Capítulo 48 Macabro
En la penumbra del recibidor, el silencio entre los tres se volvió sofocante. Arturo comenzó a bajar las escaleras despacio, con la copa de vino en la mano y la mirada fija en Alexander. Nanda dio un paso hacia atrás de inmediato, intentando marcar distancia, pero la tensión ya estaba instalada en el aire.
—Veo que se te está haciendo costumbre trasnochar, Alexander —comentó Arturo con tono pausado, al llegar al último escalón—. Y veo también que te preocupa demasiado el bienestar de mi esposa. No me gusta para nada la forma en que le hablas, ni la confianza con la que te le acercas cuando creen que nadie los ve.
Alexander ni se inmutó. Sostuvo la mirada de su padre con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, sin la menor intención de intimidarse.
—Lo que a ti te guste o no, me importa bien poco, Arturo —le respondió Alexander con voz dura—. Si te molesta que me acerque, deberías empezar por comportarte como un hombre. Lo que deberías hacer es proteger a tu esposa, no tirársela a los leones hambrientos como si fuera carroña por el simple gusto de verla sufrir.
Arturo apretó los dientes, manteniendo la sonrisa fría a duras penas.
—Lo que yo haga o deje de hacer con mi mujer es muy mi problema, no el tuyo —soltó el patriarca, elevando el tono de voz—. Nanda es mi esposa. Y si no te gustan mis métodos ni la gente que invito a mi mesa, te recuerdo que las puertas de esta casa están bien abiertas para cuando te quieras largar. Nadie te tiene amarrado aquí.
Alexander soltó una risa seca, llena de desprecio, dando un paso al frente para encararlo de lleno.
—Te equivocas si piensas que me vas a correr de mi propia casa. De aquí me voy a ir el día que a mí se me dé la gana. Te recuerdo que mi madre era propietaria de la mitad de esta propiedad y de todo lo que hay en ella. Y ten cuidado, Arturo... porque a lo mejor el día que decida cruzar esa puerta, no me voy solo, sino bien acompañado.
Arturo se quedó helado en su sitio por una fracción de segundo, masticando la provocación.
—¿Qué demonios estás queriendo decir con eso? —exigió el viejo con la voz alterada.
Alexander no le dio el gusto de una respuesta. Le dedicó una última mirada de advertencia a su padre, rozó la mano de Nanda en un gesto rápido y caminó a pasos firmes hacia las escaleras principales, dejándolo con la palabra en la boca y la rabia atascada en la garganta.
Arturo vio a su hijo perderse en el corredor del piso superior y luego se giró bruscamente hacia Nanda. La furia que había guardado frente a Alexander se le desbordó por completo en el rostro.
—¿Y tú qué carajo miras? —le gritó Arturo, dando un paso amenazante hacia ella—. ¡Lárgate a tu habitación ahora mismo! ¡No quiero verte la cara por el resto de la noche!
Nanda no se quedó callada. Aunque el corazón le latía con fuerza contra las costillas, sostuvo la mirada del viejo sin agachar la cabeza.
—No tienes que gritarme para hacerme entender que esta casa es un infierno —le espetó Nanda con voz firme y cargada de desprecio—. Me voy con gusto, porque me da el mismo asco estar cerca de ti que de la porquería que trajiste como invitado.
Sin esperar a que el viejo le respondiera o intentara tocarla, Nanda dio media vuelta y subió las escaleras a pasos rápidos, dejando a Arturo solo en el centro del gran salón.
El patriarca se bebió lo que quedaba de la copa de vino de un solo trago, respirando agitadamente. Caminó hasta el ventanal, recordando la forma en que Alexander había mirado a Nanda, la manera en que la había protegido en el pasillo cuando le pegó a Darío y esa frase cargada de veneno sobre "irse acompañado".
Arturo conocía demasiado bien a su hijo. Sabía perfectamente cómo actuaba cuando una mujer le importaba de verdad. Aquella no era la actitud de un hijastro piadoso defendiendo a la esposa de su padre; era la mirada animal, posesiva y celosa de un hombre que deseaba a una mujer y estaba dispuesto a todo por quitársela.
Una sonrisa amarga y peligrosa se dibujó en los labios de Arturo. En lugar de preocuparle, la idea de que su propio hijo estuviera cayendo en las redes de Nanda le encendía aún más el morbo y las ganas de destruir la vida de todos a su alrededor.
En el extremo opuesto del segundo piso, dentro de la habitación de huéspedes, Darío caminaba de un lado a otro frente al espejo del baño. Tenía una compresa con hielo pegada al ojo derecho, que lucía hinchado y morado tras el puñetazo que le había acomodado Alexander.
Darío apretó los puños, recordando la escena en el pasillo. Mientras se miraba al espejo, no podía sacarse de la mente la mirada de Alexander. Él había vivido suficiente tiempo en la calle como para reconocer la mirada de un hombre celoso. Ese tipo, el hijo del millonario, no había saltado a defender a Nanda por simple caballerosidad. Le había pegado con un odio puro, rabioso, gritándole al mundo que esa mujer le interesaba mucho más de lo debido.
