Capítulo 4 Capítulo_4
La casa era muy pequeña, la entrada era solo un pasillo, que se dividía en la mitad una escalera estrecha y el otro espacio conducía a la cocina, justo a mano derecha una puerta ancha que abría espacio a una pequeña salita floreada, era mucho más chica que en la que vivía con Piero, pero parecía ser muy acogedora. Elisa era madre soltera así que hacía lo que podía trabajar y cuidar de su hijo.
Era demasiado tarde para hablar, la cabeza de Ámbar era una maraña de sucesos desordenados como un rompecabezas, lo mejor era que fuera a dormir o era la sugerencia de Elisa.
Al entrar la recibió un pequeño de seis años brindando un fuerte alarido de felicidad
--Tía, has vuelto de la muerte –grita el pequeño que bajaba corriendo por la escalera con una espada de madera, había crecido tanto en tan solo seis meses parecía tener ya casi ocho años. Pero estaba más delgado de lo que recordaba.
--Mírate eres todo un gigante – la cabeza del pequeño estaba cubierta con una tela delgada, al pasear la mano sobre el pequeño la sensación de ausencia de cabello fue notoria.
Ámbar miro a Elisa quien con los ojos rojos a punto de llorar le reveló que el pequeño Dylan estaba enfermo.
—Tía Ámbar paso mucho tiempo, me convertí en un guerrero —Ámbar esbozo una sonrisa forzándose a no quebrar en llanto y abrazar a su hermana.
Dylan parecía ser feliz a pesar de lo que le estaba sucediendo, la fuerza que los adultos no tenían él rebosaba de energía. Era consciente de que debía pelear para ganar, y que quizás ganaría pues tenía tantas fuerzas;
—¿A si, un guerrero? y dígame ¿hace cuanto está peleando? —Elisa tomo a Dylan de los brazos y lo retiro de su tía.
—Poco, pero usted tía tiene el arma secreta, dígame cómo venció a la muerte así yo sabré como pelear para ganar y mamá ya no llorara durante las noches —las mujeres se miraron y Elisa cerro sus ojos —ella cree que no me doy cuenta —susurro el pequeño, creando un dolor en la garganta de su madre.
—Ve a jugar, tía Ámbar necesita descansar Dylan —le pidió su madre
—Va dormir más —cuestiono el pequeño con desaprobación y desanimo.
—Es verdad eh dormido mucho. Así que quizás quiero conversar con tu mami. —Ámbar le dio una caricia a su nariz
—Te llevo a tu habitación ahí estarás tranquila –Elisa dejo que Ámbar le diera una caricia a su hijo y un beso la invitó sin hablar a subir las escaleras al segundo pisos. Dylan salió corriendo con todo el escándalo que pudo armar.
En la parte superior había solo dos habitaciones la de Dylan y la de Elisa
—Déjame quedarme en la sala —Ámbar lo menos que quería era incomodar o desubicar su habitualidad.
—Está bien, no tengo mucho que ofrecerte yo dormiré con mi pequeño tu dormirás aquí. Es mejor para ti.
—En verdad no puedo aceptar yo dormiré abajo…
—Aquí estarás mejor, toma la ropa que necesites date una ducha y descansa. Mañana desocupo una habitación que hay abajo, tú necesitas estar cómoda.
—Podemos dormir juntas —insistió la morena.
—Descansa, hablamos mañana
Era una negativa de Elisa, apenas cruzaron palabra en el camino, Ámbar comprendía que era por la situación, esto no era fácil de asimilar ella estaba muerta o eso creían. ¿Quién se benefició de esto? Y por qué la escogieron a ella.
Elisa y Piero no se toleraban, la relación tan estrecha que tenían se rompió de poco a poco cuando Ámbar se casó, así que fueron contadas las veces en que Ámbar visito a su hermana. Trato siempre de estar del lado de Piero.
Cuando se dio una ducha sintió un enorme descanso y frescura, se recostó en la cama pero no podía conciliar el sueño su pensamiento viajaba entre recuerdos, del cómo es que ambos de cierto modo rompieron con sus familias, para la madre de Piero, Ámbar no era la mujer indicada aun cuando su apellido fuera importante el dinero ya no lo tenía, la veía hacia abajo. Y la familia Grassi se etiquetaba como media-alta, ellos se relacionaban con políticos donde eran invitados a reuniones de gente de nivel alto.
Raffaello tenía una empresa de bienes raíces que cada vez se posicionaban con mejor calidad y mayor número de ventas, según eso decía Angelina la madre de Piero, un día presumieron un auto nuevo que habían comprado, se veía lujoso y muy caro, los Grassi iban para arriba.
Ámbar era una rica en decadencia, pero a Piero eso no le importaba él la amaba.
Elisa detestaba a Piero, no se caían bien. Y para evitar discusiones Ámbar decidió no visitar frecuente a su hermana solo la llamaba por teléfono. Era está la primera vez que ponía un pie en su casa.
Camino por la habitación sin poder conciliar el sueño ni un poco, cuando estaba por amanecer ya estaba en la cocina preparando un buen desayuno. Por lo que sería una buena sorpresa para Elisa.
—Buenos días —con una cara de cansancio, Elisa no había dormido bien
—Te dije que te quedarás en la habitación
—Deja de regañarme —Ámbar era la mayor siempre había sido una hermana regañona.
Ámbar ofreció un desayuno delicioso, unos huevos fritos con papas y cátsup, quizás no era delicioso pero no había mucho de donde agarrar.
Ella comió un pedazo de fruta, tenía tantas preguntas que hacer sobre su pequeño sobrino pero no deseaba incomodar, no encontraba el modo de decirle que estaba esperando un hijo, y sin el apoyo de su esposo ella podría convertirse en un carga y no era justo, los tratamientos de cáncer no eran económicos.
—Quiero ir a verlo —exteriorizo un pensamiento, que era claro iba dirigido a Elisa, está soltó el tenedor y se levantó de la mesa, tomo su plato y lo llevo al lavabo —Necesito despedirme.
—No sé si es buena idea, —respondió sin mirarla —¿Dylan terminaste?
—Si mamá
Elisa recogió el plato
—Ve a vestirte debo llevarte a la escuela vamos corre, corre. —a pesar de su estado el parecía estar bien, como un niño feliz lleno de salud
—Es mi esposo, quiero sabe dónde puedo ir a verlo, llevarle flores, dónde puedo ir a llorarle y pedirle perdón por qué es mi culpa que este muerto.
—¡No Ámbar!, no es así, maldición… —Elisa agachó la mirada, recargando su rostro sobre sus dedos, daba la impresión que estaba ocultado algo –el no merece tus lágrimas, no es el hombre bueno que tú siempre creíste que era, alegre debes estar de que este muerto y tu libre.
—¡Él era perfecto!
—Solo tú te crees esa mentira —contesto Elisa entre risa
—¡Dime dónde está!, solo eso yo iré sola
—Sabes que lo detestaba, sabes que me parecía un maldito cretino, no acudí a su entierro no le llevé una flor. Encendí el estéreo y me puse a bailar...
—Veo que yo tampoco te importe- reclamo Ámbar, ante la ironía de su hermana.
