Capítulo 2 El aroma de ella
Blake
Hoy empezó como cualquier otro día.
Fui a la escuela, jugué hockey, volví a casa y saqué a Lex para que corriera. Un día típico, ¿no?
No.
Algo ha estado raro todo el día. Lex ha estado nervioso, inquieto… moviéndose sin parar, como un perro con una correa que no quiere llevar. Sigo esperando que algo salga de las sombras y me muerda. No sé qué es, pero la sensación me roe, como una comezón a la que no puedo llegar.
No puedo quitármela de encima.
No pude concentrarme en clase. Mi manejo del puck se sentía torpe; en cada tiro que hice en el entrenamiento, iba medio paso tarde.
Y luego, cuando me moví para dejar que Lex corriera, casi me hizo perder el equilibrio e intentó tomar el control de la carrera. Quería arrastrarme fuera del pueblo, lejos de todo. Me tomó toda la fuerza jalarlo de vuelta, detener el tirón de lo que sea que lo tiene alterado.
Ahora estoy sentado en el patio trasero, con una parrillada a medio hacer extendida frente a mí. El olor a bistec y salchichas ya debería haberme hecho lanzarme sobre la comida. Demonios, debería estar peleándome con mi papá por el pedazo más grande, como lo haría cualquier alfa en crecimiento.
¿Pero hoy?
Solo me revuelve el estómago de una manera que no tiene nada que ver con el hambre.
—¿Todo bien? —pregunta papá, extendiéndome un plato con carne.
Tiene el ceño fruncido, los ojos recorriéndome como si intentara entender por qué no estoy devorando la comida como siempre.
Pero no puedo enfocarme en eso. No cuando esta maldita sensación no me deja en paz.
Niego con la cabeza, pasándome una mano por la cara. —No lo sé. Algo no está bien.
Mi voz suena espesa, como si estuviera intentando tragármelo todo y fracasara.
Papá no insiste; deja el plato sobre la mesa y acerca una silla. El murmullo habitual del resto de la familia se apaga a medida que baja la voz, lo justo para que yo lo escuche.
—¿Qué pasa? ¿A qué se parece?
Me froto el pecho, como si eso fuera a hacer que se detuviera, pero no sirve. No puedo sacudirme la inquietud… la frustración que me carcome.
—Es… no lo sé. Es esto que no se va. No puedo quedarme quieto. No puedo controlar a Lex. No puedo… —Tomo una bocanada de aire, frustrado, y levanto las manos—. No puedo pensar con claridad. Es como si me faltara algo, pero todavía no sé qué es.
Papá me observa con un gesto pensativo. Nunca ha sido de sacar conclusiones precipitadas, pero lo conozco lo suficiente como para ver la preocupación formándose detrás de sus ojos.
Sea lo que sea, es más que un mal día.
Algo se acerca.
Solo que no sé qué.
Observo cómo se le vidrian los ojos y su atención se vuelca hacia adentro. Un cambio sutil en su expresión me dice que está enlazándose con la manada. Su voz atraviesa mi mente, clara y autoritaria, mientras transmite el mensaje.
«Manténganse alerta», dice, con un tono firme pero urgente, mientras el alfa en él toma el control. «Blake siente que algo no está bien. Quiero una rotación completa de la frontera de la manada y un informe. No dejen nada sin revisar».
Atrapo la mirada que me lanza, un entendimiento entre los dos: su manera silenciosa de decir que confía en mí, aunque yo todavía no termine de comprender qué está pasando.
Le dedico media sonrisa y un asentimiento para reconocer la orden, aunque la inquietud que me ha estado royendo no termina de aflojar. Él me devuelve el gesto, pero hay algo en su mirada que se queda un instante de más, un hilo de preocupación, antes de encajarme el plato en las manos.
—Come —dice a modo de orden suave—. Pronto averiguaremos qué es.
Me quedo mirando el plato entre mis manos; su peso me mantiene quieto un momento, pero no logro sacudirme la sensación de que algo se acerca. De que lo que sea que esté allá afuera está más cerca de lo que creo.
Asiento otra vez, más para mí que para él, intentando concentrarme, intentando ignorar el zumbido al fondo de mi mente.
La manada está en alerta, y solo es cuestión de tiempo antes de que averigüemos qué está pasando en realidad.
Una respuesta regresa a través del vínculo apenas diez minutos después.
«Dos aromas ajenos en el bosque del este. Pero el rastro está por todas partes; no tiene una estructura real».
Vuelvo a presionarme la mano contra el pecho.
¿Aromas ajenos?
¿Así de cerca del pueblo?
Miro hacia los árboles que bordean el límite oriental de la propiedad. Están quietos, pero incluso ese silencio se siente demasiado ruidoso ahora. Los aromas que no son de la manada no aparecen sin más, no en nuestro territorio. Los lobos deberían saber cuándo han pisado territorio de una manada. Deberían venir a presentarse.
Aparto la vista de los árboles y sostengo la mirada de mi papá. Está recargado en el marco de la puerta, con una ceja alzada.
—¿Quieres ir a echar un vistazo? —pregunta, con un tono cortante, bajando la voz lo justo para que nadie más lo oiga.
Ya estoy de pie antes de que termine la frase.
Me abro paso entre la línea de árboles y dejo que Lex tome el control.
Síguelos, le digo.
Las patas de Lex golpean el suelo con un ritmo veloz, su energía crepitando bajo mi piel. En cuanto entramos al bosque del este, el aroma me golpea el alma con su dulzura: fresa y crema.
Es tan intenso que puedo saborearlo en el fondo de la lengua.
Lex se detiene en seco, alza el hocico hacia el cielo y suelta un aullido ensordecedor, desesperado por reclamarla.
Compañera. Compañera, compañera, compañera.
Lex repite la palabra una y otra vez, su mente tan estruendosa que casi no puedo oír mis propios pensamientos. Sus patas escarban la tierra, el hocico pegado al suelo, siguiendo ese aroma dulce, embriagador. El corazón me martilla, un latido furioso que acompasa el ritmo de la zancada de Lex mientras sigue el rastro.
Mis sentidos están afilados, pero el aroma se retuerce de formas que no tienen sentido. Las huellas se devuelven sobre sí mismas, se desvían, entran y salen, como un laberinto que no puedo resolver.
Encima de eso, está mezclado con otro olor, uno masculino. Intento no quedarme en ese detalle; estoy seguro de que mi compañera me habría esperado.
Me esfuerzo por mantener el paso, pero la emoción de Lex es demasiado, jalándome en todas direcciones. El pecho me duele, con el tirón cada vez más fuerte, pero cada vez que creo que estamos más cerca, el aroma desaparece en otro bucle confuso.
La frustración me quema por dentro, pero una certeza se asienta muy hondo, apartando cualquier duda.
Mi compañera está aquí. En mi pueblo. Cerca de mi manada. Está aquí. En algún lugar.
Regreso a la casa después de horas siguiendo un aroma que no logro rastrear, con esa sensación en el estómago imposible de negar.
Ya no hay forma de equivocarse.
Está cerca.
