Capítulo 3 Capítulo_3
—¡Inyéctatelo! —ordenó Ámbar caminando a la puerta,
—Es solo un sedante —Ámbar apunto al vientre propio, ese embarazo era lo más extraño de todo y era lo que quizás lo que más les preocupaba a los encargados de este lugar. Eran su salida
—Entonces dormirás por un buen rato, ¡inyéctatelo! —Ámbar logro que la joven enfermera metiera la aguja en su cuerpo.
—No llegarás lejos... —comento la chica con la lengua adormeciendo y abanicando sus párpados, el sedante actuó rápido haciéndola caer al piso.
Ámbar salió hacia el otro lado del pasillo, siempre el médico salía hacia la derecha, era mejor entonces ir a la izquierda.
El hospital parecía vacío escucho voces acercándose, para esconderse se metió en la primera puerta que tuvo al alcance. Era un habitación con uniformes de enfermería se sujetó el cabello oscuro aún su vientre no era muy abultado, pudo fácilmente cambiarse cubrirse el cabello con una cofia y la cara con un cubre bocas así salió sin muchos problemas por la parte de atrás del hospital.
Estando fuera se preguntó ¿a dónde ir?, Seguramente al saber su nombre tendrían su dirección, no había nadie junto a ella en el hospital eso era también algo extraño. Por qué su hermana no estuvo al pendiente o los doctores no mencionaron que le avisarían de su recuperación.
El mundo parecía irreal y normal al mismo tiempo, no había pasado tiempo para ella y aun así el mundo giró sin detenerse, se quitó la cofia y el cubre bocas, el aire era fresco como de primavera no estaba segura en que mes estaba. Cayo en cuenta que estaba perdida, vio un teléfono público y corrió a él pero no tenía con que utilizarlo.
—Puede regalarme una moneda —pidió sin pensar a una joven que caminaba junto a ella. La chica observo su estado anímico y su desalineado aspecto no lo pensó saco unas monedas y se las dio —gracias… gracias
Entro en la cabina deposito las monedas, espero que alguien le contestará del otro lado apenas escucho el descuelgue se apresuró.
—Hola Elisa —marco al único familiar que tenía en ese mundo, su hermana
—¿Ámbar? —aquella pregunta sonó como quien siente la sangre caer al piso —¿Ámbar estás viva?
¿Que estaba pasando?, Que broma de tan mal gusto, todo era un caos.
—¡Si, si estoy viva! —la hermana de Ámbar se quedó en silencio, cayendo en cuenta que era verdad Ámbar le estaba hablando por teléfono y tenía que hacer algo rápido.
—¡Oh Dios santo Ámbar eres tú! —había una relación cortante entre las dos. Provocada por el shock de enfrentarse con un extraña realidad.
—Elisa estoy asustada —sollozo Ámbar
—¿Dónde estás? voy por ti.
Una hora entera recorriendo el hospital y su alrededores, enfermeras y médicos corriendo de un lado al otro. El desprestigio estaba jurado y la furia de un hombre estaba sobre ellos.
El médico temeroso sostenía el teléfono, la mano le temblaba
—Señor… ella… ella despertó
La voz del médico se cortaba, las referencias que tenía de aquel hombre con quién ahora hablaba no eran de honor; frío, cruel y despiadado era lo que lo imponía ante la sociedad.
—¿Y? —respondieron del otro lado con una voz calmada —¿volvieron a dormirla?—la voz del médico se hizo muda, cuarenta y cinco segundos de silencio denso, el miedo corrió por sus piernas haciéndole sentir débiles aun cuando estaba sentado. —¿¡Doctor!? —parecía que aquella voz sonría calmada.
—No sabemos dónde está, la enfermera estaba en el piso y sedada la señora Ámbar no está por ningún lado…
—¿Qué quieres decir imbécil? —aún la voz pregunto sin alteración.
—Escapó señor D’angelo…
El corte de llamada sonó con un bip, bip, ininterrumpido.
El atardecer presentaba un esplendoroso juego de naranjas, rojos y amarillos. Una escena prometiendo el comienzo de algo maravilloso. Llevaba en su vientre el regalo más hermoso del mundo lo que siempre había deseado, siempre pensó que ella era una mujer seca la que no servía para concebir, pero ahora con esto la duda flotaba en el aire, ¿Era entonces Piero el infértil?
No podría jamás responderse esa duda. No siempre era un gruñón, ni un agresivo; había momentos bueno sin gritos, ni agresiones, era un hombre detallista y caballeroso solo se ponía mal cuando algo no le salía, y eran contadas veces que no conseguía lo que deseaba.
~.
Una mañana él la despertó con música romántica para que abriera sus ojos y encontrará una habitación llena de azucenas de todas las especies, de distintos colores y tamaños.
—Despierta hermosa —el desayuno también estaba sobre la cama
—Piero, —eran sus flores preferidas.
—Desayuna, vístete, —con un pétalo acariciaba su mejilla —hoy tengo día libre y quiero que pasemos el tiempo juntos
—Te amo —Ámbar lo lleno de besos
Aquel día fue perfecto de principio a fin, se puse un vestido que el mismo le había obsequia. Fueron al cine y caminar por el parque, Piero era un buen cocinero y a veces se adueñaba de la cocina.
~
El también lloraba cuando las esperanzas de engendrar a un hijo les demostraba que no era digna de ser madre; la recargaba sobre su hombro cada vez que el resultado salía negativo. Jamás escucho un reclamo pues era el dolor de los dos.
Mirar aquel atardecer, pensando en su esposo y lo increíble que era el hecho de que estuviera muerto la hizo llorar a mares con un grito que bramaba. No pudo despedirse, lo último que vivió con él fue una discusión.
Si tan solo se hubiera quedado callada Piero no hubiera estallado de furia, el accidente no se hubiera dado y ambos estarían juntos y felices como siempre.
Pero ella no estaría embarazada. Todo debió suceder así.
Un porche gris se detuvo frente a Ámbar media hora más tarde, era su hermana Elisa quien bajo y la abrazo con mucha fuerza, no podía creer lo que estaba viendo, su hermana estaba viva. Ámbar necesitaba descansar y Elisa lo sabía subieron al auto por esa noche tendría un lugar donde dormir.
