Capítulo 2 2
—¡Suéltame!
El grito salió de mi garganta antes de que pudiera entender dónde estaba.
Abrí los ojos de golpe.
La luz me atravesó como una cuchilla.
Todo giraba.
El aire tenía un olor denso, mezcla de madera húmeda, vino derramado y algo más… algo cálido, cercano.
Intenté incorporarme, pero un peso me lo impidió.
Un brazo.
Firme.
Rodeando mi cintura.
El corazón me dio un salto.
Me quedé inmóvil.
Respiré hondo, intentando ordenar mis pensamientos, pero solo conseguí que el mareo empeorara.
Giré la cabeza con cuidado.
Theron.
Dormía a mi lado.
Su rostro estaba relajado, ajeno a todo.
Demasiado cerca.
Demasiado real.
Su piel desnuda rozaba la mía.
Su respiración, lenta y profunda, chocaba contra mi cuello.
Sentí una punzada en el estómago.
No era vergüenza.
Era algo más oscuro.
Algo que no quería nombrar.
Lo empujé con fuerza.
—¡Levántate!
Theron reaccionó al instante.
Abrió los ojos, desorientado, como si hubiera sido arrancado de un sueño profundo.
—¿Qué…?
Se incorporó de golpe.
Miró a su alrededor.
Después me miró a mí.
Y entonces lo entendió.
Lo vi en su expresión.
El desconcierto se transformó en algo más.
Algo cercano al horror.
—No…
Su voz apenas fue un susurro.
Se apartó de la cama como si el contacto con ella le quemara.
—No.
Se pasó una mano por el cabello, respirando con dificultad.
—¿Qué hiciste?
La pregunta me golpeó.
Y, contra toda lógica, me hizo reír.
Una risa seca, sin humor.
—¿Yo?
—No me mires así.
Su tono subió, cargado de tensión.
—¿Qué demonios hiciste?
Me levanté de golpe.
La sábana resbaló por mi cuerpo y cayó al suelo.
El aire frío me recorrió la piel.
Pero no fui la única que se quedó inmóvil.
Theron también lo hizo.
Nuestros ojos bajaron al mismo tiempo.
Al mismo punto.
Sobre el pecho.
La marca.
Plateada.
Delicada.
Brillando bajo la luz que entraba por la ventana.
No era tenue.
No era incompleta.
Era clara.
Definitiva.
El vínculo.
Sellado.
Consumado.
Un silencio pesado cayó entre nosotros.
No había recuerdos.
Ni fragmentos.
Nada que explicara cómo habíamos llegado hasta allí.
Solo esa marca.
Y la certeza de que no había vuelta atrás.
—Esto no tiene sentido.
La voz de Theron sonó más baja, pero no menos tensa.
Se movía por la habitación con pasos rápidos, como si quedarse quieto fuera peor.
Buscaba su ropa sin mirar realmente.
Encontró sus pantalones en el suelo.
Se los puso sin cuidado.
Luego una camisa.
Arrugada.
Mal abotonada.
Yo seguía de pie, sin moverme.
Observándolo.
Intentando encontrar una explicación en sus gestos.
Pero no había nada.
Solo confusión.
Y rabia.
Sobre una silla, junto a la cama, había un pergamino.
Theron lo tomó sin interés.
Como si fuera un detalle sin importancia.
Lo desenrolló.
Sus ojos recorrieron la primera línea.
Y se detuvieron.
Su cuerpo se tensó.
Algo cambió en su expresión.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Qué dice?
No respondió.
Ni siquiera parpadeó.
Di un paso hacia él.
—Theron.
Nada.
Le arrebaté el pergamino de las manos.
Mis dedos temblaban.
No sabía si por el frío o por lo que intuía.
Leí.
“Por voluntad de los Ancestros y bajo el juramento de sangre…”
Las palabras parecían más pesadas de lo normal.
Como si cada una arrastrara algo detrás.
Seguí.
“…queda reconocido el matrimonio entre Theron Ardent y Eira Voss.”
El mundo se detuvo.
El pergamino resbaló de mis manos.
Cayó al suelo sin hacer ruido.
No podía respirar.
El aire no entraba.
No salía.
Solo estaba ahí, atrapado.
Miré a Theron.
Él me miraba a mí.
Ninguno tenía respuestas.
—Esto es una trampa.
Su voz volvió, más firme.
Más fría.
—Yo jamás me habría casado contigo.
Las palabras llegaron directas.
Sin rodeos.
Antes, algo así me habría herido.
Me habría dejado sin aire.
Pero ahora…
No.
Ahora solo encendieron algo dentro de mí.
—Qué alivio.
Mi tono fue igual de seco.
—Porque yo tampoco tenía intención de despertar al lado del hombre más insoportable de toda la manada.
Sus ojos se estrecharon.
Dio un paso hacia mí.
—Alguien hizo esto.
—Entonces averigua quién.
No retrocedí.
—Porque yo también quiero saber por qué estoy casada contigo.
El silencio volvió.
Pero esta vez no era vacío.
Era tensión.
Densa.
Cargada.
Ninguno iba a ceder.
Salimos de la cabaña casi al mismo tiempo.
El aire de la mañana golpeó mi rostro.
Frío.
Claro.
Demasiado real.
Di un paso adelante.
Y me detuve.
Theron también.
Frente a la puerta no había nadie.
Había todos.
La manada entera.
Ancianos.
Guerreros.
Mujeres.
Niños.
El Gran Chamán.
Nuestros padres.
Nadie hablaba.
Nadie se movía.
Sus miradas estaban fijas en nosotros.
No.
En nuestras marcas.
Sentí el peso de cada uno de esos ojos.
Como si me atravesaran.
Como si ya supieran algo que yo no.
El silencio se alargó.
Hasta que el Gran Chamán dio un paso al frente.
Su presencia llenó el espacio sin esfuerzo.
—Los Ancestros han hablado por segunda vez.
Theron avanzó.
Su postura era rígida.
—Esto es un error.
El anciano negó con lentitud.
—No.
Su voz no era alta.
Pero todos la escucharon.
—El error fue rechazarla.
Theron apretó los puños.
—Esto no cambia nada.
—Lo cambia todo.
El Chamán lo miró fijamente.
—El vínculo ha sido sellado.
—Lo voy a romper.
Las palabras salieron como una promesa.
O una amenaza.
El anciano no se inmutó.
Solo lo observó.
Y luego habló.
—Puedes romper un matrimonio…
Hizo una pausa.
El viento se levantó, moviendo las hojas de los árboles.
Nadie respiraba.
—Pero no puedes divorciarte de tu compañera destinada.
