Su majestad

—Su Majestad, no es necesario. Puede ver que ella dijo que no debería molestarme —dijo Mia a regañadientes.

—Pero insistí —dijo él con vacilación, y ella gruñó enojada.

—Sí, lo sé, pero volví antes —murmuró.

—Bien, ambos necesitan ser disciplinados como la luna de esta manada. Me voy a mi habitación...

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