Capítulo 6 A LA VUELTA DE LA ESQUINA 

Mis pensamientos me sacuden tanto que mi pie oprime el freno de golpe, y el auto se detiene bruscamente. Mi cuerpo se lanza hacia adelante, y mi frente golpea el volante, a pesar de que el cinturón de seguridad debería haberme protegido. ¡Auch! Me froto la frente con un gemido mientras siento que el dolor late bajo mi piel. Sé que eso dejará una marca. Debo dejar de pensar tanto mientras conduzco, me reprocho, respirando con dificultad. 

Acomodo las manos en el volante con fuerza, tratando de sofocar la paranoia que amenaza con hacerme dar la vuelta en U. “¡No, Daliah, estás siendo dramática!”, me repito una y otra vez mientras esquivo un autobús que se me atraviesa sin encender las direccionales. ¡Es una empresa farmacéutica registrada, no una red clandestina. Solo necesitas respirar y mantener la calma!.

El auto que venía detrás de mí pasó de largo, esquivándome por los pelos. El conductor logra maniobrar a tiempo para evitar chocar, pero el sonido del claxon reverbera en mis oídos. Pasa a mi lado a toda velocidad, y aunque sus vidrios polarizados no me dejan ver su expresión, estoy segura de que me está maldiciendo en todos los idiomas posibles por haber frenado tan bruscamente. 

No logro observar bien cómo era el auto, pero por la rapidez en que conducía solo pude notar que el auto es tan elegante y costoso que ni vendiendo todas mis pertenencias podría pagar una reparación en caso de que nos hubiéramos estrellado. Me encojo en el asiento, deseando desaparecer por un segundo.

"Dios, en serio necesito café..."

Para ayudar a calmar mi pulso y ganar un extra de energía para el día, me desvío un segundo por la fila del autoservicio de un café en el camino. El aroma a café recién hecho invade mis sentidos, tan tentador que siento como si una cuerda invisible tirara de mí hacia allí. Para mi suerte, no veo tantos autos en la fila. Miro rápidamente mi móvil para verificar la hora; aún tengo suficiente tiempo antes de la entrevista. Sin poder contenerme, dejo escapar un pequeño grito de felicidad. ¡Podré tomar café!

Compro un espresso doble ardiendo en un vaso térmico que por suerte siempre tengo en el auto, y por mayor suerte esta vez se encuentra limpio. Grave error.

Reviso la hora en mi teléfono y lo vuelvo a arrojar dentro de mi bolso sin mirar donde cae, aun estoy a tiempo, quizás no debí detenerme por ese café pero, en serio, en serio, lo necesitaba si quería estar de buen humor para enfrentar posiblemente mi nuevo lugar de trabajo. Quiero darles una buena impresión. A solo tres cuadras del distrito financiero, la camioneta frente a mí frena en seco sin ningún tipo de advertencia.

Piso el freno a fondo. El pedal chilla, la llanta trasera derrapa contra el asfalto y el vaso de café, mi único sostén emocional de la mañana, sale disparado del portavasos como una bomba de tiempo.

¡SPLAT!

La tapa salta por los aires y el líquido hirviendo aterriza con precisión en todo el centro de mi blusa.

“¡AAGH!” grito, sintiendo la quemadura ardiente atravesarme la piel a través de la tela.

Aparco como puedo sobre la acera, en una zona estrictamente prohibida, y me abalanzo sobre la guantera buscando pañuelos. Salgo del coche casi tropezando con mis propios tacones, intentando limpiar el estropicio, pero solo logro empeorarlo: una mancha café oscura gigantesca y pegajosa se extiende por mi pecho, dejando la seda transparente y haciéndome oler a grano tostado y a humillación.

Miro la hora en la pantalla del teléfono. 7:52 a. m.

“No, no, no…” mascullo entre dientes, cerrando la puerta del auto con un portazo violento que hace retumbar los cristales.

Cubriéndome el pecho con la carpeta de documentos y la bolsa, empiezo a marchar a toda velocidad por la acera, tambaleándome con torpeza sobre mis tacones de veinte centímetros. El viento mañanero me azota el rostro y el cabello empapado empieza a pegarse a mi cuello, pero la adrenalina me impide detenerme. 

Siento los nervios empezar a calmarse a pesar de estar corriendo por mi vida casi de forma literal, cuando mi teléfono comienza a sonar desde el fondo de mi cartera. Trato de no detenerme, sacudiendo el bolso para encontrarlo entre el labial, el monedero y las llaves. Al fin, lo atrapo justo a tiempo para ver el nombre de la empresa en la pantalla, y el corazón me da un vuelco. ¡Son ellos! Al doblar la esquina hacia la plaza principal de las torres corporativas, giro con demasiada prisa y...

¡BAM!

Impacto de lleno contra un muro. Un muro de tela costosa, aroma amaderado de alta gama y hombros de hormigón. Todo sucede en un instante caótico: el teléfono se me resbala de las manos, el poco café que me quedaba vuela por los aires y el choque me roba el equilibrio por completo. Mis tacones patinan contra las baldosas pulidas y caigo de golpes contra el suelo frío, raspándome las palmas de las manos. La carpeta sale volando, las hojas de mi currículum se esparcen en todas direcciones como hojas al viento, vaya la analogia, y siento cómo el líquido tibio del café restante cae en mi camisa rosa salmón y se extiende por mi falda tipo lápiz negra. Un grito se me escapa justo cuando el líquido esta vez tibio toca mi piel, pero rápidamente me doy cuenta de que, al menos, no está ardiendo, y asi mi dignidad se desintegra contra el pavimento.

Miro hacia arriba, mi corazón latiendo a mil por hora, solo para encontrarme con una mirada fría y molesta. El hombre al que he tropezado está frente a mí, examinando su propia ropa con el ceño fruncido, como si yo fuera poco más que un obstáculo en su camino. Genial, simplemente genial. Reviso su atuendo, esperando ver manchas de café o algún tipo de suciedad en él, pero para mi absoluta desgracia, parece que toda la bebida cayó solo sobre mí. 

Me levanto con torpeza, mis manos temblando mientras trato de sacudir la camisa empapada y toda sucia, pero claramente sin conseguirlo. Su mirada, impaciente y despectiva, se fija en mí, como si fuera yo la que ha cometido la peor ofensa del mundo. La vergüenza se convierte en un nudo de rabia en mi garganta, pero sé que tengo que controlarme. Lo último que necesito es empezar a gritar en medio de la calle antes de una entrevista de trabajo.

“Lo siento…” logro decir con voz trémula por supongo que es lo que se dice en este tipo de situaciones, ambos tuvimos la culpa por no ver por dónde íbamos así que ambos tenemos que disculparnos con el otro, pero el hombre solo me mira un segundo más, frunce el ceño con desdén y da un paso atrás, sacudiendo el polvo imaginario de su traje impecable antes de darme la espalda y alejarse.

Ni una palabra de disculpa, ni una muestra de simpatía. Nada. 

“Fíjate por dónde caminas,” suelta una voz masculina, profunda, gélida y cargada de una arrogancia tan pura que casi se pueden oler las chispas de su ego.

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