Capítulo 4 Aclaraciones
—¡No tengo expediente policial! —exclamó Brianna ofendida.
—Ya lo sé, eso me tranquiliza. Si hubieses tenido, aunque fuese una pequeña mancha, jamás te habría dicho nada —reveló Trevor.
Ella se irguió, tratando de controlar sus arrebatos y lo miró con suficiencia.
—¿Y ser un poquito mala no le pondría más picante al asunto?
Él la observó impactado. Brianna hizo aquella pregunta asumiendo una postura y un tono pícaro que en su rostro angelical producía un gran contraste, uno que a él le gustó.
Una vez más la visualizó en su cama, desnuda, siendo traviesa e implacable. La sangre le ardió en las venas y tensó su cuerpo provocándole un leve estremecimiento.
Se regañó internamente por esos pensamientos y se obligó a apartarlos de su mente, al menos, mientras se encontraban en público.
—La verdad, es que sí, pero prefiero ser precavido —reveló sonriente.
Brianna también sonrió, aunque pronto recuperó su seriedad y se puso rígida.
—¿Y qué otras cosas… averiguaste de mí? —consultó inquieta.
—Que eres una buena chica, sin prontuario policial y con las mejores calificaciones, tanto en tu colegio y como en la universidad. Te graduaste con honores. —Ella asintió, sin poder evitar que la tristeza le empañara el rostro. Luchó por tener la mejor formación académica, pero nunca pudo desarrollar su carrera profesional—. Tus notas y el trabajo que hiciste como pasante para el departamento de protección familiar del estado te califica como una excelente abogada de familia, pero supongo que no pudiste dedicarte a la abogacía por la repentina muerte de tu padre, la enfermedad de tu madre y tu embarazo.
Los ojos de Brianna se llenaron de lágrimas de pesar. Aquellos tres golpes le llegaron al mismo tiempo, así como otros que acentuaron el dolor y la agonía que tuvo que vivir durante meses antes de reponerse y luchar por los amores que aún quedaban a su lado: su hijo y su madre.
Su padre, al enterarse del terrible diagnóstico de su esposa, se deprimió y bebió de más antes de salir de su oficina. Temía no encontrar el dinero suficiente para evitar perderla, muriendo al chocar su auto contra un árbol por culpa de la borrachera.
—Fueron tiempos muy difíciles.
—Por eso te elegí. Una persona que haya pasado por tanto y sea capaz de dedicarse a trabajar en un oficio distante de su carrera profesional, para así brindarle seguridad a su hijo y asegurar la salud de su madre es admirable. Me gusta la gente que nunca se rinde.
Ahora Brianna sintió vergüenza. Sí se rendía, hubo momentos en su vida en que fue una cobarde y prefirió huir que enfrentar la tormenta.
—Hay mucho que no sabe de mí —dijo con tristeza, pero Trevor lo que hizo fue mirarla con mayor admiración.
—Esa será la parte divertida de nuestro matrimonio. ¿No crees?
Ella sonrió, pero pronto ambos retomaron la seriedad. Ninguno debía olvidar que aquello sería un matrimonio por conveniencia.
Un pacto que beneficiaría a ambas partes por un tiempo determinado y bajo parámetros establecidos. No era una relación en toda regla.
No había amor y, probablemente, nunca lo hubiera. O eso creían.
El mesero llegó con el pedido e interrumpió la conversación. Ellos se dedicaron a comer mientras hablaban del buen sabor y de la exuberante presentación de los alimentos, una experiencia novedosa para Brianna.
Trevor le contó de otros buenos restaurantes que ofrecían un menú similar y al que estaría encantado de llevarla si aceptaba su propuesta. Gracias a eso, volvieron a tocar el tema del matrimonio cuando ya degustaban el postre.
—No te niego que me da un poco de miedo este plan. Temo que terminemos haciéndonos daño —expuso ella.
—Para eso serán las cláusulas que estableceremos antes y marcarán nuestro comportamiento dentro y fuera de la que será nuestra casa.
Aquella «nuestra casa» hizo estremecer a Brianna. En los labios de su jefe sonaba muy íntimo y excitante.
—No quiero que sea un riesgo para mi hijo. Que llegue a acostumbrarse a ti y luego te pierda.
La preocupación de ella lo tomó desprevenido. No había considerado esa posibilidad.
—Eres abogada de familia, pon las condiciones necesarias para asegurar el bienestar de tu hijo.
—No soy abogada de familia —expuso ella y fijó la mirada en la mesa.
—Lo eres, tienes el título y algo de experiencia. Luego nos ocuparemos del tema de los permisos.
Esa última promesa le aceleró el corazón. Él ya hablaba en términos de «nosotros», como si estuviese seguro de que ella aceptaría la propuesta.
—Solo dime algo —volvió a intervenir Trevor—. ¿Quién es el padre del niño?
El rostro de Brianna perdió todos sus colores por esa pregunta. La conversación llegó al punto que ella quería evitar, un tema por el que no cedería.
—Él murió antes de que naciera George —mintió, sin arrepentimientos.
Sus secretos morirían con ella, así se lo había jurado en el pasado.
