CAPÍTULO TREINTA Y DOS

LA DOMINANCIA DEL ALFA

El pecho de Esmeralda se agitaba, y sus respiraciones se volvían más rápidas, más superficiales, al parecer, por el tono aún ardiente de la orden de Joel en sus oídos: Desnúdate. La sola palabra envió una oleada de pánico y otra de desafío a través de ella. Su loba gimió, d...

Inicia sesión y continúa leyendo