Capítulo 4

Habían pasado varios días desde aquella última escena desagradable. Me mantuve ocupada.

La fiesta que Carmela había exigido debía ser impecable, y la convertí en mi excusa para todo. Si no pensaba, no sentía. Si no sentía, no me derrumbaría.

Sin embargo, la presión terminó cayendo sobre mí como una tormenta. El personal me perseguía a todas partes con preguntas interminables. Los decoradores llamaban a horas intempestivas para consultarme sobre colores y flores. Los organizadores querían que confirmara decisiones que ni siquiera recordaba haber aprobado. La cabeza me martilleaba sin descanso.

Y Calhoun... Cuando llamaba, no era para saber cómo estaba. No. Solo quería recordarme lo que Carmela deseaba y lo espectacular que esperaba que fuera su evento.

Al cabo de cuatro días que se confundieron unos con otros, ya no recordaba qué había comido ni si había dormido. Solo era consciente de la migraña que me taladraba el cráneo mientras avanzaba a duras penas hacia el lugar de la fiesta. Las piernas me pesaban como si cargara sacos de arena y tenía el pecho oprimido, pero me obligué a continuar. La celebración empezaba a las 8 en punto y, si había algo que debía salir bien, era aquello. Tenía que ser perfecto.

«Este es mi último deber como gamma de Calhoun. Cuando todo termine, me marcharé con la conciencia tranquila».

Las luces deslumbraban. Las lámparas de araña parecían cascadas doradas y la música flotaba suavemente por el salón para recibir a la élite, que comenzaba a congregarse allí.

Entonces, como si hubiera estado aguardando el momento perfecto, llegó Carmela.

Creo que nunca había visto un vestido semejante. Era de seda azul medianoche y se ceñía a su figura como si se lo hubieran vertido directamente sobre el cuerpo. El corpiño estaba bordado con cristales que atrapaban cada destello de luz. A sus pies se extendía una cola amplia, propia de una alfombra roja.

Llevaba el cabello peinado hacia atrás y unos diamantes colgaban de sus orejas. Avanzaba con la barbilla en alto y esa arrogancia tan ensayada. No se limitó a entrar: desfiló, contoneándose, mientras el repiqueteo de los tacones componía un himno destinado a recordarle al mundo que ella era su centro.

Por supuesto, los invitados no tardaron en rodearla y colmarla de elogios.

—Está impresionante —susurró alguien cerca de mí.

—Solo ese vestido debe de haber costado decenas de miles —añadió otra persona.

—Bueno, Carmela es la debilidad de Calhoun, ¿no? Miren esto... Se suponía que iba a ser una simple fiesta de bienvenida y hemos acabado en algo digno de una gala.

—Recuerdo que, en la universidad —comentó un hombre entre risas—, Calhoun no permitía que ningún chico la mirara dos veces. Le dio una paliza a uno solo porque le tomó la mano durante un trabajo grupal.

—¡Ah, sí! Y los regalos... Ni me hagan empezar. Calhoun llenaba a Carmela de cosas que despertaban la envidia de toda la universidad.

—Nació con suerte —suspiró alguien—. Y todavía la conserva.

Cada palabra se me clavaba como un cuchillo.

Permanecí al fondo del salón, tratando de fundirme con las sombras. Sujetaba una copa de champán con tanta fuerza que temí que el cristal se rompiera en mi mano. Me ardían los ojos, pero me negué a llorar.

No podía hacerlo. Allí no.

Entonces, la poca tranquilidad que me quedaba se esfumó.

Carmela interrumpió una carcajada, como si hubiera percibido un aroma en el aire. Recorrió el salón con sus ojos afilados hasta encontrarse conmigo. El destello que apareció en ellos me revolvió el estómago.

Era una promesa de crueldad.

Había encontrado a su presa.

Caminó directamente hacia mí. Con cada golpe de sus tacones contra el suelo, mi cuerpo se tensaba un poco más. Respiraba de forma entrecortada. Quería moverme, escabullirme de allí, pero las piernas me traicionaron y permanecí clavada en el sitio.

—Elodie.

Cuando se detuvo frente a mí, su voz rebosaba una dulzura fingida. Los labios se le curvaron, no en una sonrisa, sino en una mueca de desprecio.

—La decoración es aceptable, supongo. Los invitados parecen entretenidos. Pero ¿yo? —Inclinó la cabeza y uno de sus pendientes de diamantes captó la luz—. Yo no estoy satisfecha en absoluto.

Se acercó más. Su perfume resultaba abrumador.

—Y mírate. Ahí de pie, como si fueras un adorno más. Pero dime, Elodie, ¿te parece apropiado que tú... alguien tan por debajo de este mundo, vistas de una forma tan sencilla? Sobre todo esos zapatos. Baratos, sin brillo. Indignos de una ocasión como esta. Así que harás lo siguiente. —La malicia le iluminó los ojos—. Te agacharás... aquí y ahora, y me ajustarás las correas de los tacones. Están flojas. Hazlo de inmediato.

El mundo se detuvo.

Juro que se detuvo.

Las conversaciones cesaron. La música se convirtió en un rumor lejano, ahogado por los latidos que me retumbaban en los oídos. De pronto, todas las miradas del salón estaban puestas en nosotras.

En mí.

El calor me invadió las mejillas y la sangre me hirvió en las venas. La vergüenza me reptaba bajo la piel. Me ardía el pecho mientras Carmela sonreía, retándome a que me atreviera a desobedecerla.

Obligué al aire a entrar en mis pulmones. Cuando hablé, mi voz sonó serena, aunque por dentro no dejaba de temblar.

—Lo siento, Carmela. No puedo agacharme. Todavía me duele la cintura y me estoy recuperando poco a poco. —Cerré con más fuerza los dedos alrededor de la copa—. Pero, si esos zapatos le hacen mucho daño, puedo pedirles a sus estilistas que le traigan otro par. Lo que no puedo hacer es agacharme.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Durante unos instantes, Carmela se limitó a observarme. La incredulidad congeló sus facciones, como si fuera incapaz de asimilar lo que acababa de oír. Era como si el mundo se hubiera salido de su eje porque alguien —yo— había osado alterar su equilibrio perfecto.

Abrió mucho los ojos y entreabrió los labios. Por un instante pareció una niña mimada a la que nadie le había dicho que no.

La confusión duró poco.

Su expresión se deformó y se ensombreció. En cuestión de segundos, la furia encendió su hermoso rostro. Inspiró bruscamente, se inclinó hacia mí y apretó los dientes.

—¿Acabas de decirme que no? —gruñó, rompiendo el silencio del salón.

Todas las miradas me perforaban. El corazón me golpeaba contra las costillas, pero me obligué a no encogerme. Aferrada aún a la copa de champán, respondí en un susurro. Por fuera me mantuve firme. Por dentro, temblaba.

—He dicho que lo siento, Carmela. No puedo agacharme. Ya le expliqué que todavía me estoy recuperando. La cintura... aún me duele.

Justo cuando creía que la humillación no podía ser más profunda, el destino me demostró lo contrario.

Las puertas se abrieron de par en par.

Calhoun entró en el salón.

El pecho se me contrajo al instante. Su imponente presencia pareció llenar todo el espacio. Recorrió la sala con la mirada y entrecerró los ojos en cuanto percibió la tensión. Le bastaron tres largas zancadas para acercarse, sin apartar la atención del rostro de Carmela.

En cuanto lo vio, la furia de ella se derritió como hielo bajo el sol. Para mi sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrimas. Las hizo aparecer más rápido de lo que yo podía parpadear.

Antes de que lograra entender qué ocurría, Carmela se tambaleó hacia Calhoun y cayó entre sus brazos, sollozando como si yo acabara de golpearla.

—Calhoun —lloró con la voz quebrada de una forma hermosa y teatral—. Por favor... mira lo cruel que se ha vuelto. Lo único que le pedí... —Un hipido la sacudió contra su pecho. Los diamantes centelleaban mientras todo su cuerpo temblaba— fue que me ayudara a ajustar la correa del zapato para no tropezar y avergonzarte delante de todos estos invitados. Elodie siempre se ocupaba a la perfección de esos pequeños detalles. Pero esta noche... esta noche me rechazó. Me miró a los ojos y dijo que no se agacharía.

Se me secó la garganta. El corazón se me hundió hasta el fondo del estómago.

Calhoun clavó los ojos en mí. La rabia que ardía en ellos era pura, asesina, y casi me congeló la sangre. Rodeó a Carmela con más fuerza, protegiéndola como si fuera un tesoro.

—¿Por qué tienes que ser tan cruel, Elodie? —Su voz tronó por el salón y me sacudió por dentro—. Carmela todavía se está recuperando, por el amor de Dios. No debería sufrir la menor tensión. ¿Qué tiene de difícil ayudarla con una correa? ¿Qué? —Apretó la mandíbula. La furia impregnaba cada sílaba—. Mientras seas mi gamma, harás todo lo que Carmela te pida. Lo que sea. Si quiere que le aten los zapatos, te agacharás y se los atarás. De inmediato. Hazlo ahora.

El último latigazo de sus palabras hizo pedazos el poco orgullo que me quedaba.

A nuestro alrededor, los murmullos comenzaron a propagarse como veneno.

—Solo es una gamma. ¿Qué derecho tiene a rechazar a la hija de un alfa?

—Qué desagradecida. Se queda ahí plantada como si perteneciera a su misma clase.

—¿Cómo se atreve a obligar a Carmela a pedírselo dos veces?

—No es nada al lado de Carmela. ¿Y aun así se rebela?

—No me sorprende que el alfa Calhoun esté furioso. ¡Imaginen que alguien lo avergonzara así en público!

Cada palabra escocía. Cada susurro cortaba más hondo que el anterior y desgarraba la poca fuerza a la que todavía me aferraba. Me ardía el pecho. Los ojos se me enrojecieron mientras parpadeaba para contener las lágrimas.

Entonces vi a Carmela asomarse desde la seguridad de los brazos de Calhoun. Una sonrisa perversa y satisfecha se dibujó en sus labios.

Ella quería aquello.

Lo había planeado.

Y estaba ganando.

El gruñido de Calhoun retumbó por el salón y acalló hasta el último susurro. Volvió a atravesarme con la mirada.

—No quiero tener que repetírtelo, Elodie.

Fue el golpe definitivo.

Los hombros se me hundieron. Cada músculo gritaba de vergüenza y derrota. Los labios me temblaron cuando me obligué a responder.

—Sí, alfa.

Las palabras me dejaron un sabor a sangre en la boca.

Me agaché despacio, con dolor. La cintura ardió en protesta y lanzó oleadas de agonía por todo mi cuerpo.

Las manos me temblaban tanto que apenas lograba encontrar la pequeña hebilla de la correa del tacón de Carmela. Intenté controlarlas. Intenté deshacer el nudo que me asfixiaba.

Fue inútil.

Dos lágrimas calientes me recorrieron las mejillas y cayeron al suelo.

Extendí la mano.

Entonces, el dolor me atravesó.

Grité.

Carmela había hundido el tacón de aguja sobre mis dedos, inmovilizándolos contra el piso. Una oleada de jadeos recorrió el salón. Mi alarido rebotó contra el elevado techo mientras la agonía se propagaba como fuego por la mano.

Gimoteé y me encogí sobre mí misma, apretando contra el pecho los dedos que palpitaban de dolor.

—¡Elodie! —La alarma cruzó el rostro de Calhoun.

Se movió por instinto, pero, antes de que pudiera alcanzarme, Carmela volvió a desplomarse entre sus brazos. Sus lágrimas falsas brotaron con la precisión de una actuación que hubiera ensayado toda la vida.

—¡Oh, Calhoun! —sollozó, escondiendo el rostro contra su pecho—. No era mi intención... De verdad, fue un accidente. Se me resbaló el tacón. Si Elodie se siente ofendida, siempre puedo ponerme de rodillas y suplicarle que me perdone.

Sus palabras me robaron el aliento.

Lloré en silencio mientras sujetaba mis dedos ensangrentados. El dolor retorcía cada nervio y un frío profundo se apoderaba de mi cuerpo, como si el alma se me estuviera escapando. Me temblaban las rodillas.

Pero Calhoun no me defendió.

Exhaló con fuerza, endureció el rostro y acarició el cabello de Carmela.

—No importa, Carmela. Ha sido un error. Estoy seguro de que Elodie lo entiende.

Aquellas palabras me vaciaron por dentro.

No podía respirar. No podía pensar. Algo en mi interior se había roto sin remedio.

«¿Así se siente una persona cuando se quiebra?»

Me pregunté si alguna vez volvería a estar entera después de lo que él me había hecho. Las lágrimas me nublaron la vista. Desde el refugio de su pecho, Carmela me observó con una sonrisa maliciosa que solo yo podía ver.

Llegué tambaleándome al baño.

La puerta se cerró de golpe a mi espalda. Me deslicé por los azulejos fríos, me apreté el pecho y dejé escapar un sollozo desgarrador.

El teléfono vibró en mi mano.

Era un mensaje de Calhoun.

«¿Dónde estás? Ven aquí de inmediato».

Durante un segundo quise responderle: «Me fui a casa. Me siento mal».

Pero el miedo me atenazó la garganta con más fuerza que el cuello de la camisa. ¿Y si me reducía el sueldo? ¿Y si lo perdía todo?

Me tragué el grito atascado en el pecho y regresé al salón.

En cuanto entré, todas las miradas se volvieron hacia mí. Un escalofrío me recorrió la espalda. La multitud se abrió y dejó a Carmela a la vista. Estaba allí de pie, con el rímel corrido por las mejillas y sollozando de forma dramática.

Me señaló con un dedo.

—¡¿Dónde está mi brazalete de oro?! —gritó—. ¡Me lo dio mi abuela antes de morir! ¡Vale millones! ¡Es una reliquia familiar!

La conmoción me dejó helada.

Después llegó la ira, que comenzó a vibrar en mis venas. Cuando hablé, lo hice con cautela, pero no pude evitar que me temblara la voz.

—Yo no tomé nada.

—¡Mentirosa! —chilló—. ¡Se cayó cuando te agachaste para atarme las correas! ¡Las gammas como tú son unas ladronas!

Algo se rompió dentro de mí. La visión se me tiñó de rojo. La humillación y la rabia chocaron en mi interior, pero, antes de que pudiera responder, Calhoun intervino por fin.

Su voz sonó serena.

—Carmela, basta. Debe de haberse caído. Ordenaré a los guardias que la busquen.

Carmela volvió la cabeza bruscamente hacia él. Tenía los ojos encendidos.

—Calhoun, ¿qué estás diciendo? ¿Que estoy mintiendo? Si no la registras, ¡se acabó lo nuestro! ¡La estás poniendo a ella por encima de mí, tu verdadera compañera! ¡No lo permitiré!

Se me cortó la respiración.

Carmela se volvió para marcharse hecha una furia, pero Calhoun la sujetó del brazo y la atrajo con suavidad. Su mirada pasó por encima de mí, fría y distante, antes de hacerles una seña a los guardias.

—Registren a la señorita Elodie.

El suelo se inclinó bajo mis pies.

—¿Qué?

La palabra salió rota de mi garganta. Retrocedí tambaleándome, pero tres guardias se acercaron. Sus enormes manos me aferraron por los brazos y me obligaron a caer de rodillas.

—¡Por favor! —grité mientras forcejeaba—. Alfa Calhoun, se lo juro... ¡No tomé nada! ¡No soy una ladrona! ¡No soy...!

Mis gritos desgarraron el aire, agudos por el dolor, cuando me torcieron los brazos a la espalda.

Él apartó la mirada.

Ni siquiera era capaz de verme.

Carmela, en cambio, sonreía triunfante.

Mi vestido se desgarró bajo las manos de los guardias. Unos dedos ásperos me manosearon, rebuscaron y tiraron de mí. Al no encontrar nada, me arrojaron al suelo.

Caí sobre el piso. Entre sollozos, sujeté contra el pecho la tela rasgada mientras el sostén quedaba expuesto bajo los jirones del vestido.

—No encontramos nada —murmuró uno de los guardias.

Carmela torció los labios con desprecio.

—Quizá lo escondió en la ropa interior. ¡Es una ladrona!

La sangre se me heló en las venas.

La mano de uno de los guardias avanzó hacia mi cintura, dispuesta a desnudarme por completo...

—¡Basta! —La voz de Calhoun resonó por todo el salón. El pánico le cruzó las facciones.

Sin embargo, antes de que su orden terminara de imponerse, otra voz atravesó el aire.

—¡La encontré!

Todos se volvieron.

Una mujer estaba de pie junto a una mesa, sosteniendo en alto el brazalete de oro.

—¡Estaba debajo de esta mesa! ¡A varias mesas de distancia!

El salón se llenó de exclamaciones ahogadas. Mis sollozos rompieron el silencio.

Los guardias me soltaron y retrocedieron.

Carmela abrió mucho los ojos. Su expresión se suavizó enseguida y corrió hacia Calhoun para ocultar el rostro contra su pecho.

—Dios mío —gimoteó—. Yo... cometí un error. Elodie... no se merecía eso. ¿Puedo disculparme?

No levanté la cabeza.

Seguí tendida en el suelo, aferrada a mi vestido rasgado. Los hombros se me sacudían con cada sollozo entrecortado.

Calhoun entrelazó los dedos con los de Carmela y comenzó a conducirla hacia la salida. Habló con voz inexpresiva y definitiva.

—No hace falta. Una pequeña humillación no va a arruinarle la vida. Estará bien.

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