CAPÍTULO SETENTA Y NUEVE

UN HOMBRO EN EL QUE APOYARSE

Esmeralda se sentó en el banco, con lágrimas corriendo por su rostro, sus brazos fuertemente envueltos alrededor de sí misma. La quietud del jardín se sentía opresiva, sus sollozos eran el único sonido que rompía el silencio.

—¿Lena?

Se estremeció al escuchar la voz, ...

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