Capítulo 145 La Espiral Infinita
Nicolás se ajustó el saco, la corbata ligeramente aflojada, y con una última mirada a su despacho, salió para reunirse con los líderes de las sombras. La misión que le habían asignado, una operación en el norte que implicaba negociar bajo amenazas, era solo el principio. Sentía el peso de sus propias decisiones cada vez más profundamente en sus hombros, aunque intentaba no mostrarlo.
Al salir de la oficina, recibió una notificación en el teléfono que le habían proporcionado. Sin abrirla, supo que era el itinerario para el vuelo de esa misma noche. Las sombras no desperdiciaban tiempo.
Horas después, ya en el avión privado, Nicolás se encontró repasando los documentos que le habían entregado. La operación consistía en asegurar la lealtad de un grupo rival, cuya influencia se extendía por el norte del país. Al parecer, Gabriel había tratado de consolidar una alianza con ellos antes de su muerte, y ahora los líderes de las sombras querían asegurar que no se rebelaran ante su reciente ausencia.
Mientras el avión recorría la distancia, un silencio denso envolvía a Nicolás, como si las paredes de la aeronave supieran el peso que llevaba consigo. Sin embargo, su mente regresaba a Helena, a la promesa de proteger a su familia. Cada segundo en las sombras era un desafío a sus propios principios, pero ahora estaba atrapado. No había salida.
Una vez que el avión aterrizó, lo esperaba un vehículo de vidrios oscuros que lo llevaría a su primer destino. El conductor, un hombre de expresión imperturbable, lo saludó con un leve movimiento de cabeza y condujo en silencio por las calles desiertas hasta llegar a un edificio abandonado en los suburbios de la ciudad. Las sombras parecían haber dejado huella por todos lados.
Nicolás bajó del auto y entró al edificio. Dos hombres lo esperaban adentro, vestidos de negro y con miradas calculadoras que lo observaron sin pestañear.
-Valverde -saludó uno de ellos, con voz grave y tono formal-. Nos complace ver que ha decidido unirse a esta misión. Gabriel siempre hablaba de usted... aunque no de la manera más amable.
-Gabriel ya no está, y ustedes están aquí para cumplir con su papel, igual que yo -respondió Nicolás, sosteniéndole la mirada al hombre, que simplemente sonrió.
Otro hombre, más alto y con una cicatriz que cruzaba su ceja izquierda, se acercó.
-Nos dijeron que ibas a tomar el mando. Entonces, ¿cuál es el plan? -preguntó, su tono desprovisto de cortesía.
Nicolás miró a su alrededor, notando las caras expectantes de los hombres de las sombras. Sabía que era una prueba; querían ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Mantuvo su postura firme y dio una serie de instrucciones, diseñando un plan que no solo intimidara al grupo rival, sino que dejara claro que el liderazgo había cambiado, y que la mano que ahora los dominaba no temblaría.
-Empezaremos con una advertencia en sus territorios clave. Quiero que los contactos sepan que cualquier intento de traición será respondido con el doble de fuerza. Asegúrense de que el mensaje llegue a los líderes de inmediato.
Uno de los hombres asintió, mientras el otro lanzó una mirada de aprobación.
-Valverde, eres más frío de lo que Gabriel decía. Pensábamos que tus motivaciones eran... otras -murmuró, casi como un desafío.
Nicolás lo miró fijamente.
-Mis motivaciones no son asunto de ustedes. Cumpliré con mi parte, pero más les vale cumplir con la suya.
La operación se desarrolló tal como Nicolás había planeado. Bajo su liderazgo, el grupo de las sombras avanzó en territorios que antes parecían impenetrables, consolidando su influencia. Cada paso que daba lo alejaba de lo que una vez fue, y sin embargo, la promesa de proteger a su familia lo mantenía en movimiento. Sin embargo, en el fondo, sentía que caminaba sobre un terreno que cada vez se volvía más oscuro e incierto.
Días después, Nicolás se encontraba de regreso en su despacho, revisando los informes de la misión. Los resultados eran satisfactorios: las sombras habían ganado terreno en el norte, y su reputación como líder implacable comenzaba a consolidarse. Pero, ¿a qué costo? Cada acción que tomaba le arrancaba una parte de sí mismo.
Mientras leía uno de los informes, el teléfono que le habían entregado vibró. Al mirarlo, notó un mensaje breve y directo:
"Necesitamos hablar. Habitación 307 del Hotel Central. Esta noche a las 11."
