Capítulo 9 Capítulo_9

Recorrió el cementerio, tumba por tumba, entro en la pequeña capilla donde tenían bóvedas en pared, leyó cada nombre pero ninguno era Piero Grassi.

—Disculpe —Ámbar se encontró con un hombre que parecía ser el cuidador del lugar —¿Podría decirme si en algún de aquí está enterrado el cuerpo de Piero Grassi?

—Soy… era su esposa, yo recién despierto de un coma, me informaron que él había muerto pero su familia no quiere decirme donde está, y ya sabe cómo es una de sentimental. —Se le quebró la voz —. Quiero un lugar donde llorarle llevarle flores despedirme. Conversar con él. —el cuidador le extendió un pañuelo.

—Lo lamento señora Grassi, primeramente por su perdida entiendo el dolor por el que pasa, yo perdí a mi esposa más de cuarenta años. Pero no, nunca he visto el nombre de Piero Grassi en ninguna de estas bóvedas

—No, y ¿en la zona de piso ahí afuera? —Ámbar señaló hacia el cementerio

—No, tampoco los familiares debieron llevarlo a otro cementerio o alguna capilla privada, —Ámbar negó, no tenían a dónde llevarlo de forma privada a menos…

Los pensamientos de que él la hubiese engañado la atormentaron, pero si eso fuera cierto quizás la familia de la amante de Piero tenía un lugar así.

—No, creo que no, de cualquier manera muchas gracias.

El taxi seguía esperándola afuera por petición de ella. No pararía hasta saber que había sucedió con Piero, observaba a la distancia la casa de los padres, todo estaba demasiado tranquilo

Salió de la casa de los padres de Piero, el señor Raffaello su padre, igual de gordo y torpe como siempre, abrió la puerta para ir a hablar con él y exigirle le dijera lo que necesitaba saber. Pero en eso alguien más salió de la casa, la señora Angelina que traía unos papeles que le extendía.

Algo estaban discutiendo pero no era claro que. Ámbar tenía su vista fija en la pareja, parecían mortificados caminaban de un lado al otro. Una persona estaba en la puerta pero había un pilar que no dejaba mirarla bien.

—Querida Angelina  —grito una joven saliendo a buscarla, aquella que estaba de pie en la puerta.

Al darse cuenta de quién era, Ámbar sintió como la sangre se le volvía helada, era Rachele De Santis, la mujer que esa mañana había estado en el restaurante. La mujer que estaba embarazada… ¿de Piero?

¡Era la misma!

La cena se le había enfriado, solo estaba picando las verduras. Nada tenía sentido ella estaba declarada muerta, había un bebé en su vientre, los médicos la querían controlar, ¿Por qué? ¿para qué no saliera a demostrar que estaba viva o para controlar el embarazo?

¿Quién se benefició de su situación?

La idea de que este bebé sería vendido a alguna familia de dinero apareció en su mente hacia unas noches, el nerviosismo del doctor Samuel podía casi olerse, aquella orden de tenerla sedada. Fue usada como una máquina de bebés, su error fue escoger a la mujer más deseosa de ser madre.

Su esposo estaba muerto, Rachele esperaba un hijo de Piero y todo el castillo que tenía formado de su vida junto a Piero se convirtió en arena seca que con un soplo suave se fue abajo.

Dejo caer el tenedor y se hizo atrás en la silla. Cruzó sus brazos con coraje, odiaba admitir ante Elisa que él era una mentira así como dijo hace apenas unos días.

—¿Qué suceder? —pregunto Elisa  —no has probado la comida y te veo molesta.

Dylan comía despacio y en total silencio, eso se lo había pedido Elisa cuando estaban solos. Que casi no hablara con la tía Ámbar.

—Lo detesto, lo odio, es un maldito desgraciado me mintió —la reacción de Ámbar fue muy extraña para su hermana

—¿Que, de quién hablas?

Espero un segundo en silencio antes de provocarle una sonrisa de burla.

—Tenías razón, Piero era una mentira —cuando Ámbar dijo Piero Elisa se relajó y siguió consumiendo su cena.

—Valla así que ya lo descubriste —respondió con mucha frescura. Sus palabras tenían doble filo pero Ámbar no lo entendió

—Me engañaba tenía a otra mujer y eso no es todo, la mujer está embarazada, la vi hoy y es claro por qué Piero se enredó con ella. me niego a creerlo —se levantó quería huir, desgarrar algo quería verle la cara a Piero y partírsela a cachetadas.

—Él te tenía en un castillo, cubierta de fantasías y cuentos románticos jamás viste lo que el realmente era. —algo era verdad, Ámbar sentía que viví el cuento de una princesa.

Estaba siempre al pendiente de mantenerla enamorada así fuera con una pequeña flor, una cena o una baño de caricias, un ataque de poesías. Era tan único, ojalá hubiera sido verdad todo, hubiera seguido bien si ella hubiera podido darle la familia que quería, Ámbar se sintió culpable.

—Una princesa que no le daba hijos es claro por qué busco a otra mujer Elisa

—Dime algo la mujer esa es rica pobre o como tú, con una cuenta para derrochar y desfalcar?

—Ella es muy fina y elegante, es hermosa, más hermosa que yo —Ámbar no podía mentirse. Y decir cualquier otra cosa sería producto de la rabia y el ardor.

Siempre desde que se casó con Piero, busco estar linda bien arreglada bien maquillada y bien peinada, nunca recibió a su esposo en fachas pero la ropa que compraba no era ni la mitad de fina o costosa como el vestido que Rachele usaba, tenían que ajustarse el cinturón, su cabello la mayoría del tiempo estaba seco, se lo hidrataba con recetas naturistas no conseguido jamás tenerlo tan pulcro.

—Es claro unas cosa Ámbar, a Piero no le preocupaba no tener hijos, le preocupaba no tener el suficiente dinero para vivir como rey.

—Hay algo que debo decirte Elisa —Ya era tiempo, su barriga era notoria solo si Elisa la hubiese mirado detenidamente, pero en una o dos semanas ya era imposible cubrirse

—¿Que sucede?

Ámbar no hizo ningún rodeo.

—¡Estoy embarazada! —las palabras fluyeron en clama y se sintió bien cuando al fin logro decírselo.

—¿De qué demonios estás hablando? —siempre cuidaba su lenguaje delante de Dylan pero con Ámbar era imposible no alterarse

—¿Vas a tener un bebé tía? —Elisa le hizo la señal de silencio a Dylan colocando su dedo en la boca

—Pues eso, estoy esperando un hijo  —Elisa sintió que se le había quitado el apetito

—Mi amor, es hora de que vallas a dormir, sube ponte la pijama ¿sí? ya te alcanzo.

El pequeño sabía que ahora hablarían cosas de adultas y que no debía escuchar, también sabía que su madre estaba algo molesta ahora. Solo que se preguntó por qué a su mamá le preocupaba que su tía fuera a tener un hijo, es lo más natural, pero no tenía permiso hacer preguntas.

—A mí sí me da mucho gusto tía, yo voy a jugar con él. —dijo el pequeño antes de salir de la cocina.

—Gracias mi amor, estoy segura que serán muy buenos amiguitos —Ámbar lo abrazo con dulzura antes de que el saliera corriendo a su habitación.

—¿Como?, ¿De quién? —inicio un interrogatorio.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo