CAPÍTULO SIETE
Sombras de Memoria
Esmeralda yacía acurrucada en la gran cama, su respiración suave y regular mientras caía en el sueño. No había anticipado que Joel simplemente se marcharía, dejándola sola con la orden de dormir. Por un momento, casi no lo creyó, y en ese borde entre el miedo y el agotamiento, finalmente se quedó dormida.
Al otro lado de la finca, Joel estaba sentado en su estudio; el único sonido que se escuchaba era el crujido periódico del fuego en la chimenea. Sus ojos eran tan fríos como el hielo y se mantenían fijos en lo que tenía delante, enfocados en los antiguos textos y documentos esparcidos por su escritorio. Mientras sus ojos viajaban de un papel a otro, su mente vagaba a kilómetros de distancia, sumida en maquinaciones y estrategias, planeando el próximo movimiento.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—Entra —llamó con voz baja, autoritaria.
La puerta chirrió al abrirse, y un joven entró, vestido de negro, con postura recta y respetuosa. Caminó hacia él e inclinó la cabeza, reconociendo silenciosamente la autoridad.
—Está hecho —dijo el hombre, su voz rápida y más formal. —Todo ha sido investigado, como solicitó. —Le entregó un sobre sellado a Joel con una mano enguantada.
Joel tomó los documentos en completo silencio, rompiendo el sello y escaneando el contenido. Sus ojos se entrecerraron mientras leía, absorbiendo cada detalle. Su mandíbula se tensó con una sutileza casi imperceptible. El informe había confirmado sus sospechas, algo oscuro y engañoso había estado gestándose justo bajo su nariz.
—¿Está resuelto? —preguntó Joel, su tono letalmente calmado, incluso el soldado endurecido vaciló visiblemente.
—Sí, Alfa —respondió el hombre. —El objetivo estaba ocultando una fuerza secreta del ejército que había estado construyendo en la oscuridad durante años. Parecía que planeaba atacarlo cuando sintiera que sus fuerzas eran suficientes. —Una pausa, y eligió sus palabras con cuidado. —Pero fuimos minuciosos, y no queda nadie que hable en su contra.
Una de las cejas de Joel se levantó antes de permitir que una lenta y peligrosa sonrisa se deslizara en su rostro. La temeridad de los pequeños Alfas de manada era casi increíble. Habían crecido audaces, incluso lo suficientemente arrogantes como para pensar que tenían derecho a desafiarlo porque no había desatado toda su fuerza. Tontos.
—Entonces, ¿pensó en construir un ejército secreto, aumentar su fuerza y derribarme? —La voz de Joel era suave, casi divertida, pero cada palabra llevaba un filo de acero afilado.
—Sí, Alfa. Pero si me permite, muchos de ellos son lobos entrenados. Si se ponen bajo buen control, deberían ser muy útiles para nosotros.
Joel consideró la sugerencia, su mente calculando, sopesando la posibilidad. ¿Por qué desperdiciar lobos entrenados cuando podían servirle en su lugar? Asintió con aprobación.
—Toma el control de esos lobos. Absórbelos en nuestras filas, pronto aprenderán dónde deben dar su lealtad. —Su voz era de acero, la orden final.
El hombre se inclinó profundamente.
—Sí, Alfa. Se hará.
Al asentir Joel, el soldado se retiró, dejando a Joel una vez más en su soledad con el informe. Su dedo enguantado trazó las líneas de texto en la página, un bajo susurro de risa resonando en su pecho. Aprenderían su lugar. Todos y cada uno.
Pero el efímero sabor del triunfo pronto se desvaneció. Joel se recostó en su silla, soltando un profundo suspiro. Su mano se cerró más firmemente sobre el borde del papel mientras sus ojos se nublaban. Su mente comenzó a vagar, deambulando por sus pensamientos hasta llegar a un recuerdo particular de años atrás.
Recordó la sonrisa que ella había llevado ese día, Lena mirándolo hacia arriba con un rostro iluminado por la esperanza, sus ojos cargados de sueños que había temido contarle a alguien más.
