CAPÍTULO TRES

Convertirse en Lena

Esas palabras parecían resonar en su mente, repitiéndose una y otra vez: "Estás aquí para ser un sustituto." Esmeralda se quedó allí aturdida, sus ojos se agrandaron al mirar al hombre frente a ella mientras su corazón latía con incredulidad. ¿Un sustituto? ¿Para qué? ¿Para quién?

Trató de comprender lo que él acababa de decir, pero era como si su mente estuviera tan resbaladiza que cuanto más intentaba entender, más se le escapaba. Había pasado las últimas horas tratando de entender por qué él la había comprado, por qué un hombre poderoso como el Alfa Joel la había sacado del Mercado Oscuro. Había esperado que la quisiera para trabajar, tal vez en algún rol dentro de la manada. Pero escuchar que la quería como sustituta... Sus manos se cerraron en puños a sus costados mientras su mente buscaba algo que le diera sentido a todo esto.

Finalmente miró a Joel, sentado en la silla, con el rostro relajado y distante. Su cuerpo estaba relajado en la silla; no mostraba ni el más mínimo interés, como si le estuviera hablando del clima. No podía concebir cómo podía ser tan casual sobre algo tan extraño, tan devastador.

—¿Por qué? —logró decir, su voz apenas un susurro, temblorosa—. ¿Por qué yo? ¿Y cómo?

Por un momento, los fríos ojos de Joel se suavizaron, y miró más allá de ella como si estuviera viendo a otra persona. Luego, sin previo aviso, comenzó a hablar.

—Su nombre era Lena —dijo, distante—. La primera chica que amé.

Esmeralda parpadeó; no esperaba que su respuesta fuera una especie de historia, pero algo en su voz captó su atención, haciéndola escuchar a pesar de sí misma.

—Lena era... todo —dijo Joel, sus ojos enfocados en algún lugar lejano—. Era sencilla, en el mejor sentido. Amaba a la gente y le encantaba ayudar. Era doctora, una sanadora en nuestra manada. —Su tono se suavizó, una calidez extraña se coló—. Lena era dulce, gentil. Tenía una manera de ver lo bueno en todos, incluso en aquellos que no lo merecían. Los niños la adoraban, y se reunían a su alrededor, y ella jugaba con ellos durante horas, riendo y bromeando.

Se detuvo, como si recordara algún sonido distante, algún recuerdo de risas que solo él podía oír. Esmeralda lo observó, sintiendo una sensación de hundimiento al comenzar a entender lo que él estaba diciendo.

—Lena tenía debilidad por los dulces —continuó, una pequeña y triste sonrisa cruzando sus labios—. Siempre estaba comiendo algo azucarado, y odiaba cualquier cosa amarga. Ponía una cara cada vez que probaba algo siquiera ligeramente agrio o amargo. —Sus ojos se suavizaron mientras hablaba, su tono lleno de una nostalgia silenciosa—. Tenía una predilección por el blanco. Decía que era el color de la pureza, de la bondad. Lena vestía de blanco más que cualquier otro color.

Ella escuchó mientras cada palabra se hundía en su mente, pintando un cuadro de una mujer que nunca había conocido, pero con la que sentía una extraña conexión. Joel hablaba de los vestidos sencillos de Lena, de cómo se ataba el cabello en una trenza suelta, de su risa resonando en la manada. En esos momentos, Esmeralda casi podía ver a Lena, esa mujer que una vez había ocupado un lugar tan querido en el corazón de Joel. Lena era más que un recuerdo para él; era un ideal, una visión de algo que había perdido y que nunca podría recuperar.

Esmeralda tragó saliva, una repentina ola de tristeza por este desconocido la invadió. Sin embargo, una parte de ella no entendía por qué él le estaba contando esto. Miró a Joel, esperando que le diera alguna explicación, alguna razón clara, por arrastrarla a sus recuerdos.

Finalmente, él se volvió hacia ella por completo, sus ojos ardían con intensidad. —Te pareces a ella —dijo simplemente—. Cuando te vi en el mercado, pensé, por un momento...

No necesitaba terminar; Esmeralda sabía a dónde se dirigía. Lo había visto en las miradas de la gente de la manada, el shock y la confusión en sus rostros al ver su parecido con Lena, y ese parecido la había traído aquí.

El pecho de Esmeralda se tensó. —¿Q-qué quieres de mí? —tartamudeó apenas por encima de un susurro, sin querer preguntar, sin querer saber, pero necesitando escucharlo.

Joel se inclinó hacia adelante, su voz no más alta que un susurro, aunque firme. —Quiero que seas Lena. Tendrás que aprender a ser ella, a hablar como ella, a moverte como ella, a ser dulce y gentil. —Se detuvo; sus ojos se agudizaron—. Tu único deber aquí es ser Lena. No sirves a nadie más que a mí. Vestirás de blanco, tal como ella lo hacía. Te quedarás en mi casa, y serás... ella.

Una ola de náuseas subió en el estómago de Esmeralda, un vacío doloroso que se formó allí mientras luchaba por comprender sus palabras. ¿Ser ella? Cada parte de su ser se estremecía de horror ante la idea. Apenas conocía su propia identidad y apenas tenía un sentido de sí misma en ese mercado. Y ahora, aquí estaba, esperando que renunciara a lo poco que le quedaba, que se borrara a sí misma por el recuerdo de otra persona.

Un hilo de disgusto se enroscó en su pecho, una resistencia a esta demanda extraña y desgarradora. Ella no era Lena. Nunca podría ser Lena. Y sin embargo... no tenía elección. Su mirada cayó al suelo, sus dedos se cerraron en puños a su lado mientras luchaba contra la impotencia que amenazaba con devorarla.

Pero Joel no había terminado.

—No me importa cuál es tu nombre —dijo ahora, y su voz era más fría que en la mañana. Hablaba como si cada palabra fuera un golpe—. A partir de este momento, responderás a Lena.

Sus palabras desgarraron el corazón de Esmeralda. Era como si su propia identidad estuviera siendo arrancada y moldeada en algo que no era ella, en el recuerdo de una mujer muerta, pero cuya sombra aún estaba en cada rincón de este lugar. El peso de la orden cayó sobre ella, empujándola hacia abajo hasta que sintió que no podía respirar.

Se volvió hacia Joel, su corazón latiendo con un dolor en el pecho que no podía describir. Ya no era ella misma; Esmeralda se había ido, enterrada bajo un nombre que nunca fue suyo, bajo expectativas que nunca fueron suyas para decidir. Debía ser Lena, una extraña en su propia piel.

El dolor se sentía como si pudiera desgarrarla. Pero al mirar de nuevo a los ojos fríos de Joel, supo una cosa: no tenía elección. Y con el corazón hundido, se dio cuenta de que estaba atrapada en una vida que no era suya, atada a un nombre y un recuerdo que nunca podría alcanzar.

—Estás aquí para ser un sustituto.

Y no había vuelta atrás.

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