Capítulo tres

Abril

Gloria volvió a sacar la lengua mientras suturaba con cuidado la primera frente de la noche. El hombre estaba siendo un bebé increíble al respecto. No se quedaba quieto y, a pesar de que ya le había puesto dos dosis de morfina, seguía llorando y moviendo la cabeza de un lado a otro. Se detuvo y se sopló un mechón de pelo que le caía sobre la cara.

Era su segunda semana trabajando en el club de la familia Accardi en Nueva York. Era su primer día trabajando sin un supervisor vigilándola. Cada noche tenía, como mucho, veinticinco combates. Eso significaba veinticinco hombres a los que tenía que atender. Ese triste ejemplo de macho era el décimo de la noche. Todo apuntaba a que le esperaba un turno largo.

Había descubierto antes de terminar su primera noche que había dos tipos de hombres que peleaban en el club: niños ricos empujados al ring por amigos borrachos, o hombres que no estaban jugando. El último hombre al que había atendido tenía un dedo roto que ella tenía que entablillar, además de los párpados tan hinchados que él insistió en que se los abriera con el bisturí. Después de aliviar la presión en sus ojos, él se quedó mirando al oponente contra el que había perdido desde el otro lado del salón. No lloró, no se estremeció; calculó exactamente en qué se había equivocado y ya estaba planeando su próxima pelea. Como solía hacer con quienes no se comportaban como niños pequeños, le había dado una pequeña ventaja, susurrándole que el oponente contra el que había perdido había sido tratado por un tirón en la ingle la semana anterior y seguía adolorido de la pierna derecha. Esto le valió a Gloria una sonrisa lenta y un asentimiento antes de que el hombre se deslizara de vuelta entre la multitud como una figura en sombras.

Gloria intentó una vez más pasar la aguja con el hilo por la piel del perdedor que tenía ahora en su estación, cuando él lanzó la mano, golpeó su muñeca y hizo que la aguja cayera al piso… otra vez.

—Ya estuvo —soltó entre dientes—. Al suelo.

—¿Q-qué?

—Me escuchaste, siéntate aquí —dijo, señalando el piso frente a la silla como si le indicara dónde sentarse en tiempo fuera por treinta minutos. El hombre encogió los hombros mientras miraba alrededor, completamente avergonzado—. Te noquearon en el primer asalto. Créeme, esta noche ya no puede ponerse más vergonzosa para ti.

—Mira, perra —dijo el hombre, señalándola con el dedo.

—¿Perra? —repitió.

Agarró las suturas que ya le había puesto en la frente y las torció. Las rodillas del hombre cedieron de inmediato y se desplomó al piso. Gloria se sentó rápido en la silla que él acababa de dejar, le rodeó el cuello con los muslos y apretó. Las manos del hombre golpeaban contra sus muslos mientras ella le cortaba el suministro de aire. Sus piernas se retorcían, buscando apoyo. Ella bloqueó a las personas a su alrededor y se mordió la lengua mientras terminaba rápido su trabajo en la frente. Cortó los extremos del hilo y lo soltó. El hombre cayó hacia adelante y aspiró una enorme bocanada de aire.

Gloria se quitó los guantes y se limpió el sudor de la frente.

—De nada, imbécil —dijo, escupiendo en el piso junto a él.

Escuchó aplausos y se dio cuenta de que había llamado la atención de todos alrededor de la estación de enfermería. Sonrió con timidez y se apartó un mechón de pelo de la frente. Entonces sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca. La misma sensación se deslizó por su piel, la que había sentido desde la primera noche que empezó a seguir a la enfermera jefe, Valorie. La estaban observando. Miró por encima del hombro y hacia arriba. Gloria se quedó helada cuando sus ojos se encontraron con los que la habían estado acechando en sueños durante la última semana.

Corre. Eso fue lo que pensó en el momento en que lo vio por primera vez. No era por las decenas de tatuajes que le cubrían la piel ni por la cicatriz en la mejilla. No era por la forma en que la multitud se apartaba de él como si fuera un tiburón hambriento atravesando un banco de peces. Ni siquiera era por la manera en que le sonreía a alguien como si estuviera imaginando su muerte, hasta el orden de los instrumentos que usaría para arrancarle la piel de los huesos.

Eran sus ojos: pozos oscuros como las partes más profundas de la fosa de las Marianas que nadie había descubierto. En esos instantes fugaces en que sus ojos se conectaban con los de ella desde el otro lado del club, se quedaban ahí, como si estuviera calculando cuánto tiempo le tomaría arrastrarla hasta esas profundidades. Le hacía que algo se le enroscara por dentro, cálido, de una forma que nunca había experimentado antes.