Nicolás se tensó. No había firma ni indicaciones de quién lo esperaba, pero la sospecha de que se trataba de uno de los líderes de las sombras era evidente. Aquella reunión inesperada solo podía significar una cosa: querían ponerlo a prueba una vez más.
Llegó al Hotel Central minutos antes de la hora acordada. Tomó el ascensor en silencio, observando su reflejo en las puertas metálicas. Su rostro parecía el de un extraño, alguien endurecido por decisiones que nunca imaginó tomar. Cuando llegó al tercer piso, caminó por el pasillo alfombrado hasta llegar a la habitación 307.
Al abrir la puerta, se encontró con una habitación lujosamente decorada. Sentado en un sillón frente a la ventana, un hombre de traje oscuro lo observaba con expresión neutra. No era nadie que Nicolás reconociera, pero su postura y el aire de autoridad que emanaba dejaban claro que era alguien importante.
-Valverde -dijo el hombre, señalándole el sillón frente a él-. Es un placer finalmente conocer al hombre que ha hecho tanto ruido en tan poco tiempo.
Nicolás se sentó sin apartar la vista del hombre, consciente de que cualquier señal de debilidad sería aprovechada.
-¿Quién eres? -preguntó con tono frío, dispuesto a no perder el control de la conversación.
El hombre sonrió, inclinándose ligeramente hacia adelante.
-Llámame Emiliano. Soy alguien que ha observado tu ascenso con... interés. Gabriel hablaba mucho de ti, y aunque él ya no esté, sus palabras no cayeron en oídos sordos.
Nicolás apretó los puños. El simple hecho de que aquel hombre mencionara a Gabriel era suficiente para irritarlo.
-Si estás aquí para recordarme a Gabriel, te aseguro que no necesito recordatorios -respondió con frialdad-. ¿Qué es lo que quieres?
Emiliano rió suavemente, sin alterarse.
-Veo que eres tan directo como decían. Me gusta eso. La razón por la que estoy aquí, Nicolás, es porque las sombras han notado tu progreso. Pero también hemos notado tu... resistencia.
Nicolás lo miró, sin entender completamente a dónde quería llegar.
-No he resistido nada. He cumplido con cada tarea que se me ha asignado -respondió, aunque sabía que no estaba diciendo toda la verdad.
Emiliano asintió lentamente, cruzando las manos frente a él.
-Cumplir con las tareas es una cosa, Valverde, pero aceptar el juego es otra. Todos aquí sabemos que lo que más te importa no es el poder, sino algo mucho más... personal.
Nicolás sintió un escalofrío. ¿Acaso Emiliano sabía la verdadera razón por la que estaba involucrado en todo aquello? Sin embargo, no se dejó intimidar.
-Mis motivos no son asunto de nadie más -replicó con firmeza-. He hecho todo lo que se me ha pedido, y hasta ahora, los resultados hablan por sí mismos.
Emiliano lo observó en silencio durante unos segundos, como si evaluara sus palabras.
-Ese es el problema, Nicolás. En las sombras, la lealtad debe ser absoluta. No hay lugar para motivos personales. Queremos asegurarnos de que comprendas eso, porque de lo contrario... tu tiempo con nosotros podría ser muy breve.
Nicolás apretó los dientes, sabiendo que cualquier respuesta que diera sería analizada y utilizada en su contra.
-Lo entiendo. Estoy aquí para hacer lo que se me pide, y lo haré, siempre que me respeten. Pero si me están insinuando que hay algo más que debo demostrar, háganlo claro. No soy alguien que juegue a las adivinanzas.
Emiliano sonrió, asintiendo lentamente.
-Perfecto. Entonces hablemos claro. -Se inclinó hacia adelante, su mirada ahora afilada-. Queremos que te encargues de una misión más arriesgada, algo que demuestre que no solo eres un líder capaz, sino que también estás dispuesto a sacrificarlo todo.
Nicolás lo miró en silencio, sintiendo que el peso de aquella propuesta lo aplastaba. Sabía que aceptar significaría perder una parte de sí mismo que nunca podría recuperar. Pero la sombra de Helena, la promesa de protegerla, lo empujaba hacia adelante.
-Dame los detalles -dijo finalmente, con voz tensa.
Emiliano sonrió, satisfecho.
-Eso es lo que me gusta escuchar, Nicolás. Has dado el primer paso hacia lo inevitable.
