Capítulo 6 Cierre de un ciclo.
Capítulo 6.
Cierre de un ciclo.
Tras la ceremonia, la atmósfera se vuelve puramente de negocios. Mientras los invitados brindan con champaña en la terraza, Lucero es arrastrada por su padre hacia un área apartada del jardín.
—Invéntale una excusa, lo que sea, pero hoy no puedes irte con él —sisea Arturo de forma amenazante—Si quieres esas joyas, tendrás que traspasarme primero los derechos de las acciones que te otorgaron. Si no lo haces, no verás ni una sola piedra de las reliquias de tu madre.
—Ese no fue el trato, padre.
—Lo es ahora. ¿Qué creías, que bastaba con que te casaras? Haz lo que te digo.
Arturo se aleja, dejando a Lucero sola e inquieta, sumida en una tensión constante. De pronto, la presencia de Ricardo corta el aire a sus espaldas.
—Ya quiero irme. Despídete y vamos por tus cosas —ordena él con fingida simpatía para mantener las apariencias ante los invitados.
—Lo siento, yo… necesito unos días para organizar algunas cosas aquí, si no le molesta.
Ricardo la observa un segundo, captando el trasfondo de su incomodidad, pero decide no indagar.
—Para nada, tómate el tiempo que necesites. Yo me retiro en cuanto termine la recepción. Arreglaré tu llegada con mi madre.
—Se lo agradezco.
Una vez terminada la farsa de la boda feliz ante los presentes, Lucero, acompañada por su padre, se despide de su ahora esposo.
—Le deseo un buen viaje, joven Montenegro.
—Nos vemos en unos días, Lucero.
Ella sube al auto y lo observa mientras se aleja. En cuanto a Ricardo, la mirada fija de su madre lo condena de inmediato.
—No me mires así, madre. Ella fue quien decidió quedarse. Yo tengo algunos asuntos que resolver y no puedo esperar a que solucione los suyos.
—Deberías esperarla. Es tu deber.
—Sí, bueno, tenemos mucho tiempo por delante para estar juntos. Me voy, madre.
—Ricardo, sé que no voy a convencerte de que te quedes. Solo… te pido que le des una oportunidad. Esférzate por conocerla, no es una mala mujer. Prométeme que lo vas a intentar.
—Sí, te lo prometo, madre. Tranquila, ¿de acuerdo?
—Está bien, Ricardo. Mantente alerta, te avisaré cuando ella parta hacia allá.
—Sí, sí, estaré pendiente. Adiós, madre.
Horas después
Ciudad de México.
En la hacienda Montenegro, hay un despliegue de excesos que haría palidecer a cualquiera. Ricardo se tambalea en el centro de su sala de estar, rodeado alcohol y una música que no se detiene. Para él, esta es su verdadera “luna de miel”.
—¡Traigan más tragos! ¡Tenemos que celebrar que el heredero ahora es un hombre respetable! —ruge Ricardo, con la voz cargada de una ironía ebria mientras levanta una botella.
Su grupo de amigos ríe, y varias mujeres cuyos nombres no recordará al amanecer se cuelgan de sus hombros; sin embargo, en el fondo de sus ojos oscuros no hay alegría, solo un vacío punzante. Se desploma en el sofá, cerrando los ojos por un instante. La imagen de Lucero en el altar, su belleza y esa dulce mirada, cruza su mente como una tormenta.
—A la salud de la nueva señora Montenegro —murmura para sí mismo antes de desplomarse.
Dos días después.
Chicago-Estados Unidos.
El despacho de Arturo Aponte es un espacio cargado de opresión. Lucero permanece de pie frente al escritorio, sintiendo que el nudo en su garganta le quita el aire.
—Tienes que firmar esto ahora —exige Arturo, deslizando un documento sobre la mesa— Es el traspaso de las acciones que los Montenegro te cedieron. Si quieres las reliquias, firma para otorgarme el control total.
Lucero observa el papel con la vista nublada. Los Montenegro, en un acto de generosidad que ella no esperaba, le habían otorgado una parte de sus activos para asegurar su independencia. Y ahora, su padre se la arrebataba con la misma frialdad con la que la sometía a sus caprichos.
—Firmaré, pero antes quiero ver las reliquias de mi madre.
Arturo se mueve con parsimonia, saca una pequeña caja de madera de su bolsillo y la arroja sobre el escritorio. Lucero la abre con dedos torpes. Dentro hay un brazalete de plata antigua, pero falta el dije central y los pendientes que lo acompañaban.
—¿Dónde está el resto? —pregunta ella con el corazón encogido—Falta el collar… y los pendientes de esmeralda.
Arturo suelta una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humanidad.
—Tuve que vender las piedras hace un año para cubrir las pérdidas de la empresa. Lo que queda es ese brazalete. Si quieres el collar de oro que era de tu abuela, firma. No antes.
Lucero observa la pieza incompleta en sus manos. Es un símbolo de su propia vida: fragmentada, vendida por partes al mejor postor. Las lágrimas caen sin control, empañando su mirada.
—Eres un monstruo —susurra ella.
—Soy el hombre que te está dando un apellido que vale millones —responde él, tomándola bruscamente del mentón.
—No, no es así. Eres un ladrón —sisea ella.
Lo siguiente que siente es una bofetada fulminante que le tuerce el rostro y la hace desplomarse contra el borde del escritorio, golpeándose con fuerza el hombro. Lucero cae al suelo; las lágrimas ruedan por su mejilla y un sabor metálico y amargo llena su boca.
—Me respetas. Yo soy tu padre y esto es lo mínimo que me debes por los años de cuidados en esta familia —brama Arturo, intimidándola desde arriba— Firma antes de que te saque los dientes a golpes, infeliz desagradecida.
Temblorosa, Lucero se incorpora lo suficiente para tomar la pluma. Cada trazo de la tinta es un clavo más en su ataúd emocional; el dolor de los años de maltrato físico y psicológico la devasta por completo. Al terminar, Arturo saca un collar de oro viejo con un camafeo desgastado y lo suelta sobre la mesa como si fuera basura.
Lucero lo toma con manos temblorosas, apretándolo contra su pecho. Es lo último que le queda de su madre y lo único que realmente atesora. Sabe que para su padre ella nunca fue más que una transacción monetaria para asegurar la opulencia de su nueva familia. A ella jamás la quiso ni la querrá, porque representa el pasado que él tanto desea ocultar. Sin embargo, aunque el matrimonio con Ricardo represente el inicio de un cautiverio desconocido, también es la llave para escapar de este infierno. Hoy, por fin, será libre de ellos.
En ese momento, la madrastra entra apresurada al despacho, con el rostro desencajado por la sorpresa al ver la escena.
—Arturo, ¿acaso has perdido la razón? Los Montenegro la están esperando. ¿Qué van a pensar cuando la vean herida?
—Ella tiene que entender que yo soy la autoridad aquí —responde Arturo, acomodándose el saco— Sácala de aquí. Ve, cúrala y entrégala. Ya no la necesitamos, que se vaya.
Lucero se levanta con dificultad, tambaleándose por el dolor físico y emocional. Mientras la guían fuera como si fuera un estorbo, guarda con recelo las piezas de su madre en la cajita de madera y toma sus pertenencias. Afuera, el chofer ya la espera con la puerta del auto abierta para escoltarla hacia su nueva vida.
