Capítulo 4 4
—Antes del amanecer deberán consumar el vínculo.
El Gran Chamán no necesitó elevar la voz. Bastó con que pronunciara aquellas palabras para que el silencio se volviera espeso, casi irrespirable. Nadie se movió. Nadie cuestionó nada.
Theron dio un paso al frente.
—No.
El anciano ni siquiera giró la cabeza.
—No es una petición. Es la ley.
Mi padre inclinó la cabeza. El de Theron hizo lo mismo. Aquello fue suficiente para sellar nuestro destino.
—Si al salir el sol la Luna no reconoce este matrimonio —continuó el Chamán—, el vínculo será considerado una ofensa. Y las consecuencias recaerán sobre ambas familias.
Sentí cómo el estómago se me contraía.
No hablaba en vano. Aquello no era una advertencia. Era una sentencia.
Theron apretó los dientes.
—Esto es absurdo.
—Lo absurdo fue desafiar a los Ancestros delante de todos —respondió el Chamán—. Ahora deberán asumir lo que provocaron.
Dos guerreros avanzaron y abrieron las puertas de la antigua habitación nupcial. No había adornos innecesarios: una cama amplia cubierta con pieles, una chimenea encendida y, grabado en la piedra, el símbolo de la Luna.
No esperé.
Entré.
Sentí a Theron detrás de mí, rígido, contenido. La puerta se cerró con un golpe seco y el sonido del cerrojo terminó de sellar lo que acababa de empezar.
Theron reaccionó de inmediato. Se giró y golpeó la madera.
—¡Abran!
Nadie respondió.
Solo la voz del Chamán, apagada al otro lado.
—Cuando salga el sol sabremos si siguen siendo marido y mujer… o si deberán responder por lo ocurrido.
El silencio volvió a caer sobre nosotros.
Theron se apartó de la puerta con brusquedad. Se pasó la mano por el cabello, como si intentara ordenar algo que no lograba encajar.
—No voy a tocarte.
Lo dijo sin mirarme.
No era una amenaza. Tampoco una promesa. Era más bien una línea que necesitaba marcar.
Lo observé sin apartar la vista.
—Perfecto. Yo tampoco pienso pedirte nada.
El fuego crepitó en la chimenea. Durante unos segundos, ese fue el único sonido.
Theron caminó hasta la ventana, aunque fuera inútil. Afuera solo había oscuridad. Yo me senté en el extremo opuesto de la cama.
La distancia entre nosotros no era casual.
Era necesaria.
—¿Te das cuenta? —dijo al cabo de un momento.
—¿De qué?
—De que no nos dejaron elegir.
Solté una risa breve.
—A mí me quitaste esa opción delante de todos.
Sus hombros se tensaron. Cerró los ojos un instante.
No respondió.
Por primera vez, no tenía nada que decir.
El tiempo empezó a estirarse. Cada minuto parecía más largo que el anterior. El silencio no era tranquilo. Era incómodo. Pesado.
Él evitaba mirarme.
Yo evitaba acercarme.
Pero eso no hacía que la tensión desapareciera.
Solo la hacía más evidente.
Entonces ocurrió.
Un sonido grave atravesó la habitación.
No venía de afuera.
No era el viento.
Era un rugido.
Sentí cómo algo se tensaba bajo mi piel. Bajé la mirada. Las marcas en mis muñecas comenzaron a brillar, primero apenas visibles, luego más intensas.
Mi respiración cambió.
El calor empezó a extenderse por mi cuerpo, lento al principio, después más rápido, más profundo.
Theron dio un paso atrás.
—¿Qué está pasando? —pregunté, aunque ya lo sabía.
Él me miró.
Por primera vez desde que habíamos entrado.
Y lo que encontré en sus ojos no fue lo que esperaba.
No había desafío.
Había inquietud.
El vínculo estaba reaccionando.
Theron avanzó con cautela, como si cada paso le costara más de lo que quería admitir. Su respiración empezó a acompasarse con la mía.
—Eira…
Mi nombre sonó distinto.
Más bajo.
Más cercano.
Levanté la vista. Estaba demasiado cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo, el ritmo acelerado de su respiración.
El aire entre nosotros parecía cargado.
Él cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, algo había cambiado.
—Si doy un paso más… —murmuró— no sé si será decisión mía… o de mi lobo.
El calor en mi cuerpo aumentó. Cada latido se sentía más fuerte. Cada respiración más pesada.
No era solo deseo.
Era algo más antiguo.
Más difícil de ignorar.
Di un paso atrás.
No sirvió de nada.
Theron avanzó.
La distancia volvió a desaparecer.
—No te acerques —dije.
Mi voz no sonó tan firme como esperaba.
Él soltó una risa breve.
—Créeme… estoy intentando no hacerlo.
Pero no lo estaba logrando.
Yo tampoco.
El brillo en mis muñecas se intensificó. Sentí cómo la energía recorría mi cuerpo, cómo cada parte de mí respondía a su cercanía.
—Esto no es normal —susurré.
—No —respondió—. Es el vínculo.
Eso no ayudó.
Solo lo hizo más real.
Theron levantó la mano. Dudó un instante antes de acercarla a mi rostro. Sus dedos rozaron mi mejilla.
Fue suficiente.
Un estremecimiento me recorrió por completo.
Cerré los ojos un segundo.
Cuando los abrí, estaba aún más cerca.
—Dime que pare —murmuró.
No respondí.
Porque en ese momento ya no estaba segura de querer detenerlo.
Y eso era lo que más me inquietaba.
Theron inclinó ligeramente la cabeza, observándome como si buscara una respuesta que yo no estaba dispuesta a darle.
Su mano seguía en mi rostro.
Su pulgar se movió apenas, rozando mi piel con una lentitud que no parecía calculada.
—Eira… —repitió, más bajo.
Tragué saliva.
El calor seguía creciendo.
No había forma de ignorarlo.
No había forma de fingir que no estaba pasando.
—Esto no cambia nada —dije, intentando aferrarme a algo que todavía pudiera controlar.
Él sostuvo mi mirada.
—Entonces dime por qué no te apartas.
No supe qué responder.
Porque tenía razón.
Porque no me estaba moviendo.
Porque, a pesar de todo, no quería hacerlo.
Su respiración rozó mis labios.
—Dímelo —insistió.
Y entonces, sin apartar la mirada, respondí:
—Porque si lo hago… sé que no voy a poder volver a acercarme.
