Capítulo 2
Beatrice llegó temprano a la cafetería Echo y eligió un asiento junto a la ventana para ver pasar a la gente, perdida en sus pensamientos.
—Bea —resonó sobre ella esa voz familiar y a la vez extraña.
Levantó la mirada y vio a Lucius, a quien no veía desde hacía cinco años. El tiempo había dejado su huella en él. El chico que alguna vez fue torpe ahora estaba frente a ella con un traje a la medida, con un porte frío y distante. Solo sus ojos seguían siendo como los recordaba.
Lucius sacó una caja pequeña y elegante de su bolsillo interior y la colocó con suavidad frente a ella. En su interior había un anillo de diamantes: una brillante piedra central rodeada de diminutos cristales rosados en forma de corazón.
Ella contuvo el aliento. El diseño era inconfundible. Era el boceto del collar que había creado para su colección Eternidad durante su tercer año de universidad.
En aquel entonces, Lucius había dicho que quería inscribirlo en un concurso de diseño. Más tarde, descubrió que él le había vendido todos sus bocetos a Frederick a cambio de diez millones de dólares y una carta de recomendación.
—¿Cómo lo...?
—Hice que alguien lo recuperara para mí —dijo Lucius con voz suave—. Bea, ahora puedo protegerte. Divórciate de él y quédate conmigo. Te haré feliz.
Beatrice cerró lentamente la caja y se la devolvió empujándola hacia él.
Luego sacó otra cajita de su bolso y vació su contenido: la pulsera Cartier, una pequeña maqueta, varias fotos y las cartas de amor que habían intercambiado antes de ser novios en la universidad. Reliquias de un romance que se había desvanecido hacía mucho tiempo.
—Te devuelvo esto.
Lucius se quedó mirando los objetos sobre la mesa y su expresión se ensombreció.
—Bea, ¿sigues molesta porque me fui en aquel entonces?
—No —Beatrice negó con la cabeza—. Es solo que ahora estoy casada con Frederick.
—¿Lo amas? —preguntó Lucius de repente—. Beatrice, dime, ¿amas a Frederick?
Beatrice no respondió; solo bajó la mirada hacia sus manos.
—Has cambiado —dijo en voz baja.
—¡Un matrimonio sin amor no tiene razón de ser! —insistió Lucius—. ¿No estás intentando registrar tu marca de joyería? El proceso sigue estancado y, sin embargo, no te atreves a pedirle ayuda a Frederick. Si te casas conmigo, puedo resolver todos esos problemas por ti. Nadie te ayudará de verdad excepto yo.
Sus palabras hicieron que Beatrice levantara la mirada. Recordó cómo, años atrás, después de que su padre adoptivo la golpeara, Lucius trepaba por su ventana, le curaba las heridas y se quedaba con ella hasta el amanecer. En aquel entonces, él solía decirle:
—No llores, Bea. Aún me tienes a mí.
¿Pero ahora? Incluso su declaración de amor sonaba como una propuesta de negocios. No le había mencionado el registro de la marca a Frederick, simplemente porque no quería darle más problemas. Él ya había hecho demasiado por ella.
Beatrice suspiró y se puso de pie.
—Lucius, te he devuelto tus cosas. Espero que no volvamos a vernos.
Lucius se puso de pie de un salto e intentó tomarle la mano, pero Beatrice esquivó su contacto.
—¡Beatrice!
Su voz quedó ahogada por la pesada puerta de cristal de la cafetería. Beatrice no miró hacia atrás y caminó deprisa, como si huyera de un fantasma.
...
Cuando regresó a la villa, ya había anochecido por completo. En el instante en que abrió la puerta, un delicioso aroma a comida casera la envolvió, disipando de inmediato el frío que traía de la calle.
Beatrice se quedó paralizada en la entrada. Frederick casi nunca cocinaba, así que hoy era...
—¿Ya llegaste? —se escuchó la voz profunda de Frederick desde la cocina.
Beatrice miró en dirección a la voz. Frederick venía saliendo, llevando un delantal gris que desentonaba por completo con sus costosos pantalones a la medida. La imagen era un poco cómica, pero hizo que su corazón diera un vuelco.
—¿Cocinaste? —la voz de Beatrice sonó distante, como si sospechara que había entrado en la casa equivocada.
Frederick se desató el delantal y lo dejó sobre una silla.
—Sí. Ve a lavarte las manos. La cena está lista.
La mesa estaba servida con cuatro platillos y una sopa; todos sus favoritos.
Beatrice se sentó y probó un bocado de las albóndigas agridulces. El sabor intenso estalló a la perfección en su paladar. Él había recordado que a ella no le gustaba el cebollín, y había preparado cada platillo que ella había mencionado alguna vez al pasar.
—¿Está rico? —Frederick la observaba, con sus emociones ocultas tras los lentes.
—¡Está delicioso! —asintió ella, y luego recordó algo—. Por cierto, hoy yo...
Frederick la interrumpió.
—Come primero —dijo, sirviéndole más comida con un tono neutral—. Hoy estamos celebrando.
