Capítulo 1 C-01

—Gina va a venir a vivir a la mansión en 3 días Está enferma y necesita cuidados constantes, así que permanecerá aquí hasta que se recupere.

Las palabras de Amadeo Santander atravesaron el inmenso salón principal como una cuchilla afilada. Su voz sonó firme, fría e inapelable, sin un solo matiz de duda, como si estuviera comunicando una decisión administrativa dentro de una de sus empresas y no alterando por completo la vida de la mujer con la que llevaba un año casado. Sarah Johnson permaneció inmóvil durante un largo instante, sosteniendo la taza de café entre las manos. Su mirada se elevó lentamente hasta encontrarse con los ojos grises de su esposo, buscando el menor indicio de ironía o arrepentimiento. No encontró ninguno. Solo halló la misma indiferencia con la que él había aprendido a tratarla desde el día en que ambos pronunciaron unos votos que jamás nacieron del amor, sino de un contrato firmado para salvar el prestigio y la fortuna de dos familias que habían sido víctimas de una estafa multimillonaria. El silencio que los envolvió resultó mucho más amenazante que cualquier grito.

—Aquí no es un hospital.

La respuesta de Sarah salió serena, pero cada palabra llevaba escondida una carga de orgullo imposible de ignorar. Depositó la taza sobre la mesa con una delicadeza engañosa y se puso de pie lentamente. La heredera de los Johnson no necesitaba levantar la voz para imponer su presencia; bastaba la firmeza de su postura y la intensidad de aquellos ojos claros que, por primera vez en mucho tiempo, reflejaban una abierta rebeldía. Amadeo entrecerró los ojos al notar que ella no pensaba aceptar aquella noticia con la resignación habitual. Había esperado una discusión, sí, pero no aquella calma peligrosa que precedía a las grandes tormentas.

—No estoy pidiendo tu autorización, Sarah. Solo te estoy informando lo que sucederá.

—Pues entonces yo también voy a informarte algo, Amadeo. Gina Carvajal no pondrá un solo pie en esta mansión mientras yo siga siendo tu esposa.

Las últimas palabras quedaron suspendidas en el ambiente como un desafío. Los empleados que alcanzaban a escuchar desde el pasillo bajaron inmediatamente la mirada y desaparecieron discretamente. Nadie quería quedar atrapado entre los dos herederos más influyentes del país cuando ambos dejaban de fingir el matrimonio perfecto que exhibían frente a las cámaras. Dentro de aquellas paredes no existían sonrisas para las revistas ni fotografías románticas para las redes sociales. Solo existía un acuerdo firmado con tinta y obligaciones que ambos detestaban cumplir.

Amadeo dejó lentamente la carpeta que sostenía entre las manos sobre una mesa auxiliar. Sus movimientos eran calculados, casi elegantes, pero Sarah conocía demasiado bien aquel gesto. Siempre hacía exactamente lo mismo cuando su paciencia comenzaba a agotarse. Dio varios pasos hacia ella hasta reducir la distancia que los separaba. Ninguno apartó la mirada. Entre ambos parecía librarse una batalla silenciosa donde el orgullo pesaba más que cualquier sentimiento.

—No tienes autoridad para impedir absolutamente nada de lo que ocurra en esta casa.

Sarah soltó una breve risa, una de esas que nacen del desprecio más absoluto.

—¿No tengo autoridad? Qué curioso. Pensé que la esposa era la señora de la casa y no la amante. O quizá olvidé que en tu mundo las reglas funcionan al revés.

El comentario golpeó directamente el ego de Amadeo. Su mandíbula se tensó de inmediato y una vena comenzó a marcarse sobre su sien. Sarah lo observó sin retroceder un solo paso. Durante demasiado tiempo había soportado desplantes, ausencias y humillaciones públicas disfrazadas de compromisos empresariales. Ver a Gina del brazo de Amadeo en eventos exclusivos ya era suficientemente indignante. Tener que compartir el mismo techo con ella era una línea que jamás permitiría cruzar.

—Mide tus palabras.

—¿Por qué? ¿Te incomoda escuchar la verdad? Porque a mí me incomoda bastante saber que pretendes instalar a tu amante bajo el mismo techo donde vive tu esposa.

Amadeo respiró profundamente, intentando conservar el control.

—Gina está enferma.

—Y yo no soy responsable de su salud. Existen hospitales, clínicas privadas y residencias de lujo. Tienes dinero suficiente para pagar cualquiera de ellas.

—Necesita alguien de confianza.

Sarah arqueó una ceja con evidente incredulidad.

—Entonces quédate tú con ella. Pero no aquí.

El ambiente se volvió cada vez más pesado. El enorme salón parecía haberse quedado sin aire mientras ambos sostenían aquella guerra de voluntades. Afuera, el viento agitaba los árboles de los jardines, como si incluso la naturaleza anticipara que aquella conversación terminaría destruyendo el frágil equilibrio que habían mantenido durante el último año.

—Te estás olvidando de cuál es tu lugar.

—No. Lo recuerdo perfectamente. Soy tu esposa. La única señora Santander. Precisamente por eso no pienso convivir con la mujer con la que me has faltado al respeto desde antes de nuestro matrimonio.

Amadeo dio un paso más.

—Tu título existe solo porque hay un contrato.

Sarah sostuvo su mirada sin vacilar.

—Y ese contrato jamás decía que debía compartir mi hogar con tu amante. Tenemos un lazo roto, pero no voy a permitir que traigas a tu amante a vivir bajo el mismo techo que una esposa, espabila, no se quien te crees para oensar que yo lo voy a permitir.

Durante unos segundos ninguno habló. El silencio era tan intenso que podía escucharse el tic tac del enorme reloj de pared. Sarah sintió que aquel era el límite definitivo. Si Amadeo cruzaba esa línea, ya no habría forma de reconstruir siquiera la apariencia de respeto entre ambos.

—Si Gina entra por esa puerta, yo salgo de esta mansión.

La declaración fue firme, definitiva y absolutamente sincera.

—No voy a vivir bajo el mismo techo que la amante de mi marido. Si tú has perdido toda vergüenza, yo todavía conservo la mía.

Aquellas palabras terminaron de romper la poca calma que le quedaba a Amadeo. Sus ojos se oscurecieron peligrosamente mientras avanzaba con rapidez. Antes de que Sarah pudiera apartarse, él sujetó su brazo con fuerza. Sus dedos se cerraron alrededor de su piel con una presión que la hizo fruncir el ceño, aunque se negó a demostrar dolor. Levantó la barbilla con orgullo, enfrentándolo a escasos centímetros de distancia.

—Escúchame muy bien, Sarah. Si llegas a irte de esta mansión, ten por seguro que no tendrás buenas consecuencias.

Ella sostuvo su mirada sin pestañear. El miedo nunca apareció en sus ojos; únicamente una indignación profunda.

—¿Me estás amenazando?

Amadeo mantuvo la presión sobre su brazo.

—Te estoy recordando que existe un contrato. No lo olvides.

Sarah sonrió con una serenidad que desconcertó incluso a su esposo. A pesar del dolor que sentía en el brazo, su voz salió firme, orgullosa y llena de desafío.

—No me tientes, Amadeo... porque poco o nada puede importarme ese contrato cuando sigo siendo Sarah Johnson, la heredera de una familia que jamás aprendió a inclinar la cabeza ante nadie. Antes de aceptar convivir con tu amante, soy perfectamente capaz de incendiar ese acuerdo con mis propias manos y asumir las consecuencias.

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