Darío soltó una maldición entre dientes. La sola idea de que otro hombre —y menos uno rico y con poder— estuviera sobre Nanda le revolvía las entrañas. Dentro de su cabeza egoísta, recordó los motivos por los que la había traicionado en el pasado: la desesperación por el dinero, las deudas de juego y la cobardía. Pero en su mente enferma, nunca había dejado de ver a Nanda como algo que le pertenecía.
Él no estaba allí para pedir perdón ni para llorar por los rincones buscando una segunda oportunidad. Darío creía firmemente que el deseo, la costumbre de los años que pasaron juntos y la piel podían más que cualquier rencor. Estaba convencido de que, si lograba acorralarla lo suficiente, Nanda terminaría cayendo de nuevo en sus brazos, aunque solo fuera por el recuerdo de lo que alguna vez tuvieron.
De pronto, la puerta de la habitación se abrió sin anunciar. Arturo entró al cuarto y cerró detrás de él con seguro.
—Veo que te dejaron un buen recuerdo en la cara —comentó Arturo, examinando la herida con tono burlón.
Darío se quitó el hielo, mirando al viejo con resentimiento.
—Ese imbécil de su hijo me agarró desprevenido —protestó Darío—. Si me lo topo de frente, la historia habría sido otra.
—No me interesan tus excusas ni tus peleas con Alexander —lo frenó Arturo con frialdad—. Te pago para que hagas un trabajo, no para que termines tirado en el suelo como un perro golpeado al primer intento.
—Yo estoy cumpliendo con mi parte —se defendió el joven, dando un paso hacia él—. Pero usted no me dijo que el hijito de la casa andaba de perro guardián detrás de ella. Ese tipo la mira como si fuera suya, señor Morel. Estaba a punto de besarla cuando el tipo ese se me atravesó.
Arturo lo miró fijamente, disfrutando de la rabia y los celos que delataban la voz del muchacho. Se acercó despacio, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón.
—Alexander no es ningún problema si sabes mover tus fichas, Darío —dijo el patriarca con voz baja y sugerente—. Al contrario... me sirve que ese muchacho se revuelque de la rabia viendo cómo te le acercas a Nanda. Pero para eso necesito que dejes de actuar como un principiante.
—Usted me dijo que quería verla sufrir —recordó Darío, entrecerrando los ojos—. Pero yo quiero algo más que los cincuenta mil dólares. Si voy a arriesgarme a que su hijo me rompa la cara otra vez, quiero la garantía de que voy a tener tiempo a solas con ella.
Arturo soltó una risa seca, perversa, sintiendo que la trampa estaba funcionando exactamente como la había diseñado.
—¿Te crees muy capaz de conquistarla de nuevo tras la porquería que le hiciste? —provocó el viejo.
—Nanda me quiso como a nadie —afirmó Darío con insolencia y descaro—. Me odia ahora porque le duele lo que hice, pero la conozco mejor que nadie. Si me da el espacio suficiente, esa mujer vuelve a caer conmigo. Se lo firmo donde quiera.
Arturo lo examinó de arriba abajo, saboreando la manipulación. Saber que Darío deseaba posesionarse de Nanda por puro ego y que su propio hijo Alexander ardía de celos por la misma mujer era el escenario perfecto para sus fantasías más podridas.
—Me gusta tu ambición, muchacho —murmuró Arturo, dándole una palmadita pesada en el hombro—. Si cumples mis órdenes al pie de la letra y logras quebrarla como yo quiero, no solo te vas a llevar el resto del dinero... te voy a dar las facilidades para que la tengas a solas donde nadie te moleste. Te la pondré en bandeja de plata.
A Darío se le encendió la mirada por la codicia y el deseo.
—Dígame qué tengo que hacer entonces.
Arturo se inclinó hacia él, fijando sus ojos oscuros en los del joven con una serenidad calculadora.
—Mañana voy a enviar a Alexander a la oficina principal a resolver un asunto urgente que le tomará horas. Kate no estará en la casa y yo me ocuparé de que el personal de servicio esté ocupado —explicó Arturo con detalle—. Nanda suele ir a la biblioteca o al invernadero a esas horas. Quiero que la busques allí.
—¿Y qué se supone que haga cuando la tenga enfrente? —preguntó Darío con la respiración algo agitada.
—No quiero conversaciones largas ni disculpas estúpidas —le ordenó Arturo con una frialdad escalofriante—. Quiero que la acorrales. Quiero que la presiones hasta que pierda el control y no le quede más remedio que entender que en esta casa no tiene a dónde huir ni nadie que la defienda. Y asegúrate de que sienta que tú estás dispuesto a todo con tal de hacerla tuya otra vez.
Darío tragó saliva, apretando los puños con una mezcla de nervios y anticipación.
—¿Y si vuelve a gritar o a golpearme? —inquirió.
Arturo sonrió de lado, una sonrisa torcida que prometía una auténtica pesadilla para Nanda.
—En esta casa nadie va a escuchar sus gritos, Darío... Haz tu trabajo y asegúrate de que no se le olvide nunca esa reunión.