—Joel —había susurrado ella lentamente, con cautela—, ¿alguna vez habrá un momento en el que podamos dejar todo esto atrás? Solo nosotros, y podamos viajar y ver el mundo?
Aún podía recordar sus propias palabras, dichas sin pensarlo.
—Lena, tengo responsabilidades. No puedo perder el tiempo vagando por el mundo sin rumbo.
No la había mirado entonces, demasiado atrapado en sus deberes, en el peso de su rol como Alfa. No había visto cómo su expresión había caído, cómo había forzado una pequeña y triste sonrisa antes de asentir en silenciosa aceptación. Conocía esa sonrisa, y sin embargo, la había ignorado, convenciéndose de que ella entendería, que aceptaría la vida que él había elegido. Sin embargo, el recuerdo estaba allí para atormentarlo y a menudo en el momento menos esperado.
—Lena. —Su nombre pesaba en sus labios, una carga que nunca podría soltar, una culpa que se negaba a desvanecerse. La conocía tan bien, entendía lo que ella quería, sus sueños, y aun así los había desechado por el bien de su deber. Y ahora, ella se había ido.
Joel se levantó de su silla mientras el peso lo presionaba hasta que apenas podía respirar. Salió del estudio, caminó por los corredores sombríos y lentamente se dirigió a su habitación. Allí, en la cama, yacía Esmeralda acurrucada, respirando suavemente en su sueño, su rostro sereno bajo la pálida luz de la luna que se filtraba a través de las cortinas.
Se quedó congelado, el frío en sus ojos que se había vuelto habitual titubeó mientras bebía la visión de ella, tan pequeña, tan indefensa. Había algo casi... reconocible en la forma en que dormía, un recordatorio inquietante de cómo se veía Lena, tan pacífica y confiada siempre que compartían un momento tranquilo.
Se inclinó más cerca, su mano extendiéndose para trazar las líneas de su rostro sin siquiera darse cuenta, siendo muy cuidadoso de no despertarla. Su piel era suave, sus rasgos delicados. Parecía casi una niña, tan inocente e intocada por las duras realidades de su mundo. Una punzada de culpa se retorció dentro de él, un sentimiento que despreciaba pero que no podía sacudirse.
—Lena —susurró, su voz apenas audible, el nombre escapando de sus labios cargado de tristeza. El nombre salió crudo, cada sílaba un dolor de memoria, un recordatorio de lo que había perdido y las promesas que había roto.
Se quedó allí, su mano flotando sobre el rostro de Esmeralda, los recuerdos aferrándose a él como sombras de las que no podía escapar. Por un momento, se permitió este pequeño y prohibido placer de imaginar que Lena aún estaba con él, que de alguna manera se le había concedido otra oportunidad.
La realidad nunca era complaciente, y sabía muy bien que Lena estaba verdaderamente perdida para él. Esmeralda no era ella, nunca lo sería. No era más que una pieza de ajedrez en su mundo, un sustituto para los sueños que había descartado, un reemplazo para un papel que ella nunca había optado por desempeñar.
El dolor surgió, agudo e implacable, y retiró su mano, tambaleándose ligeramente mientras se alejaba de la cama. La miró una vez más, pero fue una expresión vacía, desprovista de la vulnerabilidad que había permitido escapar solo un momento antes. Girando sobre sus talones, salió de la habitación.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, Esmeralda abrió los ojos, su corazón dolido con emociones que apenas tenían nombres. Había escuchado cómo murmuraba el nombre, un nombre pronunciado tan suavemente y lleno de anhelo y arrepentimiento. No sabía lo que significaba, pero algo en su pecho estaba pesado; una tristeza peculiar agitaba su alma.
Una sola lágrima escapó por su mejilla, silenciosa e invisible en la oscuridad. Tocó su rostro, sintiendo su frialdad mientras susurraba en voz baja para sí misma, casi como si respondiera al nombre que él había pronunciado, su voz tan llena de una tristeza que parecía más antigua que ella misma.
—Yo no soy...
Las palabras se desvanecieron, perdidas en el silencio, pero el dolor permaneció, persistiendo mucho después de que el silencio se asentara a su alrededor una vez más.
