Capítulo 5 5

—¿Dónde está mi esposa?

La voz de Theron atravesó el corredor como un golpe seco, cargada de una autoridad que no admitía demora ni evasivas.

Nadie respondió de inmediato.

Los guerreros que custodiaban el pasillo evitaron su mirada, tensos, rígidos, como si cualquier palabra pudiera condenarlos. El silencio se extendió, pesado, incómodo, hasta volverse casi insoportable.

Finalmente, uno de ellos dio un paso al frente. No levantó la cabeza.

—La llevaron al salón de juicio.

El aire pareció espesarse.

Theron no dijo nada más. Pero la tensión en su mandíbula, la forma en que sus manos se cerraron en puños, lo decía todo.

Cuando las puertas del salón se abrieron, el murmullo que llenaba el lugar se apagó de golpe.

Toda la manada estaba reunida.

Los ancianos ocupaban sus asientos elevados, con rostros severos y ojos que juzgaban sin piedad. Los Alfas de territorios vecinos observaban con atención, como si asistieran a un espectáculo que no querían perderse. Mi familia estaba a un lado, rígida, pálida, como si ya hubieran aceptado lo peor. La de Theron, al otro, impenetrable, fría.

Y yo.

En el centro.

De rodillas.

Las cadenas de plata rodeaban mis muñecas, frías, pesadas, clavándose en la piel cada vez que intentaba moverme. No eran necesarias para mantenerme allí, pero el mensaje era claro.

No era una invitada.

Era una acusada.

El Gran Chamán se puso de pie, apoyándose en su bastón.

—Eira Voss.

Su voz no necesitaba alzarse para imponerse.

—Fuiste encontrada en tu habitación, durante la primera noche de tu matrimonio, en compañía de otro macho.

Cada palabra caía con precisión, sin emoción, como si estuviera leyendo una sentencia ya escrita.

—¿Reconoces tu falta?

Levanté la cabeza despacio.

No iba a agachar la mirada.

No hoy.

—No.

Un murmullo recorrió la sala, creciendo como una ola contenida.

—¿Niega los hechos?

—Niego haber traicionado a mi compañero.

Esta vez el murmullo fue más fuerte, más inquieto. Algunas miradas se clavaron en mí con abierta desaprobación. Otras, con curiosidad. Algunas, incluso, con una chispa de duda.

Selene estaba al fondo.

No ocupaba un lugar destacado, pero tampoco se escondía. Permanecía de pie, con las manos entrelazadas frente a ella, observando la escena con una calma que no encajaba con el caos que había provocado.

Sus labios apenas se curvaban.

Una sonrisa mínima.

Casi invisible.

Pero yo la vi.

Y en ese instante, todo encajó.

Nada de aquello había sido un error.

Nada había sido casual.

—Theron Ardent.

La voz del Chamán volvió a imponerse.

—Como esposo de la acusada, tu palabra será escuchada antes de emitir el veredicto.

Todas las miradas se dirigieron hacia él.

Mi corazón empezó a latir con fuerza, golpeando contra mis costillas.

No necesitaba mucho.

Solo una frase.

Una sola.

Que dijera que confiaba en mí.

Que dijera que aquello no tenía sentido.

Que dijera que me conocía.

Theron avanzó unos pasos.

Cada uno de ellos resonó en el silencio como un eco inevitable.

Se detuvo frente a mí.

Nuestros ojos se encontraron.

Durante un segundo, creí ver duda.

Algo humano.

Algo que aún podía salvarme.

Luego miró al hombre que había sido encontrado en mi habitación.

Cerró los ojos.

—Yo...

El silencio se volvió insoportable.

Cuando volvió a hablar, su voz no tembló.

—Vi a otro hombre con ella.

No puedo negar lo que vi.

Algo dentro de mí se quebró.

No hizo ruido.

Pero lo sentí.

Como si algo esencial se desmoronara sin posibilidad de reconstrucción.

El Gran Chamán levantó el bastón.

—Entonces, por decisión del futuro Alfa, el Consejo declara culpable a Eira Voss del delito de adulterio contra el vínculo sagrado.

No hubo pausa.

No hubo duda.

—La sentencia es la muerte.

El grito de mi madre rompió el aire, desgarrador.

Mi padre cayó de rodillas, como si le hubieran arrancado la fuerza de golpe.

El salón estalló en voces, en susurros, en reacciones contenidas que ya no podían ocultarse. Algunos parecían satisfechos. Otros, incómodos. Nadie intervenía.

Dos guerreros comenzaron a acercarse.

Sus pasos eran firmes, inevitables.

Respiré hondo.

No iba a suplicar.

No delante de ellos.

No delante de él.

No después de todo.

Entonces, las puertas principales se abrieron de golpe.

El sonido fue tan brusco que todos se giraron al mismo tiempo.

Un anciano cruzó el umbral.

Su manto blanco arrastraba ligeramente por el suelo, y el bastón de madera negra en el que se apoyaba marcaba cada paso con un golpe seco que resonaba en el silencio.

Nadie habló.

Ni siquiera el Gran Chamán.

—Maestro... —murmuró alguien, con reverencia.

El anciano no respondió.

Caminó directo hacia mí.

Los guerreros se apartaron sin que nadie se lo ordenara, como si una fuerza invisible los obligara.

Se detuvo frente a mí y tomó mi muñeca con una firmeza inesperada para alguien de su edad.

Sus dedos recorrieron la marca del vínculo.

La observó en silencio.

Sus ojos, antiguos y profundos, parecían ver más allá de la piel.

Luego sonrió.

—Interesante...

Theron frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

El anciano levantó la vista.

La calma había desaparecido de su rostro.

En su lugar había algo más.

Algo que no supe nombrar de inmediato.

Pero no era tranquilidad.

Era inquietud.

Era reconocimiento.

Miró mi marca.

Luego la de Theron.

Su expresión se tensó.

Y cuando habló, su voz no fue baja ni suave.

Fue clara.

Fue firme.

Fue imposible de ignorar.

—No están viendo el vínculo de una Luna.

El silencio cayó sobre la sala como una losa.

Nadie se movió.

Nadie respiró.

El anciano apretó ligeramente mi muñeca antes de soltarla.

Sus ojos recorrieron a todos los presentes, uno por uno, como si midiera el impacto de sus palabras.

—Están viendo el nacimiento de una Reina Alfa.

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