Capítulo 8 Capítulo_8
Cantaba quedito recostada en la suave cama, la canción de cuna que su madre les cantaba cuando eran unas niñas. Entre más pensaba que estaba por tener un bebé más caía en cuenta. Y entre más pensaba más ilusión le causaba, imagino su carita, sus manitas, debía comenzar a comprar ropa, una cuna, biberones, la emoción creaba en su rostro una sonrisa llena de alegría.
—¿Sera verdad?, ¿Y si solo fue una mentira? pero ¿por qué mentirían?
La única manera de saberlo era con un análisis, antes de continuar con la alegría debía asegurarse..
Su semana comenzó con el pie derecho, llegando siempre puntual, bien vestida y arreglada el cabello recogido en una coleta, una camisa blanca y unos pantalones color negro, recibiendo con una sonrisa y manteniendo una amabilidad establecida que nada ni nadie parecía arruinar aun cuando los comensales empleaban su prepotencia y hostilidad, siempre les dio la razón así no la tuvieran.
Tenía la habilidad para responder en cuestión de alguna duda o insatisfacción del cliente. Todos y cada uno de los movimientos eran revisados con lupa por parte de Carola, mujer que la contrato, antes de poder intervenir en un par de ocasiones Ámbar ya estaba resolviendo el problema.
Su primera semana de prueba paso tan rápido que le pareció un suspiro. Esperaba la llegada de su día de descanso, si nadie quería decirle dónde estaba su esposo ella lo encontraría así pasará todo el día recorriendo tumba por tumba.
Agendo también una cita con un ginecólogo para comprobar su estado y conocer las condiciones en que el bebé se encontraba.
Al final de la semana le dieron un día de descanso, Carola le felicito antes de darle su primera paga.
—Debo reconocer que la impresionó que recibí de ti no fue la mejor en el primero momento pero me has demostrado que nunca debemos juzgar un libro por su portada.
—Tengo razones para ser la mejor —afirmo
—Pues me alegro, incluso el gerente está muy contento con tu trabajo. Le das una singular alegría al lugar, que hasta creo que hemos recibido más reservación desde que tú estás aquí. Y los clientes prometen volver pronto.
—En verdad, ¡no lo sabía!
Ámbar se sintió alagada.
—Mira aquí está tu pago, más un extra por las propinas. Te lo has ganado —Carola le entrego dos sobres
—No sabes lo que esto significa para mí,
Ámbar guardó los sobres en su bolsa, estaba por irse, ese día solo paso al restaurante por su pago.
—Hablando de juzgar libros por su portada —murmuró Carola haciéndola mira hacia la calle-- observa la mujer que viene ahí es Rachele De Santis, tan perfecta y hermosa como la pasta de un libro que te hablara de la belleza interior de una mujer y tan llena de prepotencia, egocéntrica y vanidad que te hace saber que la belleza es efímera y vacía y que posiblemente estés malgastado tu dinero en su adquisición.
Entrando por la escalera del lugar apareció una mujer castaña con unas enormes gafas de sol, un vestido primaveral que le llegaba a los pies, unos tacones de quince centímetros y un andar imitando a una diosa intocable. –Es una insufrible, cree que merece todo y lo mejor. Es hija de uno de los hombres más adinerados de la Italia, deja las mejores propinas por eso siempre se le debe recibir como la reina de Inglaterra.
—Bienvenida señora Rachele, tiene reservación —pregunto Ámbar sin importar nada ella debía ser amable.
—No, pero me imagino que no hay problemas con eso —Ámbar comenzó a negar
—En lo absoluto —se adelantó Carola, —señora para usted siempre hay un lugar reservando pase por aquí por favor
Rachele paso de lado como si Ámbar no existiera, hasta estar en la mesa es que se quitó las gafas del rostro, los ojos celestes destellantes resaltaron encajando en la perfecta obra maestra de un pintor que supo utilizar sus pinceles. Sin duda era una mujer hermosa, el cabello liso largo y en su lugar abundante y sedo, con la piel de porcelana, un maquillaje perfecto y una sonrisa encantadora.
Pero más que esa belleza lo que la hacía lucir radiante era la enorme barriga de ocho meses que elevaba la tela del vestido provocando una cascada de colores. Un mesero llegó para atenderla dándole un menú
—Pon atención Ámbar, hay una lista de clientes que no se les niega una mesa jamás, entre ellos Rachele De Santis. ¿Entendiste?
—Claro que sí Carola lo siento, no volverá a suceder.
—Vas muy bien no lo arruines…
Carola se soltó dándole una serie de recomendación mientras Ámbar dejaba de escucharla y tenía una extraña sanación con respecto a la tal Rachele
No pudo evitar observar de sobremanera a la mujer quien le recibió la mirada devolviéndole una con demasiado desprecio, enarco una ceja y recorrió la vista lentamente sobre Ámbar. Termino con una pequeña sonrisa y volvió la vista a otro lado.
Ámbar sentía una vibra horrible.
***.
La espera en el consultorio del doctor se hizo tensa. Temía malas noticias una desilusión, que todo fuera una mentira.
—Señora Grassi, aquí está el estudio —el médico se dio su tiempo para sacar el papel del sobre, leer detenidamente hasta que alzó la vista. Ámbar espero con las palabras atoradas en la boca. —Bueno señora Grassi, usted está embarazada, si en efecto. —era vedad Ámbar se llevó ambas manos a su vientre quería abrazarlo ya y besarlo. Quería conocérselo llenarlo de cariños y llenarlo de ese rebosante amor que ya pesaba en su corazón
—Pase por aquí por favor vamos a revisar que todo esté bien. –le ordenó él
De inmediato ella se recostó en la camilla, descubrió la zona del vientre
—Esta frío —advirtió el ginecólogo
—¡Huy! —un escalofrío corrió por su cuerpo pero paso rápido
El doctor realizó el monitoreo, en la pantallita se hizo ver la pequeña semillita que estaba formándose dentro de ella. Era increíble era enorme jamás imagino que en cuatro meses ya pudiera ver formados lo que eran sus bracitos y piernitas
—Señora Grassi, por lo que puedo ver todo está perfecto, y tiene usted un bebé muy sano.
—¡Mi amor!
La felicidad la hizo llegar a las lágrimas
Saliendo de ahí tomo un taxi pido que la llevarán al cementerio de Camino of Rosses era el cementerio para personas adinerada o de buena posición económica.
Angelina se consideraba de alta clase era claro que era el lugar de descanso de su hijo.
Recorrió el cementerio, tumba por tumba, entro en la pequeña capilla donde tenían bóvedas en pared, leyó cada nombre pero ninguno era Piero Grassi.
