Capítulo 1 1

—Prefiero arrancarme el vínculo antes que llamarla mi esposa.

El sonido de su voz atravesó la plaza como un golpe seco.

Todo se detuvo.

Los cantos se apagaron en mitad de una nota. Las antorchas siguieron ardiendo, indiferentes, mientras el humo ascendía en espirales lentas. Nadie se movió. Nadie habló.

Yo tampoco.

Me quedé de pie frente al altar, con las manos rígidas a los costados, intentando entender lo que acababa de escuchar.

Debía haberme equivocado.

Tenía que haberlo hecho.

El Gran Chamán dio un paso al frente, apoyándose en su bastón.

—Theron… los Ancestros ya han hablado.

Theron no respondió de inmediato. Alzó la barbilla, como si aquella ceremonia no tuviera nada que ver con él.

—Entonces hoy tendrán que escucharme a mí.

Se giró despacio.

Nuestros ojos se encontraron.

Durante un instante, el tiempo pareció comprimirse en ese punto exacto. Busqué algo en su mirada. Una señal. Una duda. Cualquier cosa que desmintiera lo que acababa de decir.

Pero lo único que encontré fue distancia.

Y luego, esa sonrisa.

No era amable. No era cálida.

Era una mueca breve, cargada de desprecio.

—No pienso casarme con ella.

El murmullo se extendió como una grieta que se abre en el hielo.

—No puede hacer eso…

—Es su compañera destinada…

—Esto no tiene sentido…

—Pobre Eira…

Las voces se mezclaban, pero ninguna lograba imponerse sobre el ruido que crecía dentro de mi cabeza.

Sentí que el suelo se volvía inestable.

Di un paso hacia él.

Solo uno.

—Theron…

Su expresión cambió al instante.

—No vuelvas a pronunciar mi nombre.

Las palabras fueron claras, sin titubeos.

No gritó. No hizo falta.

El golpe fue directo.

Alrededor, todos observaban. Guerreros, ancianos, niños. Rostros conocidos que habían formado parte de mi vida desde siempre. Ninguno apartó la mirada.

Theron avanzó hasta quedar frente a mí.

La cercanía no suavizó nada.

—¿De verdad pensaste que terminaría casándome contigo?

Algunos jóvenes soltaron risas contenidas. No eran muchas, pero bastaron para que el aire se volviera más pesado.

Tragué saliva.

No iba a llorar.

No allí.

No delante de él.

—Los Ancestros te eligieron —dije, apenas en un hilo de voz.

Él soltó una risa breve, sin humor.

—Los Ancestros también se equivocan.

El bastón del Gran Chamán golpeó el suelo con fuerza.

—¡Silencio!

El eco resonó en la plaza.

—Un rechazo público rompe el equilibrio de la manada. Piénsalo bien, muchacho.

Theron no se volvió hacia él.

No apartó los ojos de mí.

—Llevo toda la vida pensándolo.

Cada palabra cayó con precisión.

—Jamás permitiré que una mujer como ella se siente junto al futuro Alfa.

Algo dentro de mí cedió.

No fue un estallido. No hubo ruido.

Solo una sensación de vacío que se extendió desde el pecho hacia el resto del cuerpo.

A mi izquierda, escuché a mi madre sollozar. No la miré. No podía.

Mi padre permanecía inmóvil, con la mandíbula tensa, como si cualquier movimiento fuera a romper algo más.

No sabía qué dolía más.

Si las palabras de Theron o el silencio de todos los demás.

Entonces él habló de nuevo.

—Vámonos.

No era para mí.

Se dirigía a los suyos.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta y comenzó a alejarse, como si todo aquello ya hubiera terminado.

Yo seguía en el mismo lugar.

Sin moverme.

Observando su espalda mientras se alejaba.

Había pasado años imaginando este momento. No así, claro. Nunca así.

Había pensado en el vínculo, en la ceremonia, en lo que vendría después.

Nunca consideré la posibilidad de que él simplemente… se negara.

Esperé.

No sabía exactamente qué.

Tal vez que se detuviera.

Que mirara atrás.

Que dijera que todo había sido un error.

Pero no ocurrió.

Se detuvo solo una vez, a unos pasos del borde de la plaza.

No se giró.

—Encuéntrale otro marido.

El murmullo volvió, más bajo esta vez.

—Porque yo prefiero morir sin heredero antes que compartir mi vida con ella.

El silencio que siguió fue distinto.

Más denso.

Nadie se atrevió a reír.

Nadie dijo nada.

Sentí las miradas clavarse en mí, una tras otra. No había burla en ellas ahora. Solo algo peor.

Compasión.

Bajé la vista por primera vez.

Mis manos seguían quietas, pero ya no las sentía.

Comprendí entonces que no era solo el rechazo.

No era solo él.

Era el hecho de que todos habían sido testigos.

Que cada palabra, cada gesto, quedaría grabado en la memoria de la manada.

Que no habría forma de borrar ese momento.

Respiré hondo, aunque el aire parecía no llegar del todo.

Y en medio de ese silencio, con todos observando, entendí algo que no había considerado antes.

Que hay cosas que no se rompen de golpe.

Se quiebran despacio.

Y cuando finalmente lo hacen, no queda nada que recoger.

Levanté la cabeza.

Theron ya no estaba.

Solo quedaba el eco de su voz.

Y una frase que seguía resonando, imposible de ignorar.

—Prefiero morir sin heredero antes que compartir mi vida con ella.

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