Capítulo 1 Capítulo 1

Amber

—Quédate quieta, Amber.

—Estoy quieta.

—Estás respirando con demasiada agresividad.

Esos alfileres iban a ser mi muerte; mi mamá estaba intentando matarme con ellos mientras trataba de arreglarme el vestido.

¿Por qué no podía ser por las brutales sesiones de combate a las que me había estado colando desde que tenía doce años?

En el espejo, me crucé con la mirada de mi hermana, Jolene, y articulé “respirando con demasiada agresividad” con la expresión más ofendida que pude. Ella apretó los labios, luchando contra una sonrisa, y apartó la vista antes de que Mamá se diera cuenta.

Mi madre me había obligado a ponerme un vestido de seda color marfil con bordado dorado en el dobladillo, un escote que mi padre había aprobado personalmente por considerarlo modesto y apropiado para una primera presentación.

Me hacía ver exactamente como se suponía que debía verme esta noche.

Había heredado de mi madre, Lena, el cabello oscuro y ese tono particular de ámbar en los ojos, pero ahí terminaban nuestras similitudes. Ella llevaba con naturalidad su papel de esposa del alfa y hacía que pareciera fácil.

Yo jamás había soñado con ser Luna ni la esposa de nadie.

—Papá me lo prometió. —Me aparté del espejo porque ya no soportaba verme con ese vestido—. Hace dos años me prometió que, si entrenaba lo suficiente, si demostraba mi valía, me dejaría entrenar como guerrera. He dejado atrás a todos los omega de esta manada. He derrotado a tres guerreros con rango de nuestra manada en combate de práctica. A Garrett ya ni siquiera le gusta darme la mano porque la primavera pasada le rompí dos dedos…

—Amber. —Su voz fue suave, pero firme—. El alfa de la manada Crestmoor viene esta noche con su hijo. Una alianza mediante matrimonio protegería a miles de miembros de nuestra manada. Tu padre te está pidiendo que cargues con parte de ese peso. ¿Es tan terrible?

—Entonces ¿por qué no puede dejarme hacerlo peleando a su lado?

Habría seguido despotricando de no ser por los gritos repentinos que desgarraron el ambiente.

—¡Amber, espera!

Pero yo ya iba a toda velocidad hacia la puerta, desgarrando el dobladillo bordado de mi vestido mientras corría, y aterricé de lleno en el caos.

—¡¡Permanezcan adentro!!

Los cachorros corrían asustados, y vi a un grupo desconocido abrirse paso a través de nuestro muro exterior, directo hacia mi hogar, mientras papá y los demás estaban al otro lado de la frontera, esperando para dar la bienvenida a nuestros invitados.

¡Nos estaban atacando unos renegados!

Agarré lo primero que encontré: una lanza decorativa del soporte de pared junto a la entrada del gran salón, y me lancé hacia adelante.

Los siguientes treinta minutos se volvieron un borrón mientras intentaba pelear y el estúpido vestido no dejaba de amenazar con enredarse en mis rodillas, y en algún punto del caos terminé con la sangre de otro renegado sobre el pómulo.

Logré detenerlos en el mismo salón, sin dejar que entraran para lastimar a mi familia y a los demás miembros de la manada.

El vestido marfil estaba cubierto de sangre y de mi sudor; el dobladillo, hecho jirones cuando arranqué un pedazo para poder moverme mejor.

Sonreí, triunfante, pensando que ahora sí era el momento en que mi padre por fin me entendería.

Estaba catastróficamente equivocada.

Me giré para enfrentar a mi padre, que entró acompañado de dos guerreros con rango, con una expresión sombría.

Sus ojos recorrieron el pasillo, registrando toda la carnicería, antes de posarse por fin en mí.

—Se te dijo —dijo— que te prepararas para la llegada del alfa.

—Salvé a mamá y a Jolene… Había cachorros en el pasillo oeste —razoné.

—¡Desobedeciste una orden directa otra vez!

—Elegí a los cachorros por encima de la orden, y volvería a tomar la misma decisión.

—Basta.

Los guerreros a su lado se estremecieron.

Mi padre me miró durante un largo momento, dejando que su mirada decepcionada recorriera la lanza en mi mano y el vestido de marfil arrugado, empapado de sangre.

—Tú crees —continuó, como si yo no hubiera hablado— que porque vives en esta manada, bajo mi techo y mi protección, estás lista para la guerra de verdad. —Sus ojos ardían de ira—. Crees que entiendes lo que significa ser una guerrera.

—Yo…

—Esta noche peleaste contra renegados asustados en el pasillo, que se desesperaban por huir de nuestra patrulla fronteriza.

Convenientemente, ignoró que yo era la única que seguía en pie entre esos renegados.

—¿Quieres la vida de una guerrera? Bien.

Mis esperanzas se alzaron antes de que soltara el ultimátum.

—Te voy a enviar a la Academia Silvercrest para que te entrenen y te conviertas en una.

Mi mamá soltó un jadeo detrás de mí y Jolene me tiró del codo. No estaba segura de en qué momento habían llegado, pero pude ver muchos más ojos observándonos.

Todos sabían que la academia era un lugar adonde enviaban a los futuros líderes de manada y guerreros para quebrarlos y reconstruirlos… o para que los mataran. No era una escuela, sino una forja.

—Asistirás a esa academia como una humana común, no como la hija de un alfa —continuó mi padre con el mismo tono duro—.

—Sobrevivirás un año en la academia. Y si lo consigues, entonces podrás decirme que me equivoqué al mantenerte con vestidos.

—Mark, por favor. —La voz de mi madre estaba cargada de pánico—. La haré cambiarse por un vestido nuevo. Solo protegió a los cachorros, no puedes simplemente enviarla lejos.

—Ya tuve suficiente —la interrumpió papá—.

—He tolerado sus tonterías durante años, pero ya es hora de que enfrente los peligros reales fuera de la protección de esta manada. Que aprenda. Que la academia le enseñe cuánto cuesta una guerra de verdad. Si logra sobrevivir sin nada más que lo que ella es, podrá convertirse en guerrera en esta manada.

No era “cuándo”, era “si”.

Casi no había guerreras en nuestra manada, pero había oído que unas pocas lo habían conseguido en otras manadas de todo el reino de Zephyron, gobernado por cinco alfas. Aunque el número era menor a diez.

El pasillo estaba tan silencioso que podía oír los latidos de mi propio corazón.

—O podría disculparse y prometer que nunca volverá a tocar un arma, y olvidaremos que esto ocurrió.

Mi mamá me miró con desesperación, suplicándome que me doblegara a su voluntad.

Pero prefería morir antes que volver a ser exhibida como una esposa trofeo.

Miré a mi padre, a ese hombre ante el que pasé dieciocho años intentando demostrar mi valor; ese hombre que me veía de pie en un charco de sangre enemiga y aun así me miraba como si yo fuera un problema que había que manejar, y enderecé la espalda.

—Iré a la academia —dije de nuevo—. Como una don nadie. Sobreviviré un año en la academia. No tartamudeé ni me trabé como él creía que lo haría—. Y cuando regrese, no tomarás ninguna decisión sobre mi vida.

No era “si”, era “cuándo”.

Mi madre se deshizo en un ataque de sollozos, abrazando a Jolene, que no podía entender qué estaba pasando.

Los ojos de mi padre no vacilaron. Me buscó en el rostro alguna señal de duda, y yo busqué en el suyo aunque fuera un destello de afecto. Ninguno de los dos encontró lo que estaba buscando.

—Empaquen sus cosas.

Se dio la vuelta y se alejó sin siquiera dedicarme una última mirada.

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