El hombre misterioso la observaba desde el nivel VIP. Uno de sus pies, enfundado en botas de combate, descansaba apoyado en la baranda mientras él se inclinaba sobre ésta con los antebrazos. En la mano tenía un vaso de whisky a medio terminar, que hacía girar lentamente. Ella no apartó la mirada como los demás. En cambio, se descubrió cayendo en esos ojos oscuros, rodando una y otra vez hasta que empezó a darse cuenta de que en algún momento tenía que tocar fondo… ¿no? Él esbozó una sonrisa ladeada, un peligroso levantamiento de su labio por un lado. Alzó el vaso, dio un sorbo y se separó de la baranda. La multitud a su alrededor lo engulló por completo y ella se vio obligada a pestañear. Echó un vistazo a su estación y soltó un gemido cuando notó a dos hombres nuevos esperando para ser atendidos.

Menos de diez minutos después, Nora apareció para avisarle que ya podía tomarse su descanso. Gloria suspiró y lanzó sus guantes usados al bote de basura más cercano. Las dos mujeres agitaron la mano con desdén hacia los hombres hechos y derechos que lloriqueaban en la fila esperando que los curaran. Si esperaba a que la fila se deshiciera, terminaría trabajando todo un turno de ocho horas de pie. Nora la guió a través de la multitud bulliciosa mientras hombres y mujeres gritaban movimientos como si los peleadores pudieran escucharlos o siquiera les importara.

La música fue apagándose mientras entraban al pasillo del personal que se alejaba del bar. Nora y Gloria entraron a la sala de descanso de empleados. Las “trillizas”, tres meseras que estaban pegadas a la cadera y siempre trabajaban los mismos turnos, estaban inclinadas sobre la mesa, desplazándose por una de sus cuentas de redes sociales. Tina, la principal casa de apuestas del club, estaba en su mesa habitual en la esquina, calculando el dinero que habían hecho hasta ese momento de la noche.

Nora se dejó caer en una silla junto a Rita, la otra chica bajo su cuidado. Gloria le dio un asentimiento a Rita mientras se sentaba y sacaba su deprimente sándwich de mantequilla de maní con mermelada. Dio un mordisco y, por un momento, su mente se fue a las cenas que solía tener cuando aún vivía bajo el pulgar de su padre. El hombre era un abusivo, alcohólico y narcisista, pero tenía un gusto excelente para los chefs, y Larry era el mejor de todos.

De pronto, Gloria tuvo la sensación de que estaban hablando de ella. Alzó la vista y vio a las trillizas mirándola y susurrando.

—Voy a preguntarle —dijo Teresa, asintiendo con decisión.

—Deja en paz a la pobre chica nueva —dijo Betty, negando con la cabeza mientras se terminaba la sopa.

—¿Qué? —preguntó Gloria, alzando una ceja en desafío.

Teresa apoyó los codos sobre la mesa y se acomodó.

—Todas nos preguntábamos si hay algún chico que te tenga interesada, Lilah —dijo, levantando las cejas varias veces en señal de pregunta.

—¿Yo? Oh, no, yo sólo estoy aquí para trabajar —respondió, tirando de su camisa de enfermera para enfatizarlo.

—Oh, por favor —dijo Ruby, rodando los ojos—. Es uno de los m&m.

—¿Uno de los qué? —preguntó Gloria.

—Hombres de la mafia —explicó Betty.

Todas supieron de inmediato a qué hombres de la mafia se refería. Era el peligroso grupo de hombres que rodeaban al señor Accardi dondequiera que caminara. Estaban el propio Accardi, su segundo al mando, su guardia, el gerente del club y su contador.

—Qué, pfft, no —dijo Gloria, mirando de nuevo su plato.

—La he visto embobada mirando al grupo toda la semana —confirmó Ruby.

—No te metas con Accardi —advirtió Nora, como si Gloria alguna vez pudiera tener oportunidad con un hombre como él.

—Ni con Leo, él es leal hasta los huesos a su esposa —informó Teresa.

—Louis está bastante dominado —dijo Ruby.

—Yo no…

—Marco es un cerdo —añadió Ruby. Todas las mujeres alrededor asintieron y gimieron en señal de acuerdo.

—¿Y el otro? —preguntó Gloria cuando todas volvieron a sus cenas como si ya los hubieran enumerado a todos.

—¿El otro? —repitió Teresa.

—Sí, el de todos los tatuajes —dijo Gloria, agradecida de no ser de las que se ruborizan fácilmente.

Todas se miraron entre sí.

—Ah, Frankie —dijo Ruby demasiado alto.

Los ojos de Gloria se abrieron por la sorpresa y resistió el impulso de mirar por encima del hombro. Mantente tranquila. No dejes ver nada.

—Mírame —dijo Nora, inclinándose sobre la mesa y abriendo los ojos lo más que pudo—. Mira, ¿estás mirando? —preguntó, señalando sus propios ojos con dos dedos.

—Eh, ¿sí? —respondió Gloria.

—Mantente. Bien. Lejos. De. Frankie. Donati —ordenó Nora.

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