—¿Celebrando? —Beatrice parecía confundida—. ¿Celebrando qué?
—Tu marca personal de joyería. El registro fue aprobado —dijo Frederick con naturalidad, como si solo estuviera comentando sobre el buen clima.
Beatrice dejó caer los cubiertos sobre el plato y lo miró fijamente.
—¿Qué dijiste? ¿Cómo es posible? Había preguntado y me dijeron que el proceso era extremadamente complicado. No quería molestarte, así que nunca lo mencioné...
—No fue complicado. Solo una llamada —respondió Frederick mientras servía sopa en un tazón y lo colocaba frente a ella.
El vapor empañó los ojos de Beatrice. Él era tan bueno con ella, resolviendo en silencio todos sus problemas. ¿Y qué había hecho ella? Hoy se había reunido con Lucius, el mismo Lucius que había usado su trabajo como moneda de cambio.
Si Frederick se enteraba, ¿qué pensaría? ¿Creería que ella era igual que Lucius, alguien capaz de traicionar la confianza para beneficio personal? Ese pensamiento la heló hasta los huesos.
—¿A dónde fuiste hoy? —preguntó Frederick de repente.
El corazón de Beatrice se aceleró. Mantuvo la cabeza gacha y habló en voz baja.
—He estado preparándome para el concurso de diseño, muy ocupada en el estudio. No fui a ningún otro lado.
Los movimientos de Frederick se detuvieron notablemente, pero continuó comiendo sin hacer más preguntas.
Beatrice pudo sentir cómo la temperatura de la habitación bajaba varios grados. Lo que no sabía era que Frederick ya había recibido el informe de su asistente y sabía perfectamente que se había reunido con Lucius.
Después de cenar, Frederick empezó a recoger los platos. Cuando Beatrice intentó ayudar, él se negó.
—Tengo que asistir a una videoconferencia. Deberías descansar un poco —dijo él después de dejar los platos.
—¿Una reunión a esta hora?
—Sí, por la diferencia horaria con Ciudad Soberana —explicó Frederick mientras se desataba el delantal—. Podría terminar tarde. No me esperes despierta.
Con eso, subió a su estudio. Beatrice se quedó sentada en la sala de estar, mirando la luz del estudio en el piso de arriba, sintiéndose inquieta.
Frederick estaba enojado. Aunque no había dicho nada, ella podía sentirlo.
A las once, Beatrice subió las escaleras después de asearse. Al pasar por el estudio, todavía podía escuchar la voz serena y agradable de Frederick en el interior.
Se quedó en la puerta por un momento, pero al final no llamó, regresando a la habitación principal.
Acostada, Beatrice daba vueltas en la cama, incapaz de dormir.
A medianoche, escuchó que la puerta del estudio se abría, seguida por los pasos de Frederick, que no se dirigían a la habitación principal, sino a la de invitados.
Beatrice se sorprendió. Durante todo su matrimonio, excepto cuando se quedaban en la Mansión Stuart, siempre era ella quien iba a la habitación de invitados. Frederick nunca había dormido allí ni una sola vez.
Él era tan atento y considerado con ella, incluso había comprado esta casa para acortar su viaje al estudio. Había contratado personal para que se encargara de las comidas y la limpieza.
Como su esposa, ya se sentía insuficiente; ¿cómo podía dejar que él durmiera en la habitación de invitados?
Beatrice se puso un cárdigan y caminó de puntillas hasta la puerta de la habitación de invitados. Cuando Frederick vio los ojos de Beatrice, con unas ligeras ojeras, frunció el ceño.
—¿Por qué no estás dormida todavía?
Beatrice se acercó a la cama y le tendió la mano.
—Vuelve a la habitación principal. Yo dormiré aquí.
La mano de Frederick se tensó antes de retirarla lentamente.
—No es necesario.
—Frederick, ¿estás enojado? —preguntó Beatrice directamente—. Si es porque hoy yo...
—¿Tú qué? —Frederick la miró con una profundidad insondable en los ojos.
Beatrice abrió la boca, pero no pudo terminar la frase. Bajó la cabeza y su voz fue apenas audible.
—De todos modos, yo debería dormir aquí. Estás agotado por el trabajo, descansarás mejor en la habitación principal.
Al ver su vacilación, Frederick entendió que ella todavía pretendía ocultar su encuentro con Lucius. Tomó la mano de Beatrice y la condujo fríamente fuera de la habitación de invitados.
—Buenas noches.
La puerta se cerró en la cara de Beatrice, y ella escuchó el sonido de la cerradura al girar.
Los pensamientos de Beatrice eran un torbellino. Tomó su teléfono para enviarle a Frederick un mensaje de disculpa. Tan pronto como desbloqueó la pantalla, vio una notificación de última hora:
#IMPACTANTE: ¡Rechazan la propuesta pública de la actriz Letitia Morgan al prodigio financiero Lucius Jones! Jones afirma que se reserva para su primer amor.
Beatrice se asustó tanto que casi arrojó su teléfono al otro lado de la habitación.
