TREINTA Y TRES

La mujer frente a mí me miraba con una sonrisa burlona en su rostro. Sus ojos estaban fijos en mí. No podía moverme. Estaba congelada. No creo que lo que acabo de ver sea real. No puede ser. ¡No puede ser!

—¿Por qué estás aquí?— apreté el puño mientras rechinaba los dientes.

—Yo debería ser la que...

Inicia sesión y continúa leyendo