Capítulo 6 Razones

Valentina

La habitación era ostentosa, sí, tampoco es que no estuviera acostumbrada a este tipo de lujos cuando provenía de una buena familia, así que no me sorprendí mucho. Recorrí los alrededores con pasos lentos, apreciando cada detalle y encontrando extraños aspectos que solo una persona muy allegada a mí sabría.

—¿Estás de broma, no? —le pregunté persuasiva, mientras me cruzaba de brazos frente a él. Haber decorado las paredes con dibujos de mar pacíficos había sido un golpe bajo. Eso solo me hizo caer en cuenta de que él había estado otras veces en mi casa, o había mandado a alguien a que entrara, no lo sé, pero fue bastante aterrador. No había forma de que supiera que la decoración eran cuadros de mar pacíficos, y que en el techo tenía escrito con tinta negra el nombre de mi canción favorita. Con esto último miré hacia arriba, pero lo que ví me dejó sin palabras. No era solo el nombre, estaba escrita la canción completa.

«No me jodas, Thompson».

—Si esa es tu forma de agradecer mi buen gusto, no es nada —contestó, desafiándome con la mirada e imitando mi posición.

—Mira, no voy a volverme loca con tu poco sana forma de demostrarme que tienes todo calculado, pero tienes que parar porque es incómodo. Ya me tienes aquí, este es el momento en que te marchas para yo fingir que lloro, cambiarme de ropa y bajar una hora más tarde a que me expliques qué coño quieres conmigo.

Le dije todo con una velocidad impresionante y él solo me observó con los ojos bien abiertos hasta que terminé. Se agarró el puente de la nariz con el índice y el pulgar y carraspeó con la garganta.

—Exactamente eso. Cuando estés lista me buscas en el comedor, seguro tienes hambre y hay que desayunar. En el closet hay ropa nueva, es justo tu estilo.

—¿Qué demonios vas a saber cuál es mi puto estilo, Thompson?

—Dejemos las formalidades, aquí soy Damiano —increpó haciendo fuerza de cara—. Y lo sé todo de ti—, entonces me tomó de la cintura sin darme tiempo a reaccionar y susurró: —Relájate un poco, licenciada.

—¿Y qué pasó con lo de las formalidades?

—"Licenciada", no es formal.

—¿Ah, no? ¿Y qué es sino?

—Es caliente. Te espero abajo.

Me soltó y me dejó hiperventilando como una estúpida adolescente en su primer encuentro sexual. «¿A qué coño éstas jugando?». Pensé y lo que hice a continuación fue exactamente lo que le dije que haría, excepto por la parte en que lloro.

Mientras me vestía pensé en Sebastián y en mi padre, a esta hora ya mi esposo habría llegado a la casa y yo no estaría en nuestra cama. ¿Qué haría Magnus cuando se enterara de que yo había escapado? Para él no sería otra la causa: huí. Eso sería todo. Quizá se imaginaría que me había cansado del trato, o que desistí de seguir sus órdenes porque había madurado lo suficiente. Eso era lo único bueno de todo ese escape, al menos no creería que me secuestraron, pero seguramente eso le haría creer a la prensa.

Como tenía la cabeza revuelta ni siquiera me había dado cuenta de que estaba totalmente en desventaja. Había salido directo a un golpe que no me dejó pensar con claridad durante todo el camino, pero en ese momento ya era tarde para recordar que ni el celular fui capaz de tomar antes de salir a correr. Sin medios de comunicación, ni ninguna salida fácil, relajé los hombros y traté de calmarme porque estaba segura de que luego se me ocurriría algo. Después de todo, el primer intento de escape había sido un total fracaso.

Bajé las escaleras a trote y no fue difícil encontrar el comedor, porque el aroma a café recorría toda la casa. La sala quedaba céntrica, y la cocina estaba a la izquierda tras un par de puertas de madera. Cuando las crucé los nervios volvieron a tomar mi cuerpo porque él estaba allí, sentado en el desayunador con una tasa humeante entre sus manos mientras charlaba por el intercomunicador del teléfono manual que estaba en la encimera. Frente a la sartén había una señora cocinando, vestida con el típico traje de empleada mientras revolvía unos huevos con vegetales.

Carraspeé con la garganta para hacerme notar, a pasos lentos con las manos entre cruzadas detrás de mi espalda como niña que teme a un castigo. Enseguida se volteó, y tras despedirse colgó la llamada. La cocinera se giró de inmediato y me sonrió, era bastante mayor y lucía agradable.

—Te ves bien —me dijo, y sentí que lo había dicho con cuidado de no sonar imprudente, como si con todo lo que había hecho hasta el momento no hubiesen quedado demasiado claras sus intenciones.

—No sé por qué siento que tomaste toda mi ropa y les mandaste a hacer copias caras —contesté, dándole otro repaso a mi mameluco de sateen rojo.

—Puede —susurró y mi boca reflejó una O mayúscula, ya era el colmo—, sírvete lo que quieras.

—Gracias, pero lo que quiero es que me ilumines con la razón de este secuestro —le exigí, tomando asiento a su lado. La cosinera nos sirvió un par de platos y poco a poco ya teníamos un pequeño banquete frente a nosotros. Habían frutas, tostadas, jugo y tocino.

—No es un secuestro —recalcó, y alcé a la par mis cejas, yo no le veía otro nombre a eso—. Empezaré por lo que me interesa de ti, y luego por lo que te interesaría de esto.

—¿Interesarme? Aquí no hay nada que me interese, comenzando por la parte en la que no vine por voluntad propia. —Cogí un bocado de huevos revueltos y él se apoyó con los codos en las baldosas para mirarme fijamente. Tenía una mirada profunda que me alteraba todo desde adentro.

—¿Segura? ¿Tienes idea de lo que es hacer lo que te venga en gana sin darle cuentas a Magnus y Sebastián? ¿A caso recuerdas la última vez que tu opinión le importó a ellos? O mejor, ¿desde cuándo no disfrutas de un buen sexo sin sentir que es obligación y no deseo?

Aquello casi me hizo atragantarme con el bocado. Tuve que toser varias veces para expectorar, y él solo sonrió.

—No puedes negar la conexión que tenemos, Valentina —agregó y bebí café, la conversación había empezado muy fuerte—, te traje porque quiero que me conozcas y te des cuenta de que hay mucho más en el mundo que la ambición de tu padre y la corrupción de los Ferrer.

—Hay miles de mujeres, sé que no eres de los que se limitan en cuanto a las relaciones pasajeras —le dije, ya lo conocía aunque no personalmente, la prensa hablaba mucho de él. No sabría decir con cuántas "novias" lo había visto en las portadas de alguna que otra revista—. ¿Por qué yo?

Esa era la verdadera pregunta que me tenía la mente echa un lío. Necesitaba una explicación convincente porque no todos los días se aparecía un tipo como él a ofrecerte huir a una hacienda en los confines de la ciudad.

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