Capítulo 7 El establo
Valentina
Terminamos de desayunar en silencio y me llevó a la parte trasera de la casa. Era una especie de terraza al aire libre con una hamaca rústica pero bien confeccionada. Habían también un par de bancas de aproximadamente dos metros de largo cada una, con espaldar y cojines comodísimos. Solo tenía cuatro columnas y un techo. Nos sentamos en una de las bancas y señaló un establo que se veía a lo lejos: —¿Ves eso de ahí? —me cuestionó, desviando la mirada a mí. Cada vez que me miraba de esa forma sentía que me atravesaba hasta el alma.
—Es un establo —respondí dejándolo caer como algo obvio, se notaba a leguas lo que era, que por cierto figuraba como una creación enorme. Aquello sí me había fascinado, porque solo mis padres sabían cuánto amaba a esos animales. Sin embargo, Sebastián había tenido un accidente cuando pequeño mientras competía en un campeonato de equitación, su caballo había soltado su lado salvaje y luego de lanzarlo por los aires le pegó una mordida en una pierna. Nunca se supo que le pasó para que actuara así, y lo castigaron con la muerte. Cuando Carlos me contó esa historia sentí más pena por el caballo que por haber mandado a mi esposo al hospital.
—Tengo alrededor de ciento cincuenta caballos, más de la mitad son de raza, exportados —me dijo, con genuina prepotencia como si luciera una mansión forrada de diamantes.
—Sorprendente —es lo que alcanzo a decir antes de que me mirara atento.
—Delante de mí no tienes que ocultar que te encantan —susurró con voz gruesa—, los he comprado para ti.
—¡Qué! —solté sin pensar. Todavía me costaba procesar cada cosa que me estaba pasando desde que lo conocí.
—Nadie, jamás, podrá darte lo que yo te estoy ofreciendo, mira el lado bueno Licenciada —hizo una pausa y tomó mi mano izquierda—, tú harás algo por mí y yo te daré lo que más deseas. De hecho estoy en ventaja, te he pagado una buena cantidad de dólares y encima te he comprado todo esto, y ni siquiera te he dicho lo que quiero que hagas por mí.
Los humos se me subieron hasta las sienes, me volví como loca y no lo golpeé porque siempre he estado muy en contra del abuso doméstico, y me conocía de pies a cabeza las leyes, ya sería la segunda vez que lo abofeteaba y yo era quien estaba en su casa. Solo me levanté para encararlo, ¿quién demonios se creía?
—Para eso me haces esos ridículos "regalitos" ¿no? Para echármelo en cara.
—No es...
—Yo no te pedí nada, de hecho te recuerdo que me secuestraste —lo interrumpí y se puso de pie dejándome físicamente más pequeña—. Hice un trato, firmé un acuerdo, y ni tu dinero ni nada de lo que hagas podrá revocarlo, solo falta un maldito año para divorciarme formalmente justo como se prometió. Esos quinientos millones te los agradezco, y ¿sabes qué? No te los voy a devolver.
—No los quiero de vuelta, fue un regalo.
—¡Fue un soborno, que no es lo mismo. Y si sigo aquí es porque me desmayé y no tengo teléfono para pedir ayuda! —le grité con todas las fuerzas que mi garganta pudo soportar—. Y prepárate, Thompson, porque en cuanto tenga la oportunidad te juro que me largo de aquí y voy a denunciarte.
—Claro. ¿Este es el momento donde duplico la seguridad de la finca, cierro con llave tu habitación y te ato a una cama?
—A estas alturas me espero cualquier cosa, sumergiste mi alarma más segura en agua con orina —me encogí de hombros y él arqueó una ceja—, de igual forma tarde o temprano voy a escapar.
—¿Y si te dijera que eres libre de hacerlo?
Me quedé muda un instante, y entrecerré los ojos buscando la mentira en su rostro, pero a penas nos conocíamos y no tenía ni puta idea de cuál era su forma de mentir.
—Mis hombres tienen las órdenes de dejarte ir si te acercas al portón, ni siquiera los franco tiradores están interesados en balearte si intentas escapar.
—Wao, eso no sonó para nada espantoso —entorné la mirada—, ¿entonces puedo irme?
—Hablamos del trato que quiero hacer contigo y luego decides si te vas o te quedas —me extendió su mano derecha cubierta de anillos y tatuajes con tinta negra y la tomé sin pensarlo porque me parecía lo más convincente que había dicho hasta ahora.
—Hecho —le sonreí.
—Sígueme, quiero mostrarte mis tierras.
Admito que me sorprendió un poco su forma de comportarse conmigo, y fue agradable verlo caminar tan seguro con ese trasero perfecto debajo de sus pantalones ajustados. Yo lo seguí, caminando sobre el pasto verde y cortado que se extendía hasta los establos. Cuando cruzamos las puertas del granero se me empezó a desbocar el corazón, era tan emocionante para mí estar cerca de ellos que por un momento olvidé quienes éramos y qué hacíamos ahí.
Tenía razón, eran unos cuantos caballos enormes y fuertes, la mayoría que pude ver tenían músculos en el pecho y las patas, aquello fue increíble. Habían negros, blancos, marrones y de pelaje rubio. Las hembras llevaban trenzas en la crin, eso las diferenciaba del resto de caballos. Damiano me dejo pasearme por cada cubículo para que los acariciara, yo no tenía miedo alguno, lo sentía tan familiar como acariciar a mi almohada en las mañanas.
Me detuve con uno gris, de unos tonos que no había visto antes. No llevaba trenzas ni adornos en el pelaje, era tan hermoso e intimidante al mismo tiempo que no pude evitar adorarlo al instante. Me acerqué a él, se inclinó a mi altura y su respiración con fuerza me sacudió el cabello. Sonreí, sonreí demasiado, y junté mi frente con la suya. Fue celestial, casi pude sentir lo que él sentía de tan fuerte que era nuestra conexión.
—Es Séus y lleva un mes conmigo, lo compré cuando conocí toda tu historia. Luego sentí que no era suficiente y ya ves, no caben en el establo.
—¿Hiciste todo esto para convencerme de quedarme aquí? —la pregunta me salió sola, necesitaba saber por qué un hombre como él se había encaprichado con alguien tan básica como yo. Era consciente de que solía llamar la atención por ser la hija de uno de los alcaldes más veteranos del país, y también por estar casada con un político que provenía de una aristócrata familia; pero generalmente los hombres se espantaban con tal de no tener problemas con Sebastián o mi padre. Damiano, muy por el contrario, se había tomado el atrevimiento de llevarme con él.
—No soporto lo que voy a decirte, pero me urge tu ayuda. Tengo un problema personal, necesito comprometerme y asegurar el futuro de mi descendencia antes de morir. Demos una vuelta y te cuento solo lo que puedes saber.
