamiento falso?
Mi teléfono comenzó a sonar desde un número desconocido y por un momento se me enfrió el pecho. Pensé que era Thompson con su insoportable insistencia, y aunque estaba nerviosa contesté.
—¿Alma Ferrer? —cuestionó una voz que nunca antes había oído.
—Sí, diga.
—Le habla el jefe de mantenimiento que contrató el señor Sebastián. Recibimos un aviso de fallas en el sistema de seguridad y estaremos arreglando los desperfectos durante esta semana.
¡Uf!
—Oh, sí claro, muy bien —contesté más aliviada—. ¿Necesitan algo para comenzar?
—Si pudiera ser tan amable de abrir el acceso del portón, así los técnicos se moverían sin problemas —dijo sin titubear. Lo primero que me extrañó fue el horario, era casi media noche.
—Deme un segundo, llamaré a mi esposo —le contesté dudosa, de ninguna manera les abriría la puerta sin verificarlos antes.
No estaba acostumbrada a dar ese tipo de información o acceso a los empleados, principalmente porque Sebas es quien se encargaba de todos esos asuntos. Intenté llamarlo varias veces para obtener su permiso, pero no contestó. Tuve que enviarle un mensaje a mi suegro y gracias a Dios no tardó ni un segundo en contestar.
—Alma, querida, ¿pasó algo? ¿dónde está Sebastián?
—Eso mismo quisiera saber yo, en fin, me ha llamado el jefe del equipo de mantenimiento para darle acceso a la casa, tenemos problemas con la seguridad.
—Sí, cierto, mi hijo me habló de eso.
—¿Entonces les puedo dar el acceso?
—Ese equipo lleva años trabajando con nosotros, adelante. La seguridad es lo principal. Sara te manda saludos —agregó, suavizando la voz.
—Dile que igual, extraño sus visitas —admití, aunque estaban al tanto de la situación yo sabía que no tenían culpa del trato que tenían mis padres con su hijo.
—Alma...
—¿Sí?
—Ya sé que sonará a justificación, pero Sebas ha de estar en alguna reunión con sus amigos, como siempre.
—No se preocupe Don Carlos, sé con quién me casé. Tengan una preciosa noche, nos vemos el fin de semana.
— Claro, descansa.
Regresé la llamada al jefe de mantenimiento y les di acceso a la casa. Después, me hice una bolita en la cama e intenté dormir sin darle tantas vueltas a mis problemas. Ya estaba empezando a necesitar una terapeuta o algo que me ayudara a conciliar el sueño.
