Capítulo treinta y cuatro

Los ojos de Gloria se alzaron, pesados y entrecerrados, nadando en el deseo de reavivar lo que había tomado la noche anterior. Se humedeció los labios.

—No estoy tan adolorida.

Él soltó una risa.

—Estás demasiado adolorida para lo que tengo pensado hacerte.

—¿No crees que debería tener voz y vot...

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