Capítulo 7 La colina de las luces

Capítulo 6 

El rugido del motor se apagó lentamente cuando Roma estacionó el coche en lo alto de una colina, con un mirador inmenso. Frente a ellos, la ciudad parecía un mar de estrellas encendidas, parpadeando bajo la tranquilidad de noche. El silencio se extendió en el interior del vehículo, tan pesado que Magnus sintió que podía oír el pulso acelerado de su propio corazón. Sentía que aún aquel auto seguía en movimiento, agarrando curvas interminables que los harían chocar en cualquier momento.

Él abrió la boca para decir algo — una maldición tal vez o un reproche, cualquier cosa — pero no tuvo tiempo de hacer. Cuando quiso darse cuenta Roma se giró hacia él con esa mirada feroz, salvaje, y sin previo aviso se acomodó sobre sus piernas. Su falda se deslizó con facilidad, haciendo que sus muslos firmes lo aprisionaran, y en un segundo ella ya estaba sentada sobre su regazo, mirándolo desde arriba con descaro.

— ¿Pero qué demonios haces? — balbuceó Magnus, apenas alcanzando a formar las palabras antes de que ella se inclinara sobre su rostro y lo besara.

El beso fue una embestida total, feroz, hambriento y húmedo. Este no tenía nada de delicadezas y Roma mordió su labio inferior, como si quisiera arrancarle un pedazo de orgullo. Magnus gruñó contra su boca al sentir su contacto, atrapado entre la sorpresa y un deseo que crecía con brutal rapidez.

— ¿Qué estás haciendo mujer demente? — jadeó entre besos, intentando recuperar un poco de la cordura que había perdido.

Ella soltó una carajada contra su boca, una risa ronca y cargada de lujuria que hicieron que todos los pelos de su cuerpo se pusieran de punta.

— Bueno, niño bueno. Estoy haciendo lo que tú no te atreves a hacer conmigo — susurró, rozando con su lengua la comisura de sus labios.

Magnus apretó las manos contra sus caderas, dispuesto a apartarla o al menos eso creía, pero en lugar de eso terminó jalándola más fuerte hacia él. Sus dedos se enredaron en el cabello largo de Roma, tirando de él hacia atrás mientras sus labios se lanzaban a su cuello. El sabor salado de su piel lo enloquecía y el gemido que escapó de ella lo encendió aún más. Él no era de comportarse de aquella manera tan salvaje, pero por algún motivo el magnetismo de esa mujer lo estaba volviendo loco.

— Mierda… — gruñó Magnus, sintiendo su dureza crecer como nunca debajo de ella, atrapada en el roce constante de sus movimientos de cadera — Esto está mal…

— Cállate — dijo ella interrumpiendo sus palabras, frotándose descaradamente contra su intimidad un poco más fuerte — Lo único mal aquí es que todavía estamos vestidos y tu boca no está besando la mía.

Su descaro y sus pupilas dilatadas lo hicieron perder el poco control que aún le quedaba. Una de sus manos se deslizó con firmeza hacia sus muslos, subiendo con fuerza hasta levantarle la tela del vestido, luego con una de sus manos volvió a sujetar su cabello y Roma arqueó la espalda dejándose devorar el cuello. Luego siguió gimiendo bajo su respiración caliente y entrelazo sus dedos en su cabello rubio.

— Mmm… así, niño bueno — dijo provocándole, con la voz quebrada entre el placer y el desafío — Sabía que detrás de esa cara de santo había un demonio escondido.

Magnus levantó la mirada con los ojos encendidos. Él no era alguien sin experiencia en el sexo, pero tampoco era alguien que mataba por él. Su mejor amigo y hermano podían estar con varias chicas a la vez, pero él era más de tener algo estable con una. Sin embargo, en ese momento no tenía esa misma idea, ya que Roma lo había de provocar de una manera inigualable.

— No sabes en lo que te estás metiendo, reinita — advirtió con un tono grave, casi salvaje, además de sarcástico, mientras la empujaba contra el asiento para tomar el control.

Roma sonrió, desafiante, y se abrió más para él reclinando el asiento hacia atrás.

— Entonces sorpréndeme, muñeco.

El coche se convirtió en un campo de batalla explosivo. Las manos de Magnus recorrían su cuerpo con desesperación, arrancándole gemidos cada vez más altos mientras Roma arañaba su espalda, perdida entre el deseo y la adrenalina aún latente en su piel. Sus respiraciones se mezclaban entre sí, el auto se sacudía al ritmo de sus movimientos, y los vidrios se empañaban rápidamente por el calor de ambos.

— Eres un maldito incendio… — jadeó Magnus, enterrándose en ella con fuerza tras otra embestida.

—Y tú… — gimió Roma, mordiéndose el labio mientras lo miraba directamente a los ojos y llevaba sus piernas a sus caderas — Eres mi gasolina.

Lo que siguió después fue puro desenfreno. Gritos sofocados, besos salvajes, manos desesperadas, mordidas para marcar al otro, pero ninguno de los dos pensó en el mañana, ni en el peligro, ni mucho menos en las consecuencias. Solo pensaban en devorarse ahí, bajo las luces de la ciudad que brillaban como testigos silenciosos de su unión salvaje de placer.

Roma montaba a Magnus como toda una experta, haciendo que el cuerpo fuerte y atlético del chico se sacudiera con fuerza. Nunca había disfrutado tanto ver gemir a un hombre como lo estaba disfrutando con él, al ver sus mejillas enrojecidas, su pecho perlado por el sudor y la respiración agitada gracias a ella. Sin duda el hombre bajo esa cara de quién no rompe un plato era toda una joyita y le gustaba la idea de ser ella quien le sacara ese brillo. Estaba convencida de que está era su primera vez sacando todo su potencial y como mujer eso ponía su lívido al cien.

Unos movimientos más trajeron consigo la culminación del acto, el cual los dejo agotados y fatigados luego del fuerte orgasmo. Las piernas de Roma temblaban aún por la gran sacudida y su cuerpo desnudo descansaba sobre el de Magnus. Ella nunca se quedaba lo suficientemente cerca de alguien luego de tener sexo, pero a él le estaba permitiendo hacer dibujos con sus dedos sobre su espalda. Aquel gesto estaba haciendo que su cuerpo se relajara y de paso se olvidara del mundo entero.

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