Capítulo 1 EL DERECHO DE JUZGAR
Jamás cierres por completo tu corazón, nunca sabes lo que te pueda esperar a la vuelta de la esquina.
DALIAH P.O.V:
Su mirada me dice que me odia o, peor aún, que le soy insignificante y me desprecia de muchas formas solo por el simple hecho de existir. Si bien sé que no hemos tenido las mejores interacciones el día de hoy y que he tenido gran parte de la culpa por ello... ¡¿pero acusarme de ser una acosadora?! ¡¿Una maldita criminal persecutora?! Esto ya pasa de ser un malentendido a ser una completa ridiculez. ¿Quién se cree que es? ¿El centro del universo como para que yo gaste mi valioso tiempo persiguiéndolo?
“Voy a llamar a la policía,” dice Axel con una calma cortante que me pone los pelos de punta, mientras saca el teléfono del bolsillo de su pantalón para marcar. Su aire es tan dominante que parece adueñarse de todo el pasillo del hotel.
¿Policía? ¿De verdad me va a denunciar como si fuera una desquiciada que no tiene nada mejor que hacer con su vida?
De reojo, notó cómo un par de personas vestidas de etiqueta que caminaban hacia los salones del vestíbulo detienen su paso y comienzan a susurrar entre ellos, mirándome de arriba abajo. ¡No soy una delincuente! ¡Y mucho menos ninguna acosadora! Un sudor frío me recorre la nuca. Debo detenerlo antes de que esto se convierta en un escándalo público, termine en una patrulla y, lo peor de todo, mi madre salga del restaurante, nos vea y comience a hacer preguntas que no podré responder sin ganarme el sermón de mi vida.
“Tienes que estar bromeando,” le digo, soltando una risa incrédula mientras doy un paso corto hacia él, rompiendo la distancia de seguridad, “¡Ya te dije que no te estoy siguiendo! ¿Tan enorme es tu ego que crees que todo el mundo gira en torno a ti?” exclamo en un susurro furioso, pero a él no parece importarle en lo absoluto lo que tengo que decir, por supuesto.
Axel apoya una de sus manos en la cadera, sosteniendo el celular con la otra a la altura de su pecho, y me recorre con una lentitud gélida que me enciende las mejillas pero de puro enojo contenido.
“Intentaste causarme una quemadura de segundo grado con una bebida caliente, armaste un escándalo en la calle, fuiste a mi empresa a causar una mala propaganda y casi me fracturas el pie con tus tacones. Y ahora, unas horas después, estás aquí de nuevo, parada en un lugar en el que no deberías permitirte siquiera respirar. Vaya coincidencia... ¿Y de verdad esperas que te crea que no me estás siguiendo?”
Bien, si lo dice todo junto y con ese tono de sabelotodo, admito que suena terriblemente sospechoso. ¡Pero es que él ha tenido la culpa de todo por ser un prepotente! Además, yo ni siquiera sabía que este hotel de lujo le pertenecía a su empresa.
“Nada de eso ha sido mi culpa,” digo, poniéndome completamente rígida y enderezando la espalda para plantarle cara. Levanto la barbilla y lo miro fijo a esos malditos ojos azules; no voy a darle el gusto de verme intimidada ni por su estatura ni por su traje de miles de dólares.
Pero este hombre altanero y dominante no tiene la menor intención de escucharme. Comienza a deslizar los dedos por la pantalla táctil de su teléfono con una parsimonia que me desquicia. «Seguro solo me está engañando», me digo a mí misma para calmar el pánico. No creo que tenga las agallas reales para llamar a la policía por una ridiculez así; solo quiere hacerse el rudo y asustarme.
“Hola, ¿policía? Necesito que vengan al hotel-”
En cuanto escucho la voz distorsionada de una operadora hablar al otro lado de la línea, el cerebro se me apaga y el puro instinto de supervivencia toma el control. Me impulso hacia delante con un movimiento rápido y certero, estirando el brazo para arrebatarle el teléfono directamente de la mano.
“Devuélveme eso,” dice con una voz que cae como un balde de agua fría.
Por la ligera apertura de sus ojos, supongo que no esperaba en lo absoluto que me atreviera a hacer algo tan osado. Además, técnicamente también es su culpa por haberse dejado quitar el aparato de forma tan fácil.
“No lo haré,” le digo, apretando el teléfono contra mi pecho con ambas manos mientras presiono el botón rojo para colgar la llamada justo en su cara, “No vas a llamar a la policía.”
Axel suelta una risa. Pero no es su típica risa burlona o altanera; es un sonido seco, cargado de pura incredulidad, como si no pudiera dar crédito a que sea una mujer tan increíblemente insistente y problemática.
“No tienes idea de los problemas en los que te estás metiendo,” advierte, dándose la vuelta a medias mientras me apunta con el dedo índice.
Sé perfectamente que solo quiere intimidarme para que ceda, pero el tono de su voz es tan pesado que, aun así, trago saliva con dificultad. Me obligo a sostenerle la mirada; no voy a dejar que me vea afectada ni por un segundo.
“Ya te dije que no soy una acosadora,” le reclamo en un susurro furioso, sosteniendo el aparato como si fuera un escudo, “Estoy aquí por motivos que no tienen nada que ver contigo, quieras creerlo o no.”
“¿En serio? Como si fuera a creerte,” dice, cruzándose de brazos mientras me mira desde arriba con una superioridad insufrible, “¿Y qué motivos totalmente creíbles y reales tienes?”
Siento cómo las mejillas se me ruborizan por completo. Aprieto los dientes con frustración. ¿Cómo voy a explicarle a un completo extraño que mi madre está a punto de casarse de nuevo con su nuevo amor? No lo entendería, y las personas en estos círculos siempre juzgan a los demás.
“No tengo por qué darte explicaciones de mi vida,” le digo seriamente, plantándole cara. No voy a dejar que un desconocido crea tener el derecho de juzgar la vida de mi madre ni las decisiones de mi familia.
“Devuélveme mi teléfono,” repite, dando un paso que reduce la distancia a un margen peligroso.
“No.”
No me da tiempo ni de parpadear. Axel da una zancada hacia mí, tan condenadamente rápida que mi tobillo lastimado ni siquiera me permite reaccionar para huir. En un parpadeo, me toma firmemente de la cintura con una mano para evitar que retroceda, pero yo no me rindo: estiro mi brazo libre todo lo que puedo hacia atrás, alejando el teléfono de su alcance con el cuerpo arqueado.
Él se inclina sobre mí para alcanzarlo, obligándome a mantener el brazo extendido, hasta que de repente toda la fuerza de la disputa se drena del aire.
Me doy cuenta de que estamos demasiado cerca. Demasiado.
La mano que tiene en mi cintura se siente caliente a través de la tela de mi ropa, y su pecho casi roza el mío con cada respiración acelerada.
